Por Juan Cruz Catena | Ilustración: Sergio Molina

Rosario, 21 de diciembre de 2001.

Estimado lector:

Mi amigo del alma anda en pena. Si usualmente anda complicado, está vez está por el piso.  Lleva un diario que deja arriba del escritorio y que escribe todas las noches, una, dos o cinco páginas. Hace 28 días que no lo toca. Nunca le pasó algo igual. Dice que la literatura es para los vivos. No le creo. Esta vez creo que su buena voluntad para la mala memoria me necesita. Esto es para vos, amorticemos el crédito de destino.

La deuda siempre es política, es apremiante que siga siéndolo, en su defecto, se vuelve una deuda de existencia, una deuda que se posa en las vértebras del buey. ¡Ay! O bien la deuda es política, o bien lo es de existencia. En tal caso, la deuda la paga cada uno de los trabajadores con su nuda vida, como si de una pena se tratare, por sentencia de ministerios y congresos.

Si la deuda no es política, es obligatoriamente tuya. O mejor, es política aún cuando por decisión de gobierno pagues vos, yo, mi viejo, mi abuela, o las tres generaciones. Este punto concierne de modo testimonial, es siempre autobiográfico. No importa si sucede de un shock o gradualmente. Lo que importa es el modo en que se impone la mesa política, esa mesías laica.

No es lo mismo que se busque dirimir la deuda en la ONU, ante los diversos estados nacionales del mundo, a que se transfiera sobre el cadáver de mi abuelo, de tu nieta, o de mi hijo. ¡Ay!

¡Hijo de una gran deuda! Fue tu madre adoptiva. Amante imprecisa pero a tiempo completo de tu viejo. Se enamoró en la década de 90, se vé, porque en esos años hubo una clara redistribución de la libido. A ella, 95%. A vos, una lágrima [te compraste el disco de García, de hecho, delirando que podrías haberlo escrito vos en femenino].

Te preguntaba, ¿tu viejo? «Ahí anda, con la deuda». Leitmotiv que debés haber repetido 12045 veces, a precio dólar, es decir, al menos 3 veces por día durante 11 años. ¡Ay! Idea fija para vos, fijación para tu viejo.

Por Sergio Molina

La deuda tiene memoria autárquica, como el Banco Provincia de Santa Fe. Rememora, en simultáneo, a los papás y a la década del 90: «papas modelo 90». No hay acento. No es tanto un recuerdo olvidable como una repetición persistente. Es que cuando las deudas se vuelven «deuda de existencia» no hay forma de pago, amigo, más bien se lleva puesto al deudor [y a sus deudos]. Con cada pago, que nunca llega a ser el último, pasa lo que al borracho, es el último cada vez. Y así, pago, pago, pago, pago, pago, pago, pago, pago, y, al igual que en una barra de cuchitril, pura y dura pérdida. Lo perdiste, primero perdiste la cuenta, luego perdiste el sueño.

Ese fue el otro nombre de la deuda, pesadilla. Tu papa perdió el distingo entre pesadilla y sueño. La primera, no lo dejaba dormir, lo enrostraba a sus dos principales acreedores, su abuelo y su bisabuelo, ambos muertos por su culpa- decía, y decían, y decíamos, y vos desdecías a quienes lo decían, a mí, incluso a  él, en fin, al parecer, esas voces y esos dos cadáveres no traían buenos augurios en sus apariciones. Tu abuelo había perdido, presupuesto. Y tu bisabuelo también había perdido, su vida. Qué desazón a la sazón de sí.

Y entre pesadilla y sueño hay una relación de distribución, como respecto a la riqueza. Ya no hablaba, de sueños, menos de riqueza. Perón no era ya siquiera aludido, lo evitaba. Medio cagado, un día que fui a tomar el mate cocido a tu casa, me preguntó de qué se trataba eso que le estaba pasando de tal manera y con tal frecuencia que ya estaba perturbándolo. Le respondí, a duras penas, con la suficiencia de un padre adoptivo.

No estaba tan mal, si por lo menos ahora las tenía, había dejado de serlas. Cuando las era, tenías que soñar con esfuerzo para estar despierto, pero era una exigencia de lomo que pesaba lo que una manada de hienas, culpa carnívora.

De ese estado de la deuda arranqué que, sin una política de negociación, la deuda es de existencia, y, en ese caso, inclemente e irreversiblemente se lleva puesto a cada uno de los eslabones de al menos tres generaciones [entra por la vigilia a tiempo completo y, luego, se posa como fatalidad en los sueños]. Ya no se sabe dónde buscar al padre, quién es el hijo de quién, qué abuelo.

Cuando la causa de una vida mayor quiere justificarse por la culpa de otra vida menor, ahí, en medio de eso, hay incesto, aún llamándolo eufemísticamente sacrificio o conmiseración.

Y de tu experiencia supe, por defecto, algo de un padre: papá es el que vigila de las pesadillas con un sueño por venir [belicoso, si fuere necesario].

Gracias, te saludo y abrazo, hijo de una gran deuda.

 

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