Lecturas | «Después del fuego», de Javier Núñez - Por Herminda Azcuénaga de Puchet | Especial para El Corán y el Termotanque

Por Herminda Azcuénaga de Puchet | Especial para El Corán y el Termotanque

Javier Núñez es una de las voces reconocibles de la literatura rosarina. Uno de esos escritores que tienen una cantidad de libros para delinear un registro propio, un estilo que va formando una concepción del realismo que se interroga al hacerse. En Después del fuego, la segunda novela del autor y primera en el catálogo de Le Pecore Nere, nuevo sello italorosarino, se pliega en esos matices que quedaron abiertos en su primera novela, La doble ausencia. Es, en cierta medida, una extensión más en esa vocación narrativa que piensa e imagina la ciudad como un contacto traumático entre los que la viven. Puede leerse como continuación de la historia del hijo de Fonseca, el relieve de esas desdichas narradas con impacto de imágenes que dan forma a la sencillez del trauma. Un tono medido y crudo del neorrealismo de las vidas violentas cuidadosamente amasijadas.

La que se cuenta no es una marginalidad de nuevas barbaries y repleta de estigmas sobre la pobreza, sino una de inmigración, demográfica, del gringo que llega a la ciudad. Es una historia por la que circula el robo, la trampa, la traición, el engaño posible entre los humillados. Es que la gestación cruda de la violencia define la vida de Pessoa, como se hace llamar el protagonista, un huérfano, hijo de padre asesino y suicida, que termina viviendo con la tía, cae en un reformatorio, y después sale a deambular por una ciudad en la que es advenedizo. Si en La doble ausencia el hijo de Fonseca llega a buscar el origen de su nombre y el pasado de su padre escritor, en Después del fuego ya no hay padre que salir a buscar, el protagonista dice que es escritor por decir algo y para ahorrarse problemas.

Es un universo ajeno, hecho de falsedades y sospechas, por eso recurre a los heterónimos, las máscaras que se superponen, las hipocresías del salvataje personal. Algo definitivamente se cayó, no hay una mínima esperanza posible, lo cotidiano perdió todas sus advertencias sobre lo real. No es casual que el vecino de cuarto en la pensión, un imitador de Sandro, un simulador de músicas populares, sea el refugio de autenticidad ante el desconcierto en el que se hunde Pessoa en su introspección en clave existencial. Es la búsqueda de un destino que deriva una y otra vez en la desorientación. La presencia es colmada por series de episodios violentos, lo impuro inmediato. «¿De qué vale la verdad si tengo que pagar por ella con mi mundo entero?». La experiencia recrudece, alcanza los últimos subsuelos del miedo en una ciudad que se desquicia con la hiperinflación y los saqueos: el horror se hace una incertidumbre de muchas caras.

En Después del fuego no importa tanto la posibilidad de la escritura como en los libros anteriores de Núñez. Después de un asalto artliano a la escuela, el protagonista cae en un instituto de menores. Los libros aparecen, pero ahora sólo como una forma de pasar el tiempo. El Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, maestro de heterónimos, es un texto a la espera, ilegible. Pessoa, el protagonista, va tanteando los límites de la venganza: esas rebeldías adolescentes que sueñan bañar de semen los picaportes, llaveros, diplomas, y se exceden, terminan mal por intentar ir más allá de lo vandálico. Entonces, oscuridad, dolor y culpa: los registros condensados. No le queda más que salir, emplearse, intentar enamorarse, darle cuerpo a la imagen de un rostro traidor, el de Mujica, las espectralidades de una acción imposible. Todas las cosas que no tienen palabras. Los silencios del trauma, lo fallido, agujereado.

El protagonista queda fascinado con el taller literario que dicta Aragón –un poeta al que después, ya leído-vivido-sentido, entiende despreciable– en el instituto. De ahí saca su nombre tras su salida, lo toma como una de esas casualidades que parecen evidentes e inevitables. A ese taller, de vez en cuando, iban escritores tan «pobres y olvidados» como los que estaban adentro. Entonces, cuando sale es Pessoa y se adentra en una suerte de semiclandestinidad, se evade hacia el centro de la ciudad, se pierde en una pensión que es un resabio de la Pichincha prostibularia. Una época se abre paso desde adentro de la otra y Pessoa es uno de esos tempranos pedazos despedidos. Todos los aspectos son múltiples, escamados, equívocos. No hay caras translúcidas, la imagen se desfigura involuntariamente: el crimen es no ser capaz de asumir una verdad incontestable.

Pessoa es uno de esos que quedó zambullido entre las zonas oscuras de la memoria, perdido en lo no contado, todo lo que antecedió a la lengua capaz de hablar de una tragedia. La novela transcurre en lo hondo de un personaje casi como si se tratara de un unipersonal, un plano individual en el que la vida queda condenada a sí misma. Los años noventa sobrevienen en una ciudad que no puede contenerse. Es mayo del ’89, empiezan los saqueos.

Su peregrinaje urbano, Mara, la relación con la portera, son también meticulosas indagaciones, aunque parcas, secas, concretas, sobre las mutaciones del conflicto biográfico: es parte de una generación que nace partida al medio. «Toda historia debería poder resumirse en una o dos líneas. Pero el costo de la síntesis es la omisión de los efectos de esa historia». Siempre quedan restos inaprehensibles del lenguaje: parecería no haber otra opción más que exhibir pacientemente las cicatrices, lo que sucede en Después del fuego es el trabajo de la lengua en las diferentes dimensiones que copan el espacio público, los tiempos, las vidas, y se descascaran como una piel que envejeció.

La novela se permite una pregunta explícita sobre los modos de contar el misterio. El problema de la ciudad y la escritura, una existencia que no termina de formularse en palabras: «Empecé a escribir. El silencio, a veces, era lo único que parecía real». En ese caso, la novela se preocupa por algo viejo, desgastado, pasado de moda. La literatura contemporánea en la ciudad no tiene tiempo para semejantes angustias. No son muchos los que se permiten hacerlo y definir, con eso, una estética, una forma para relatar esa ciudad y esa época envuelta en un cambio desastroso. Y es por eso que tiene la originalidad de una experiencia en el que la venganza se apoderó del mundo y deviene enamoramiento. Pessoa vive en el rebusque de otras válvulas de escape, el problema del sentido vivido como dilema narrativo: qué se puede decir de todo aquello. «Quizás no pueda contarlo. Quizás debería, en cambio, decir cómo era ella».

 

Núñez, Javier: Después del fuego. Le Pecore Nere, Rosario: 2017.

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