Por Gabriela Ovando  | Ilustración: Moni

 

Está abierta.
¿Sabrán las naranjas que yacen sobre un fondo plástico?
Te sentaste frente a ese hueco
a oler la vida desde una silla
abandonarte en  la luz
que se encendió al abrir la puerta
y ver:

Los huevos se ordenan en bandeja
de a media docena, en la puerta
a la orden del vacío.
El agua quieta en su botella,
un par de frutillas dispersas
un limón seco, dos cubos de hielo
solos, en la cubetera.

Algo huele mal.
Quizá una hoja marchita de rúcula
o la manzana embichada
o la cebolla escondida.
Ese silencio
que cruje desde la cabeza
hasta los pies.
No hay más leche ni manteca
ni jugos vitales, ni vino,
ni escalofríos.

Nadie reza ya
ni escucha, ni habla.
El aire entra por una hendija
y se mezcla en el frío.
Quizá convenga cerrar la puerta
y salir a caminar.

 

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