Por Inés AzIlustración: Melina Belloni

 

Si te dijera, si hablara de este techo bajo
de estas persianas acumulando sombras.
Si pudiera pedirte de a poco, que quiebres la puerta
y salgas del subte, con los pulmones hinchados de aire.
Alejando los mosquitos que me atormentan.
Participando en la imaginación, a camisa rota.
Empujando las fichas, con latidos nuevos,
mirando sin el smoke que lo tapa todo.

Encontrándome por obra y gracia
sentada entre tanta gente sola.
Como quien tropieza con un diamante
–ya no roca–.

Si me atreviera a soltar las manos sin tenerme,
teniéndote por un día, perdiendo la defensa.
Por un día, dormida en el sorbo corto de tu garganta.
Por un día, hincada a tu hombro
a tu alma como hombro, levantando mi cabeza.

Por un salto, por un día, aliviando el costado abierto de mis sueños
por dos saltos, por veinte charlas distintas.
Sobre palomas y pulgas.
Sobre la peste del hombre enfermo.
Sobre los indios sepultados bajo nuestros árboles genealógicos.
Unidos por el fragmento inservible de un poema rengo.

Si después de jugar, de correr por toda la estación,
alcanzará ese lunar, punto negro
o no marrón, fin o color.
Si el lunar fuera un botón encendido
y siendo leña y siendo brasa
lograras dibujar con alambres dignas redes
sujetándome entre tantas ramas secas
entre tanta agua podrida
entre tanto viento girando
como brújula de norte a sur,
maniobrando avenidas, semáforos, fósforos rojos,
con tanto gas, con tanto vapor de hornalla encendida.

Si llegara el momento de manchar la palabra
el momento del beso primitivo
el momento en que el oyente escupa el tablero
con otra cara, con la frente sana y salva
sacando al silencio del rincón, al amor del rincón
y al gusano del pozo viejo
si hubiéramos sido otra tonalidad del sol
habríamos quemado la trinchera.

Si por cultivar geranios en un país cualquiera
consiguiera destrozar las cáscaras que envuelven
mi tristeza y la de este mundo que, en un fin,
en un lunar, en un color, podría enchufarle otra pierna a este poema.

 

 

 

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