Lecturas | «Maraña», de Natalia Massei - Por Javier Núñez | Especial para El Corán y el Termotanque

Por Javier Núñez | Especial para El Corán y el Termotanque

Si las historias que conforman Maraña, el primer libro de Natalia Massei (Rosario, 1979) se inscriben en la literatura que se ocupa del vaivén cotidiano de la vida desde la particularidad de cierta mirada, en las variaciones mínimas que acechan en las rutinas de personajes reconocibles, su mayor mérito radica en que en todas y cada una de ellas dan cuenta de algo —a veces concreto, a veces esbozado en los tonos sutiles del subtexto— que reestructuran lo real para resignificar el momento o, en ocasiones, toda una existencia. Ese lapso imperceptible en el que todo se tambalea.

Ya desde el primer relato, Massei sienta las bases de algo que se repetirá en otras historias a lo largo del libro — «Maraña», «Caja negra», «El cielo que estamos viendo es el pasado»— y que son, también, algunos de sus puntos más altos: una apuesta por cierto grado de autoficción que desdibuja los límites entre narradora y autora, entre vida y escritura. Personajes que reaparecerán —la narradora-autora, su pareja Marcos, su hija Luci— para construir retazos de una probable biografía desordenada y una voz narrativa potente y particular que funciona casi como un andamiaje en el que descansa el texto, aunque sin descuidar ni dejar de lado la historia que contenga ese discurso.

«El ruido de la carcoma» se sirve de ese recurso para retratar la tirantez y el desgaste silencioso de las rutinas familiares, a través de una mujer embarazada que vacaciona con su familia. «La carcoma trabaja sin descanso. Pienso en una mujer muy vieja arañando la madera con sus uñas largas, rasqueteando con los cinco dedos estirándose y contrayéndose como lo hacen las patas de una araña cuando avanza».

Marcos y la narradora reaparecen también en «Maraña» —cuento que da título al libro— aunque el plano temporal evocado sea anterior: son los comienzos del amor, antes de Luci y el embarazo, en una Madrid que probablemente corresponda a principios de los dos mil. La lengua de los otros, la extranjería a cuestas y el desconcierto de las latitudes ajenas se conjugan para un cuento fragmentario, hecho de tonos, en los que el recuerdo —o el sedimento de algunas memorias que también empezaron a diluirse— funciona como territorio de orden y encuentro. En los tonos sutiles, en la forma, se juega lo más rico de este texto al que le cabe muy bien la sentencia que la narradora esgrime en cierto pasaje: «Las historias están todas contadas, la diferencia reside en los colores, las texturas, la luz y la sombra, los puntos y las comas, la cadencia, el maquillaje».

«Maraña», de Natalia Massei

En un plano claramente más ficcional, pero en línea con el registro y otorgando cohesión al conjunto, otros relatos nos acercan personajes cotidianos en situaciones extraordinarias o reveladoras —una ama de casa que se hace con una considerable suma de dinero ajeno que le quema entre las manos; dos hermanitos que van a cobrar una asignación y se enfrentan a la doble desigualdad, la social y la de género; unas amantes de pueblo que huyen del puritanismo a la hora de la siesta— enfrentados a las exigencias e insensibilidades de un sistema capitalista que los traga —como al empleado bancario de «Hundido»— o los escupe —«Una mamá linda y buena»—, a la fragilidad de los vínculos, a los contrastes y dignidades, y otras temáticas y situaciones que bajo la mirada precisa de Massei se convierten en potente material narrativo. De este conjunto se destaca «Tatuada», un cuento feroz, doloroso, preciso, sobre un padre enfrentado al horror del reconocimiento del cuerpo de una hija en cuyo cuerpo tatuado se leen y se cifran los avatares de esa vida y esa muerte.

El libro cierra con «El cielo que estamos viendo es el pasado», una apuesta de forma con muy buen resultado, que narra una separación desde los retazos del mapa de lecturas que se recorta, se desprende, en el momento de desmembrar una biblioteca que hasta entonces había sido de dos. Los personajes que inauguraron el libro reaparecen para este cierre con heridas de adiós. «Uno percibe cuando algo cambia. Algo se rompe. Hay cosas que no tienen muchos modos de ser dichas. Para mí suena cursi decir algo se rompe, así hablan en las novelas de la televisión, en las comedias de amor. Es así el amor, digo yo. Algo por dentro. En realidad no se sabe, se presiente. Cuando todavía hay cuerda, aunque ya uno vislumbre que queda poca, sigue tirando. Incluso cuando el momento se acerca, cuando se está por acabar, uno sigue. Camina hasta el borde del precipicio. Camina mientras puede caminar. En el amor sólo se puede ir hasta el final. No existe detenerse a tiempo, salvo en las ficciones».

Los cuentos de Maraña lo cumplen. Se detienen a tiempo y cierran ahí: cuando algo cambia, cuando algo se rompe, cuando algo nuevo está a punto de empezar. Cuando se juega todo. «Ese momento en el que uno aún conserva la esperanza pero sobreviene el terror de la incertidumbre. El instante antes de levantar la sábana para reconocer el cuerpo. El intervalo en el que se juega todo».

Ahí, muchas veces, es donde hace literatura Massei: en los intervalos en los que se juega todo.

Massei, Natalia: Maraña, Baltasara Editora, Rosario: 2014.

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