Por Lucía González | Ilustración: Celeste Ciafarone

Dios de los pecadores que los perdonaste a ellos
y no a nosotros los tan sueltos,
tan peronistas, las muchachas
tan putas, borrachas y tortas.
No ha sido suficiente el reino prometido
no alcanza con una abuela infernal.
Nos comimos las uñas, las ostias, la piel.
Desde entonces gritoneo poesía
llorando en un espejo gastado
porque no me atrevo a verme tan libre y tajada.
Se me escapan los buenos besos
que busco, después, ya tarde
entre las manchas del agua que salpica la pared
o la salsa que gotea en la heladera
y me emborracho para jamás saber qué dije.
Se arma un silencioso ritual,
tironea al cuerpo de los brazos.
Hay cosas que nos las metieron en todos lados
hay cosas que no entran en lo que escribimos
es la ropa de un invierno al otro en la infancia.
No quisiera después de tanto esfuerzo
por entrar, salir y ver
no echarme a querer,
no ser puta y peronista.

Post anterior

Hijos de una gran deuda

Siguiente post

«Par de seis», de Federico Ferroggiaro