Por Mercedes Blanco | Especial para El Corán y el Termotanque

Podría verse como una triste desgracia: al final nos hicimos grandes y no quedó nada más que todo esto. Si en los poemas de Rodríguez, la voz poética entrometida en esas frases secas y retumbantes, tiene algo que ver con el lirismo, es porque descarta de antemano su posibilidad de volverse etérea. Charcos es su tercer poemario. El primero que edita con Pesada Herencia. Es un manto que se repliega sobre la piel que cubre y quiere desgarrar, confundirse, llegar a salir de adentro. Insiste: «Tiene que haber un cuerpo para jugarse el sentido. Gemir de verdad».

En cuáles de esas expectativas latía una palabra: no había necesidad de imaginar acciones heroicas, una abstracción recauchutable. No había o no hubo. Menos hay ahora. «Tampoco la palabra tiene por qué jugarse tanto. Que apueste Dios. Tiene con qué». Hubo algo en la instancia mínima, en la fracción cotidiana, que se dislocó. La derrota nos llegó a todos, aún a aquellos que gozan de las mieles, las bebidas, los privilegios. No eran eternos laureles y no teníamos por qué estar seguros de que los habíamos conseguido. Es un aviso de una edad, en definitiva, el desengaño final que en los poemas del libro se enhebran como si estuvieran todavía un poco enamorados. Esa misma es la posibilidad de la poesía. «Un torbellino de lenguas en la punta de la lengua. Arena cualquier yo». Así, como salidos de una inmensidad que terminó quedando chica. «Nada que perder. Algo de pérdida. Nada más». El libro se va haciendo con esas frases lapidarias: una fijación de lo concreto en la tierra húmeda que no deja de chuparlo. «Se pone el nombre. Apenas».

De algún modo interroga sobre las formas que la historia adoptó en la voz todos estos años. Entonces lo que se habilita es una pregunta para elaborar, un cuerpo que ponerse. Unir la silaba partida. «Ayer murió el Comandante de los huevos más grandes que cien planetas juntos. También mi perro casi a la misma hora. Infancia ahora sí que te cebaste en esto de querer dejarme sola». Una época que deshoja la forma de lo político para los que eran apenas niños en 2001. «Nada que ver con la nostalgia. Son pies aterrados en esta tierra que pide a gritos reinventarse/Ayer murió Fidel Castro. Dios abrite paso que ahí está llegando el siglo veinte».

Si las repeticiones son síntomas de lo que todavía no se puede divisar, más allá de las explicaciones, lo que duele en los cuerpos es, finalmente, “lo que no termina de estar”. Esa pregunta por la historia cómo y desde las vidas que se le meten adentro. Toda una nueva ciudad que se fue abriendo y de golpe estalla y deja otra por detrás. La palabra que se dice tiene nuevas dimensiones de lo paisajístico. Es parte de su violencia y su belleza. Una frase que se suelta, que acompaña el ritmo de la imagen. Es la forma de vivir y habitar esa ciudad que muta. «Ya no somos un poema donde el llano tiene el horizonte tatuado en la mirada».

No se quieren las soluciones malditas, pero ya es tarde, siempre parece que es demasiado tarde. Entonces lo que parece quedar es, entonces, el cuerpo, «jugamos el cuerpo para que el cuerpo nombre». Es una experiencia vital como última medida. Hay gritos desesperados, embroncados, hay pica acumulada con esa necesidad ineludible. «Carajo que tiene que haber una forma de jugarse el sentido de verdad. Nos están comiendo crudos mil pesadillas en una sola». De repente memoria e irrealidad confunden los hechos del pasado. Todo vuelve a repetirse y amenaza al cuerpo compartido. Es lo que hay que alcanzar, o estar. El poema se supone como algo capaz de futuro, eso que fue invadido y saqueado. «Deseo que no busca rimar con calma/Ni un tantito así».

La palabra es parte de esa experiencia del decir recuperada. Figuras y tiempos verbales, imágenes, ritmos, fraseos, de una lengua de practicidad. Práctica y poesía son un problema común que se hace palabra poética, un «cuerpo de cielos tomar». Una disposición vital, de cuerpos partidos, de ritmos volados, que intenta hacerse «más acá del cuerpo». Una búsqueda por el sentido anterior, sensible, que se hace palabra como ética corpórea: «hay mucho cuerpo que ponerte. Muchos vivos y muertos esperando que estemos a la altura. Se lo merecen». No se trata de sumergirse hasta lo profundo, sino, más bien, de nadar para arriba. «Hoy estoy menos hoy que nunca». Sin embargo, hay una remota esperanza. «Dios está peor que nosotros». Y la historia es algo vivo: «La vida es linda así con vos haciéndome entender el precioso quilombo de querer».

 

Rodríguez, Juan: Charcos. Pesada Herencia, Rosario: 2017.

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