Por Luciana Bertolaccini | Especial para El Corán y el Termotanque

La inocencia, primera novela de Marina Yuszczuk, nos empuja a la trayectoria de quien busca en el terreno barroso de la memoria claves para componer una hoja de ruta personal. La escritura se le aparece a la protagonista como excusa para dar forma a ese mundo propio. Se escribe, de una vez y para siempre, lo que de otra forma se puede reformular infinitas veces. Desde una edad madura, una vida que no da poco pero da lo mismo a todos, se narra una historia en retrospectiva que antepone al lector a un engaño: el orden necesario para que una sucesión de hechos pueda ser contado. Los sismos que dan lugar al verdadero caos son reconocidos, entonces, no en el orden de las cosas sino en sus anudamientos. En lo que podría aparecer como una novela autobiográfica, con elementos que obligan al esfuerzo para divisar la línea sutil entre autora, narradora y personaje, la ficción se nos vuelve explícita. Avanzado un poco en el relato, la pausa da lugar a una propuesta: «a partir de ahora voy a empezar a inventar todo». La invención es una de las formas de la historia. Construir la propia, también, pone a conjugar andamiajes de la creación; y la tragedia o la derrota pueden estar en el origen de todo.

Una vida que se decide comenzar a explicar desde el fin de los setenta y desde un hecho que se asienta sobre el campo fértil de esos años que continúan en productividad. ¿Cómo empezar a contar algo de lo que se distinguen sólo algunos salpicones nítidos por allá en el pasado? Empezando y punto. Los dados se arrojan y la experiencia se va configurando. ¿Qué es lo que le da forma a la memoria? Parece ser uno de los interrogantes que sobrevuela en la novela. ¿A qué historias elegimos adherir? ¿Cómo se construye el mundo en el que andamos? ¿Cuáles son los elementos que se ponen en movimiento para dar los tonos con los que nos pensamos y nos asumimos?

El cuerpo se va constituyendo como registro vivo del azar, sobre él, las marcas de cada golpe. Es esa capa espesa con la que la protagonista tiene que moverse; tenerlo y transportarlo debe aparecer como natural. Pero el cuerpo se arroja y cae con la fuerza de su propio peso. Al mismo tiempo que su rendimiento se moviliza por efecto de la tracción, se produce la expropiación. Cecilia y Daniela, las amigas, estuvieron ahí para contener las contradicciones que moldean la materia hasta volverla indescifrable o para habilitar la obsesión y la tentación por los estallidos que llaman desde abajo o por algún ídolo de rock.

Transitamos junto a la protagonista sus elecciones y aturdimientos, las tonalidades y los bordes. El deseo, como bien escaso y desigualmente disponible, deberá ser descifrado entre una vida repleta de castraciones. La religión, la escuela, la familia. El altísimo precio de sentirse salvada y segura, de saberse mejor un muro que frena antes que una puerta que se abre a quien quiera abrirla. La culpa –que se avizora como horizonte de todo lo posible– deberá ser evitada, aunque eso suponga la autoamputación. Por cada prohibición no explorada, la carne se rasga y se vuelve una corporalidad sangrante, primero, por la menstruación, después, por la primera relación sexual que señaló el camino de descenso del paraíso, el inicio de la expulsión. Un sangrado que, en realidad, proviene de las múltiples mutilaciones de todo eso que la protagonista va queriendo dejar de ser.

«El sexo no es el centro de nada pero a veces alcanza para correr al mundo de su eje», se escribe en el texto y se repite en la contratapa. Irrumpe la pregunta por el sexo negada de antemano. Interrogarnos por nuestra sexualidad sigue teniendo su límite: el placer y su monstruosidad. ¿Qué hacemos entonces cuando sobre la pregunta por el sexo se edifica la del goce y sus mutaciones? ¿Cómo se puede conjugar el placer con la productividad si el deseo es el que impulsa hacia otro registro? ¿Quién se hace cargo de las múltiples formas de experimentación de lo erótico? Sobre todo cuando sólo se pueden ensayar hipótesis desde el secreto del silencio. El silencio con nuestros padres, con nuestros círculos, el silencio con quien cogemos y hasta con una misma.

El secreto es otro de los territorios por donde la novela timonea y todo lo que sucede allí parece ser lo verdadero, es el espacio donde coagulan todas las dimensiones de una vida, pero sólo algunos pueden ser interesantes: los que aparecen. ¿Qué pasa cuando aquello contorneado desde la penumbra se presenta al ser nombrado? ¿Cuál es la fuga que puede esconder lo oculto?

Observamos, atentos, mientras la herida se vacía y cicatriza. No hay lugar para la corrección unívoca. A fin de cuentas, bajar la bombacha y ver sangre, muchas veces seca, es territorio conocido. La culpa puede construirse como un edificio que no deja más lugar que al constreñimiento. La inocencia, en cambio, puede ser una exclamación que impulse una salida o la prensa que nos deje debajo del derrumbe, entre los escombros.  Algo se nos rompe todos los días.

Yuszczuk, Marina: La inocencia. Iván Rosado, Rosario: 2017.

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