Por Emmanuel Lorenzo | Ilustración: Leo Petrovelli

Ella dice que está cansada, pero no le creo. Siempre dice estar cansada. Le insisto para que permanezcamos hablando una hora más, hasta que ya no se escuche la sirena.

-En serio, estoy agotada, necesito descansar, Mir.

Me apoda <Mir>, creo que es la única que siente la necesidad de acortar mi nombre. No me molesta, pero tampoco me identifica.  Si se lo confesara, me diría que estoy a la defensiva; puede que tenga razón.

-Esperá, sabés que todavía no podemos. Una hora más, como mucho dos –la abrazo por el cuello, como lo hace su hermana menor-. Además –le insisto-, ya sabés lo que puede pasar si la sirena no se detiene. –Esto último se lo digo con un tono más serio en la voz, casi alarmada.

A esta hora el hostel está desierto. Todos yacen en sus respectivas habitaciones o en las camas de con quien se estén acostando. Hay una respiración sobrecogedora en el ambiente, un carraspeo parecido al sonido de una pierna arrastrándose sobre una alfombra. Tiene un ambiente híspido, pero me gusta. Salvo por la sirena, el resto es perfecto. Incluso la comida sabe mejor que en otros hostels en los que he parado. En éste nunca se está verdaderamente sola, el silencio puebla con saña los pasillos. Se los apropia. Hay un director japonés que lo describiría a la perfección, Yasujirō Ozu, creo, el maestro del cine clásico mudo, nunca fui especialmente diestra para recordar las citas o esos detalles. Envidio a la gente que lo hace; no recordar algo, un ejemplo gráfico durante una conversación, es casi como engañar, aceptar la derrota. Si no lo podés probar, no existe.

-No sé, tengo sueño –levanta los ojos. Siempre lo hace cuando miente.

-¿Qué no me estás diciendo, Constanza? –le pronuncio el nombre completo para que entienda que ya la descubrí.

-Nada, Mir –otra vez el nombre amputado-, sólo estoy cansada.

-Si hace un rato hasta querías salir.

-Sabés que estaba fingiendo para nuestra audiencia –y esboza esa sonrisa despreocupada que con tanta naturalidad se le dibuja en la comisura izquierda del labio-. ¿No viste cómo nos miraban? Los volvimos locos.

Tiene razón. Eran cuatro y hace unos minutos estaban en la sala-comedor junto a nosotras. Nos convidaron de algunos tragos, quisieron poner música y sacarnos a bailar. Una de esas postales grotescas con las que sueñan los mujeriegos borrachos, estimulados por la pornografía y cierta impotencia para seducir o, al menos, hablar con una mujer en estado de sobriedad.

Sé que les gusto a los hombres, que puedo hacer con ellos casi lo que se me plazca si están lo suficientemente ebrios. Todo hombre tiene un flanco débil, y generalmente nace y termina en la bragueta. Pero ella, Constanza, es dueña un talento innato para eso. Los endulza con palabras y gestos sutiles, les roza los dedos con las excusas más vanas y marca su territorio, su cuerpo, el de ellos, que pronto le pertenecerá. En otra época la habrían quemado, acusándola de envenenar a los maridos ajenos. Hoy sólo es una depredadora,  y está orgullosa de serlo, aunque la encasillen de prostituta u otra variedad más sádica y original de insultos. Las mujeres traicionadas suelen llevar al extremo su imaginación antes de reconocer la realidad: sus esposos son basura y no las merecen. O tal vez sí, se cosecha lo que se siembra, decía mamá.

-A todos menos a uno –me gusta que la conversación se extienda, así podremos esperar a que la sirena se consuma por completo.

Una frecuencia de maullidos se cuela a través del corredor que se abre en un patio pulmón, con tres techos de lona negra debajo de los que se alargan las mesas para merendar o sentarse a leer. El resto de la casona se ramifica hacia atrás en dos brazos poblados en cuartos y algunos cuadros reproducciones de Turner. Me agradan las tempestades, sobre todo en las que naufragan bergantines antiguos. Hoy ya nadie naufraga así, había algo de heroico en esas tragedias: verdaderas pulseadas entre la temeridad de un capitán y la salvajez de una borrasca. Pero ahora todo es más lastimoso, y son mareas mansas las que arrastran con cadencia los cuerpos de los hombres y niños hasta las costas, casi pidiendo perdón, excusándose: <Creo que esto les pertenece, se los devuelvo>. Debe ser la televisión de alta definición la que nos disecciona la culpa: la ropa deshilachada, los cuerpos entumecidos por el frío y la mirada desorbitada. Las cámaras nos traen hasta el plano de los pellizcos de los pájaros en la piel de los cadáveres a la deriva. Todo es demasiado real, tanto que nos parece una prodigiosa simulación. Televisar la muerte y disfrazarla de ficción es el espectáculo más redituable de nuestro siglo.

Ya no se escucha el bramido del viento como ayer, cuando el polvo que se filtraba por los zócalos era tan insistente que tuvimos que cerrar las valijas que habíamos dejado tiradas para que nuestra ropa no se ensuciara. <Es como una erupción>, había dicho Constanza al ver las paredes tiznadas de gris. <Sólo que no hay volcanes en Colonia>, le respondí. <Ya sé que no es una zona sísmica, Mir>, <No, te estás confundiendo, no quiere decir eso…>, intenté mediar. <Callate, siempre queriendo corregir a todos>.

Así es Constanza, pero ahora atraje su atención, por fin ya no piensa en irse a acostar. No sé hasta dónde tendría que llegar para frenarla si en verdad se fuera.

-¿Por qué lo decís? –se queja-, si los cuatro me miraban como hipnotizados –dice-. Perdón, nos miraban –se corrige para buscar complicidad.

-Te estás olvidando de alguien.

-¿De quién?

-De Samuel –le contesto, arqueándole las cejas, reprochándole el descuido.

-Ése no cuenta, ni siquiera forma parte del hostel. Sabés muy bien que no cuenta. –La conozco lo suficiente para saber que está enojada.

La sirena se derrama sobre nosotras. Tiene una densidad mórbida e invisible que nos envuelve, nos oprime el pecho. Constanza también siente que se está intensificando. No está preocupada, sólo quiere saber por qué dije lo del quinto hombre.

-Está bien, no siempre se gana, Cos –le digo con dulzura. Nota mi obsecuencia y redobla el ímpetu.

-Mirá, Mirna, si te dijera…

-¿Si me dijeras qué?

-Nada, no es nada –se nota que está nerviosa, me esconde algo.

Alguien grita un nombre desde afuera. La ventana que da a la calle es una de esas aperturas rectangulares que parecen haber sido empotradas a la pared a la fuerza, sin mediciones precisas ni planos. La protegen dos alas de madera que siempre están plegadas hacia los costados. El grito nació en la oscuridad de la madrugada. Colonia siempre está en penumbra. Creo que es porque la mayoría de los turistas solamente pasean durante las horas de la mañana y la tarde, y luego abordan un ferry o un micro y se marchan a Montevideo. Nos recomendaron las playas de Maldonado. A Constanza le entusiasma la idea de broncearse desnuda, pero ahora se asoma a la ventana y está arqueada sobre su cuerpo, espiando a través del vidrio como un gato asustado que jamás pierde la destreza ni la dulzura de sus movimientos. Imagino que si las alas de madera se cerraran de golpe por el viento podrían lastimarle la cabeza. Esas ideas me sobrevienen a la mente desde que llegué al hostel. Se desvanecen rápido también. La sirena tan intensa y nosotras preocupándonos por un grito. Se lo digo, eso mismo.

-Cos, la sirena tan intensa y nosotras preocupándonos por un grito. –Me mira con ojos desentendidos. La conozco desde antes que a su padre lo descubrieran con su camisón en la mano, llevándoselo a la nariz. Nunca la había visto con los ojos tan ahuecados, casi neutros. Está buscando las palabras muy profundo, en su interior.

-¿No escuchaste, Mirna?

-¿De qué hablás? ¿El grito?

-¿No reconociste la voz? –se exaspera.

Mientras le niego con la cabeza, la veo extraviar la mirada en los lamparines amarillos que iluminan la sala común. Incluso en su desesperación, corre con cierta gracia. Los shorts le marcan la cola redondeada, apretándole los muslos en ese lugar exacto, mágico para los hombres, que les deja lo suficiente para imaginar, como les gusta a ellos. En su habitación, la nuestra, no hay nadie. Ya lo sabía.

Constanza descorrió las puertas del ropero como una demente, se metió en el baño, lo miró como si fuera la primera vez que entraba y revisó la ducha. Está perturbada y escarba entre las sábanas del juego de camas recostado sobre la pared izquierda, donde nadie durmió durante las cuatro noches que llevamos en el hostel. Mi cama está hecha, siempre la hago después de despertar, como me pedía mamá. Le obsesionaba el orden, quizá por eso no puedo conciliar el sueño sin antes terminar de lavar la vajilla y limpiar los picaportes de la casa. A mí me obsesionan las despedidas, lo que dejan los visitantes. Las sobras humanas imperceptibles; siempre limpio los picaportes y los grifos del baño luego que todos abandonan mi casa. Es salud, diría mamá. Y la salud está primero, aun cuando deba acostarme tarde. Dormir me recuerda a ella, esa sensación de ingravidez es volverla a escuchar: la voz lánguida que llega a mí como un rezo fuera de hora.

-Estaba acá, te lo juro. Estábamos…

-¿Quién estaba acá, Cos? –La sirena está menguando. Debería ahogarse en cualquier momento.

-¿No lo viste? ¡Samuel! Samuel estaba acá, estábamos cogiendo… Y vos me llamaste para que fuera al salón. No quise que lo vieras y lo dejé acá.

-¿Salió del hostel? ¿No sabía?

-No, no alcancé a decírselo, se fue mientras hablábamos –me grita.

-No sabía de la sirena.

-No, y salió mientras sonaba.

La quiero abrazar, jurarle que todo estará bien, que nos podemos defender juntas. Pero sólo alcanzo a decirle: -Si nos hubiéramos ido antes. ¿Te conté que a esta altura del verano las playas de Maldonado son un paraíso?

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