Envuelto en una trama distópica, que confunde los límites del tiempo, nuestro cronista se descubrió en una historia familiar de un pasado que está por venir. La obra, incluso, se presenta a sí misma bajo una idea de repetición permanente: «Todo vuelve tal cual, esto ya lo viví».

Por Ernesto David Sánchez | Especial para El Corán y el Termotanque

Por lo general, cuando acepto cubrir eventos de teatro para El Corán, no tengo toda la energía del mundo. La rutina suele jugarme una mala pasada y requiero de mucho esfuerzo para asumir que tengo veintisiete años y que me haría bien salir de joda, en lugar de quedarme echado con mi gato, comiendo porquerías y mirando series de televisión. Pero hoy, la diferencia es grande: yo pedí esta obra.

Mi primer y único acercamiento al trabajo de Juan Hessel fue con «Naturaleza Muerta», un trabajo que me pareció soberbio. Esto no sólo hace que ponga una vara alta para la calidad de sus futuros trabajos, sino que me OBLIGA a ir a verlos. Y es de esta forma que me encuentro sentado en esta sala a oscuras, a punto de iniciar la función, esperando encontrar algo que toque alguna fibra adentro mío.

Imaginen mi sorpresa al encontrarme con esto…

«El acto ciego» trata sobre un hombre que muere, y deja en herencia su casa de campo a sus tres sobrinos: Sonia, Arturo y Elena. Cuando se ven obligados a volver a este hogar solitario en el medio de la naturaleza, la idea inicial de estos personajes es vender la propiedad para poder dejar atrás el dolor de la pérdida. Su tío marcó profundamente el desarrollo de sus vidas, y los dejó anclados en el tiempo (algo que evidencian sus ropas). Las experiencias que vivieron en este hogar fueron tan intensas que ninguno de los tres quedó del todo cuerdo.

El Acto Ciego | Teatro Rosario

El punto de ruptura fue de jóvenes, con el intento de realizar un experimento llamado «El acto ciego»; una especie de acto de fe tecnológico que el tío les insistió que realizaran para que encuentren su verdadero destino, pero que fracasa, produciendo un accidente y deja a los tres sobrinos muy lastimados y con Elena agonizando.

Sin embargo, ninguno de los tres logra pensar su vida sin esta búsqueda que su tío les encomendó y, a medida que pasan las horas que comparten en la casa, van saliendo a la luz las verdaderas intenciones de este reencuentro: Arturo y Elena quieren repetir el experimento, sin importar las consecuencias.

Es una obra que juega con las insinuaciones constantes, presionando un poco la intriga alrededor del pasado de los personajes y lo que esperan conseguir. La obra trabaja de esta forma incluso con su propio género, porque al principio parece un drama y, cuando el relato avanza, empieza a tomar tintes de ciencia ficción.

En este punto es difícil tomar una postura. No estoy seguro si la obra busca realmente acercarse a la ciencia ficción, o es un drama humano de personas desequilibradas.

Por mi parte, prefiero asumir lo primero, así que voy a continuar mi relato en base a eso: todo se convierte en un delirio hermoso, y siento que vivo una experiencia alucinante. Estoy reviviendo las bases de la ciencia ficción metafísica del Homo Gestalt que habría propuesto Theodore Sturgeon en 1953, con personajes que se complementan mutuamente y buscan la comunión con los otros, en un intento de superar el sentimiento de incompletud humana.

Es una apuesta muy arriesgada por parte del guión; si bien hay algunas obras contemporáneas, por lo general el público de teatro no está acostumbrado a ver ciencia ficción en escenarios, y menos de este estilo que se aleja de la robótica de Asimov o los futuros distópicos de Huxley o Bradbury. Ese tipo de relatos parece reservado para la literatura o el audiovisual, como lo es la serie “Sense8” de las hermanas Wachowski; y tal vez por este motivo la narración no hace tanto hincapié en los detalles. Plantear esta premisa de forma verosímil implica mucho tiempo de desarrollo, un lujo que las obras de teatro no suelen tener.

Por lo demás, puedo afirmar que estoy mirando una obra de Juan Hessel. Eso implica actuaciones de una intensidad visceral que trabajan contenidas en una coreografía milimétrica; el uso de espacio y de objetos que funciona como un reloj y una narrativa que se explota también a nivel poético, con recursos que se nutren de diferentes disciplinas, como el cine, la pintura, o la danza.

Sin embargo, a la salida de la función me pongo a charlar con una persona del público al azar, y confirmo mi temor. Esta psicóloga me dice que disfrutó la función, pero no se preocupó por entender demasiado de la trama, y menos que menos ese posible contenido de ciencia ficción del argumento. Para ella, todo fue un simple delirio de los personajes psicóticos.

¿Estaré equivocado con lo que vi? ¿O la que falla es la narrativa? Me parece una lástima, porque esta es una apuesta tan interesante que podría estar fundando en sí misma una corriente de obras teatrales que desarrollen una especie de “ciencia ficción naturalista”. Podríamos estar ante el germen de un estilo potente en Latinoamérica, con un ritmo propio y que integre el paisaje local a una ficción menos industrializada, que tampoco caiga en el clásico estereotipo de la distopía de gobiernos autoritarios en el que suelen encasillarnos.

«El acto ciego» me parece una obra necesaria y quiero difundirla para que la vea la mayor cantidad de público posible. Su narrativa puede quedar a medio camino, pero lo importante es que se atreve a emprender el viaje. Al igual que los personajes de esta historia, necesitamos tomar el experimento fallido como la instancia que nos permita llegar, en un futuro, a algo más grande que nosotros mismos.



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