Por Ernesto Gallo | Ilustración: María Victoria Rodríguez

 

─Una víbora, una víbora-, gritó una vieja en la playa. Todos salimos como locos del agua del Paraná.

Nos agarró mucha emoción a mis hermanos y a mí, yo habré tenido alrededor de diez años y mis hermanos ocho y seis. Cuando pasaba la víbora, todos mirábamos el río y mi papá dijo despacio ─Es un palo, vieja de mierda, no sabe nada—. Y corrimos otra vez al agua.

Estábamos en la playa de Paso de la Patria, un pueblito de Corrientes en donde teníamos una casita, era octubre y no había demasiadas personas ahí. Ya caída la tarde nos empezamos a aburrir con mis hermanos; primero nos peleábamos entre nosotros, nos tirábamos arena y salíamos a corrernos. Después siguió molestar a papá que leía el diario y tomaba mates. Papá primero nos ignoraba, mi hermano del medio, el que me sigue a mí, apuntó arena a los ojos de papá y ahí se pudrió todo. Papá nos gritó ─Pendejos de mierda, dejen de joder, vayan a buscar la pelota de Franco al auto y jueguen con eso, no rompan las pelotas.

Mamá se había quedado en la casa y hacía cosas de mujer, eso nos dijo papá. Mamá se encargaba de tranquilizar a papá. Pero mamá, aquella tarde no estaba con nosotros.

Buscamos la pelota de Franco y nos pusimos a jugar al vóley. Queríamos que papá jugase con nosotros, sin embargo él no accedía. En uno de los golpes desprolijos de mi hermano más chico, la pelota se fue al agua, lejos. Y la corriente no la quería soltar. Papá se levantó de la silleta donde leía y se tiró al agua de un clavado persiguiendo la pelota de Franco, pero la corriente del Paraná nos la robo antes de que él la alcanzara.

─Ves que les digo, que son unos pendejos de mierda, que no saben nada. Esa era la pelota de Franco, ahora soy yo el que va a tener problemas con el tío. Son unos re pelotudos, les voy a llenar el culo a patadas. Levanten todas las cosas, nos vamos a la casa, ya.

Papá terminó de decir lo que dijo y le dio la llave a mi hermano más chico para que fuera hasta el auto y abriera el baúl. Él fue hasta el coche, metió la llave en la cerradura del baúl y quedó ahí trabada. Cuando volvió hasta donde estábamos limpiando las silletas y eso, con la cabeza gacha y llorando dijo ─Se me trabo la llave en el baúl—. Mi padre abrió los ojos como un toro loco, lo alzó a mi hermano más chico y lo revoleó a la parte playa del río.

El agua del Paraná es obscura; me parece curioso que le digan agua dulce y que sea tan sucia. Uno mete la mano dos centímetros y ya no se percibe nada de ella.

Mi hermano más chico dio su cabeza contra una piedra que no se veía.

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