Por Federico Ferroggiaro | Especial para El Corán y el Termotanque

Las imágenes de un bypass

Posiblemente yo sepa muy poco de poesía, y sea tan poco lo que sé, que solamente me atrevo a decir que a veces siento la poesía –o no la siento– y que ese delicado y subjetivo criterio es el que empleo para opinar, –después de leído y retozado y releído y destrozado–, sobre un poema o conjunto de. Mentira: ahora que pienso, algo sé de poesía porque aprendí qué son la métrica y la rima y aunque valoro –y a veces admiro– las técnicas compositivas, al final, siempre me sucede lo mismo: siento o no siento un poema; me interpela o no me interpela; pasa o no pasa ligero como la página que doy vuelta al terminar un poema y llegar al que sigue.

Leyendo Bypass, de Federico Oña, confirmo que son las imágenes, aquella transustanciación del lenguaje, lo que provoca en mí ese efecto, contundente y definitorio: que sienta o no sienta la poesía en un poema. «… la sopa de la esperanza / mi infancia noventera / triste y épica sensible y re cabeza…» (14), «… la figurita repetida del futuro» (10), «aprendí que el paraíso / era un cacho / de plastilina /  en el olvido del / Jardín de tres» (35). Efectivamente, la intuición que surge en la lectura es que cada uno de estos textos, de extensión variada, está construido a partir de una o un conjunto de imágenes potentes. A veces desprendidas, como fotogramas recortados de una serie: «con la fuerza del oleaje / la deshonra / arrastra lobos marinos / muertos hasta la orilla / de mi más profunda / nada»; y otras a través de comparaciones elocuentes: «tiro el corazón sobre el colchón como un / toallón mojado» (22).

Federico Oña esboza en la contratapa su biografía también con una imagen: la del escritor que se presenta en todos los concursos literarios «sin ganar nunca». El fracaso entre quienes definen qué es y qué no es poesía «premiable» o «verdadera», entonces, no constituye un mérito sino una marca de «malditismo» que se replicará en los textos, en ocasiones violando las convenciones ortográficas y, otras, remedando la oralidad en la grafía. Una tensión entre presente, pasado y futuro organiza, a su manera, el poemario. Una tensión entre el deseo de recuperar el pasado idílico de la infancia (que es ahora un «altar oxidado» (5)) y la adolescencia; desde un presente desolador, de alienación, desgarrado; y un futuro mezquino, que no promete nada, o cada vez menos. Lo cierto es que «El tiempo pasa como una K / desierta» (54) y nadie, pero «Nadie sabe cuanto (sic) GNC queda / en el corazón» (46). Verdades de puño que vuelven a decirse con imágenes nuevas. Como es lógico, la tensión parece resolverse en continuidad irrebatible: continuidad «de la rutina y el cansancio» (38), de la insatisfacción, del desconcierto y el sentirse extraviado: «llueve sobre Rosario / Nadie podría decir con exactitud / la hora» (26), perdido.

La respuesta a la pregunta sobre qué mundo recrean los poemas de Oña, o más que los poemas, las imágenes que proyecta como destellos, como dentelladas, podría ser al universo cotidiano de los laburantes, hijos de laburantes, que se criaron en la década infame del menemismo: «Buzos en la mugre del neoliberalismo / y sus desastres» (12). Sin embargo, no con la impostura de los bolches con campos o una decena de departamentos en alquiler, que dejan alta renta, sino, como los boedistas de hace un siglo, casi, con la sinceridad de la experiencia, de la alienación laboral, de la vida dura y a veces intensa y vacía. Por eso, el lenguaje de Oña es coloquial, cotidiano, generacional, al mismo tiempo que identificable en sus coordenadas locales y sociales: «todos los caminos conducen a Francia / y Godoy…» (34). Las palabras que sostienen el pulso del poema son las que tienen que aparecer, y si no buscó un término más culto o más musical, es porque, al igual que los poetas cotidianistas de los setenta, la lengua de los poemas es la de todos (sus) los días.

El bypass es el nuevo camino que se le ofrece a la sangre para que pueda seguir circulando por el cuerpo. Sus imágenes, si las viéramos, mostrarían a un corazón cansado, agotado de empujar el fluido por conductos taponados hasta que, de pronto, una nueva ruta se abre. Las de este bypass, también rezuman la potencia de la sangre que, a pesar de todas las trabas, sigue corriendo. La poesía, en Federico Oña, es un motivo vital, una razón para seguir viviendo.

 

Federico Oña: bypass, Pesada herencia, Rosario, 2017.

Post anterior

Y se mezcla en el frío    

Siguiente post

Editorial municipal