Por Matías Magliano | Especial para El Corán y el Termotanque 

Extraño a Mateo, dice ella, mirándose la panza enorme y tensa (del primer cuento: «Anidar»). A lo lejos veo entrar a la nena de las flores («Los incomprendidos»). Siempre que vuelvo a Rosario le dedicamos un día entero a los recuerdos («La vuelta manzana»). Así comienzan los primeros tres cuentos de los once que reúne Nadie es tan fuerte (Modesto Rimba, 2017), el último libro de Pablo Colacrai, que parece dedicárselos todos al lector, porque sabe que alguien está o estará leyendo al otro lado y pensar que el Mateo del primer cuento dentro de algunos años podrá abrir el libro y leerse concebido en «Anidar» salva todo el proceso de escritura y hasta la vida misma: podría ser, entonces y efectivamente, el último libro de Pablo Colacrai, el trabajo está terminado, aunque desde el título sepamos que nadie es tan fuerte.

Con una ternura construida en un habitación donde dos jóvenes están al filo de convertirse en padres, Colacrai pinta el cuarto del futuro bebé como su aldea con la que pinta también el mundo, uno que nos devuelva a nuestra primera condición animal y humana, donde los personajes anidarán como pichones, pero sabiendo que estos últimos la tienen más fácil porque no tienen que trabajar diez horas por día. Y así, con una atmósfera profunda atravesada por el humor (porque al igual que los demás pilares de los cuentos el humor también es bien humano) nace el libro que inmediatamente después trae en el segundo cuento a una nena de las flores ya crecida, como contrapunto de la ternura recién contada, en una historia que, al igual que pasará más adelante, se dice y otra historia que subyace, para marcar la cancha en la que se va a mover el libro: cuando la bicicleta empieza a andar, cualquier destino es posible.

Los comienzos de los cuentos meten al lector de lleno en la trama: ¿Quién y por qué cuelga del colchón con la cabeza al ras del suelo? («Todas las noches son pardas»), ¿Qué no puede contar Guillermo sobre su padre? («Nunca es fácil»), ¿Por qué, qué le pasa que ahora no retira la sábana a esa mujer desnuda? («Ya es mañana»), y así se puede seguir con el resto, para que después del comienzo se muestre (el show, don’t tell chejoviano) el ambiente de las escenas donde los personajes habitarán sus propias vidas, a veces en casas y otras en bares, salvo en «La reina de España», en el que un enamorado desespera al resignificar un lugar que ya no puede volver a ser el mismo, como intentando cercar una parte del río para detenerlo y recién después poder habitarlo.

 

Con frases cortas y secas y un realismo que podría ser heredado de Carver o Sam Shepard, Colacrai acumula detalles para generar ambientes reconocibles donde crecerá la esperanza hasta ser barrida por las situaciones venideras. «Algo es algo» puede servir de ejemplo, o la historia que un hijo cuenta en «Nunca es fácil» sobre la pérdida del padre, o incluso esa llegada a destiempo del regalo anhelado en el momento exacto en el que, junto al crecimiento, el deseo desaparece para transformarse en otro. Los personajes de Nadie es tan fuerte se sostienen por la esperanza de conseguir construir su lugar donde habitar el mundo, descubriendo una y otra vez que quizás sería más fácil renunciar a la esperanza para afrontar la vida, pero el título del libro descarta esa posibilidad a la vez que responde a la pregunta de Auster que sirve de epígrafe y lo recorre entero: «¿Qué hombre es lo bastante fuerte como para rechazar la posibilidad de la esperanza?»

En «El regreso del Coelacanto» se van a mixturar diferentes estilos, como una canción de rock nacional, para ejercer presión en el personaje, en su crónica por escribir, en sus recuerdos y en su presente hasta reventarle los sentidos y transformarlo. Todos los esfuerzos estarán puestos en resistir y lograr volver al lugar en el que se ha sido feliz, así tenga que poner el cuerpo en ello, y ante lo imposible de la tarea tratará de resignificarlo, dejando para el día siguiente («Ya es mañana») el momento de descubrir que «no hace falta que siempre sea todo otra cosa». En «Todas las noches son pardas», el cuento más musical del libro, el lector entrará en una persecución por las terrazas de los edificios para tapar la desesperación de una pérdida que llegó en medio de la noche y que amenaza. El cuento que cierra el libro, «El mejor regalo del mundo», escrito en tándem, cuenta en simultáneo, como si dos partes de una misma historia estuvieran pedaleando juntas, la vertiginosa corrida de un padre por escapar de sus culpas, conseguir el regalo y también volver a lo que ya no es.

Así, moviéndose de casas a bares, luchando por volver habitables los lugares que vienen dados, los personajes de este libro son padres, madres, hijos, hermanos, amigos y amantes que se aferran a la esperanza para construir vínculos donde poder guarecerse y hacerle frente al dolor de vivir. Tal como se aprende a andar en bicicleta, los cuentos ponen foco en esos pequeños momentos que no se olvidan jamás y que van a pasar antes de que volvamos a tomar aire, sí, pero que en su paso nos van a dejar marcadas las huellas de su cubierta.

 

Colacrai, Pablo: Nadie es tan fuerte. Modesto Rimba, CABA, 2017.

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