Nuestra cronista terminó enredada en un texto que combina lo que sucedió antes y después – afuera y adentro – de la sala teatral. Miradas que se volvieron historias y movimientos que trazaron imágenes componen una crónica escrita con la piel. Una pregunta, que siempre se actualiza, revolotea sobre cada párrafo: ¿qué puede – y hasta cuánto aguanta – un cuerpo?

Por Mariel Ghilino | Especial para El Corán y el Termotanque

Esperando a mi compañero en la puerta del Centro Cultural de Abajo veo un muchacho que se acerca con desgano a una pareja. Les balbucea algo inentendible mientras les arrima una tarjetita. Ante la negativa, cruza la calle con otra actitud y comienza a cantar con una voz muy clara. Pasa entre los autos como si su cuerpo fuera invisible o como si su voz abriera camino. Me quedo pensando en esa libertad expresiva, esa fuga de los flujos ordenados de la ciudad, y me pregunto cuanto habrá de eso en el subtítulo de la obra: «cuerpos en expansión».

Ingresamos. Bajamos al sótano donde tendrá lugar la obra. En un rincón una violinista ejecuta armónicos que parecen notas tiritando de frío. Repite el motivo cíclicamente, llenando el espacio e invitando a cada espectador recién llegado a hilvanarse en esa cadena de vibraciones en ronda. Al tiempo que los asientos se llenan, la oscuridad se va apoderando de la escena como un telón oscuro. ¿Cómo no imaginarme sumergida en la psiquis, en el interior de un cuerpo, dentro de un subsuelo completamente a oscuras? El efecto buscado del ambiente me hace estremecer.

Cuando la oscuridad empieza a volverse inquietante, el sonido del violín se distorsiona y una luz tenue se vuelca sobre una mujer. Ella está dentro de una pileta inflable, de esas en las que metés los pies en el verano y te zafan. Pero no hace calor, y ella tampoco parece tenerlo: la pileta no tiene agua. Es un objeto sin su elemento, sin su esencia, sin su razón de ser.

No obstante, la fría palidez de su piel se vuelve sangre circulando. Corre, corre, corre, corre, corre, corre. ¿Quién es? Puede ser todas, e incluso todos. Puede ser el muchacho de las tarjetitas que canta y camina por las calles. Está tan inquieta que nos da pocas pistas verbales. Pero nos repite, como un slogan, «Mi cuerpo es público». ¿Cómo todos los cuerpos de mujeres que han sido quemados, mutilados, sexuados, matados, idealizados, demonizados, santificados? Creo que hay algo más. Corre para atrás, ejercita cada músculo, canta, recita un poema… Por momentos me recuerda a esas personas que corren por el parque y se detienen a hacer abdominales en un banquito; abdominales que más tarde harán en un gimnasio porque “no parar” es imperativo de superación. Pero, a la vez, la mujer parece frágil, un cuerpo fragmentado, ansioso, desquiciado, ridículo, como las identidades a las que nos arraigamos. Llego a sentir la imperiosa necesidad de saber quién es. Pese a que nos ofrece su cuerpo, nos brinda sus partes, nos muestra sus fracciones, sus múltiples caras, no alcanza. Click: una selfie. Se ve, nos vemos todxs, nos ven. Un poco de brillo, un poco menos de saturación y otro poco de intensidad. Ella necesita saber cómo la vemos; quiero decirle que se ve bien pero tampoco estoy segura.

Queda exhausta. Y yo, aunque estoy quieta en una silla, también.

La rueda que hace girar a Manifiesta es el eje de la máquina que somos. No podemos parar, no podemos parar de probarnos. ¿Qué probamos? Que estamos vivos. Pero también que estamos exhaustos del autoritarismo del cuerpo. Sospecho algo: puesto que estamos determinados a ser indeterminados, ella no puede dejar de ser diversa, nos muestra que la experiencia se hace carne, se materializa, y en ese devenir somos, nos armamos, nos hacemos, construimos nuestro andamiaje. De modo que lo que parecía desquiciado en ella, no es mas que movimiento vital cuestionador. ¿Sueno enroscada? Creo que hablo por ella. Entonces estiremos los hilos de esta madeja, aunque nos enrosquemos más, como se enrosca esta mujer con la libertad y el disciplinamiento, con la falta y la totalidad, con lo que ve y lo que ven de ella, con lo que desea y los múltiples deseos.

La mujer tira cuatro baldazos: ahora la pileta está llena de esas aguas turbulentas, profundas como nuestras dudas e inquietudes. Es tentador el salvavidas de la identidad o la góndola de la diversidad en los supermercados de la subjetividad: una vasta oferta de esencias felices o revolucionarias para ser vos mismo, para ser mejor, para ser…

Tengo una certeza: esta mujer es síntoma de la subversión de nuestras cómodas identidades. No se obstina en reconocer lo que es porque deviene otra en la medida en que se prueba en otras relaciones. Si el feminismo denunció la explotación, la normalización y el disciplinamiento de nuestros cuerpos, los movimientos que cuestionan la idea de que el cuerpo albergue una verdad innata y, por ello, plantean la necesidad de romper con la ilusión de una identidad en cadena entre el género, el sexo, la sexualidad y el deseo. En este sentido, el cuerpo importa como potencia de encarnar nuevas experiencias de vida, de amar, de desear, de luchar no conforme a las normas sociales. Por fin me identifico con ese personaje, la comprendo, nos veo en ella.

Vuelvo a mi pregunta inicial para confirmar que «cuerpos en expansión» hace alusión desde sus vísceras al interrogante por la libertad y el movimiento. Asimismo, me llevo la impresión de que no es casual la decisión de un unipersonal en donde convergen las diversas relaciones sociales de opresión en un cuerpo y la urgencia por construir nuevas relaciones deseables.



Contacto

Manifiesta, cuerpo en expansión

Ficha Técnica

Intérprete: Jésica Biancotto
Intérprete musical: María Belén la Rocca
Iluminadora: Carla Tealdi
Diseño y realización de vestuario: María Pilar Ramos
Diseño gráfico: Lucía Masellis
Asistencia coreográfica: Virginia Brauchli
Asistencia artística: Dolores Tealdi
Producción asistencia: Federico De Battista, Julia Tarditti
Idea, texto y dirección: Carla Tealdi

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