Por Bernabé De Vinsenci | Ilustración: Francisco Toledo

 

 

I.

Entramos cuando éramos bebés,
ni siquiera balbuceábamos «má-má».
Nuestro llanto, a toda hora, era un grito de orfandad.
Nadie, ni el más piadoso, nos reclamó.
Nos criaron, día a día, con alas de odio.
Bofetada tras bofetada nos hicieron sumisos.
Sumisos al rencor.
Aprendimos a caminar como un rengo.
A ver como un ciego.
Cuando hicieron de nosotros
una sombra errante, nos dijeron:
«detrás de esa puerta está la vida».

 

II.

La vida
contiene
la píldora de Dios
y el prospecto del Diablo
el resto
es abismo.

 

III.

En mi colchón
se ha formado un pozo.

Allí
desvelado
vivo.

Lo sé:
soy un hombre empozado.

 

IV.

En el pasillo
del hospital
escucho voces:
agudas, graves
altas, bajas

yo en la cama

espero escuchar
mi voz.

 

V.

Cuando caigo
caigo sin paracaídas
aplastando
la caída.

Cuando caigo
caigo
como una lágrima
desterrada
de su
lagrimal.

 

VI.

Debajo
de mi nombre
yace
el esperma
de mi padre

la maldición
de su sexo.

 

VII.

Yo parí a mi madre
y por eso
tengo testículos-ovarios.

Después que la parí,
morí.

Ahora, ya muerto,
me duele el parto.

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