Por Lucas Paulinovich | Ilustración: Kantro

 

Una vez que termine el café, es probable que Felipe salga por la puerta. Esa puerta incrustada a un marco de madera pintado de beige para dar cuenta de mármol o algún material más fino. Aunque es prácticamente imposible darle sutileza a ese bar viejo y en plena decadencia. Meterse ahí fue lo primero que se le ocurrió. Todavía estaba aturdido por el allanamiento.

Tiene que volver y contarle a Cintia que allanaron la oficina y que alcanzó a ver el operativo y a esquivarlo. Y que ahora no sabe qué va a pasar, porque estuvo llamando a Jorge y nunca lo atendió y le parecía que Jorge nunca más lo iba a atender. Sos un boludo, le va a decir. Tenías todas las de perder. Y no le faltaba razón: no había muchas posibilidades de que Jorge y el allanamiento fueran valores sin alinear. Cintia le va a decir que era sabido y que se lo dijo desde el primer momento cuando le contó la idea de la fábrica de muertos. Ese era el nombre que había elegido para promocionar el proyecto, pero ella también había destacado que le parecía una mierda y que se dejara de joder con querer hacerse el gran lobo para los negocios. Que iba a ser el pelotudo que terminaría preso, así le dijo. Él la escuchó y lo hizo igual.

Felipe no sale, se queda sentado y en los dientes siente brotar una saliva tibia y gruesa que le llena la boca y le da ganas de fumar. Pasa la lengua concentrado como masajeando esa masa blanda y traga con un gesto de placer indescifrable. Saldría a fumar un cigarrillo a la vereda, pero presiente que es una operación riesgosa. Se queda quieto como si se predispusiera mejor para recibir una idea, una energía o un empujón del viento desde la puerta vaivén.

No había que ser un genio de las inversiones para darse cuenta que la fábrica de muertos no era una promesa con mucho futuro. Anduvo bien al principio, cuando saltó el entusiasmo, ese shock de emoción consumista volcado sobre algo que se hace conocido, cuando se puede decir que algo es realmente conocido y está de moda y se vende y se compra y se contagia, durante ese corto lapso que fue como un destello de interés en los muertos, en la posibilidad inédita de encontrarle otro destino a los cadáveres. Que la muerte no sea tan negra y temible, tan cargada de luto, para eso, tener su propio muerto, su hermoso ejemplar hiperrealista embelleciendo algún rincón de la casa, posados en todo living con estilo, como educados asistentes con actitud siempre alegre y servicial en las cocinas más lujosas, o como mayordomos elegantes y firmes a un costado en los pasillos largos, o como público en eterna espera en salones, consultorios y oficinas.

Felipe no pensaba en otra cosa, concentró el capital y la atención en los muertos. Se comprometió de una forma infrecuente: para que funcione el sistema no hacía falta prestar tanta atención a la cosa, si no, más bien, cuidar su administración general, mantener ciertos equilibrios globales. Para el detalle exacto, la particularidad de cada caso, de cada rubro, de cada riesgo, tenía empleados. Para eso les pagaba, para eso había llegado a ese lugar donde estaba. Y ese lugar era un bar horrendo y una sensación de agobio y de estar atrapado.

Se para y parece que sale hacia la puerta, pero enfila para el baño. Abre la canilla y deja que el agua le caiga y se deslice de las muñecas a las manos y los dedos. Podría decir que está en un punto sin retorno y que lo que haga, lo tiene que hacer convencido, porque, como se repite a sí mismo, no tiene retorno, no hay retorno, no. Se lava la cara y sale, seguro que esta vez va a encarar la puerta y sin detenerse va a levantar el saco y va a seguir hasta ella.

Tenían más pedidos de los que podían cubrir. Jorge fue el que propuso fabricarlos, es decir, hacer de la fábrica una verdadera fábrica. Mezclando carne de cerdo, de vaca y pedazos desechados de cadáveres humanos, hacían una pasta que servía para mejorar las partes machucadas o podridas de los muertos, y permitía modelar fragmentos y reproducir el cuerpo humano. La diferencia era minúscula y contaban con el atributo de la perdurabilidad. Así los empezaron a vender: era lo mismo que tener un muerto en casa, pero sin que se pudriera ni se echara a perder enseguida. Además, podía uno elegir sus facciones, diseñarlo en su totalidad.

Jorge era más hábil y manejaba las buenas relaciones. Era él quien tendía y controlaba los vínculos, cerraba los acuerdos con los funcionarios, los jueces, los fiscales o la policía. Era Jorge el que se había vendido. O se la estaban dando a él y Felipe caía como consecuencia directa. Jorge se borró, entonces el que cae es Felipe. Es a vos al que le va a pasar algo, el primer boludo que va adentro. Y arrastra los dedos por la frente y después frota las yemas amasando una tirita con la grasa y el sudor pegoteados. Pide otro café. Pero tiene que salir del bar. Si es por la plata, le sobra para tomarse otros veinte cafés.

Jorge siempre decía que todo estaba bajo control. El tema de las réplicas, está bajo control, hablado y arreglado. No pasa nada, hay que dejar que el producto se instale. Esas eran las cosas que Jorge decía y Felipe se convencía como buen doctrinario y salía a vender y recorría negocios y casas y ofrecía y mostraba y describía las delicias del gusto y el refinamiento. Pero se notaba que eran truchos, que no eran muertos que habían estado vivos y eso obligaba a etiquetar las réplicas y venderlas a un precio más bajo. Eran excepciones las que se podían encajar como verdaderas.

Si lo habían denunciado a Jorge, Felipe también estaba denunciado. Ya se terminó el café y se dice que ahora sí va a salir por la puerta y volver a la casa y enfrentar a Cintia y decirle que allanaron la oficina y que Jorge se borró y que en cualquier momento iban a caer ahí, a la casa. Tal vez hacía tiempo en llegar, decirle a Cintia que sacara todo lo que pudieran y salir para algún lado, ir hasta Rosario a buscarlo a Jorge. Aunque Jorge no estaba en Rosario. Si en ese momento hubiera agarrado el diario, hubiera visto su nombre mencionado en una noticia sobre la falsificación y venta ilegal de cadáveres. Jorge Vega como cerebro de una banda que operaba en la región. Pensar en Jorge como su cerebro lo haría entristecer aún más, sentirse inútil y débil adentro de ese bar sin escapatoria.

Pero Felipe no tocó el diario que estaba sobre la mesa. Apoya la mano en la boca de la taza enchastrada por una máscara de café frío. Cuando salga se va a enterar de que Jorge fue detenido y que Cintia nunca lo esperó y que se fue sin dejar rastro y que la seguirían buscando durante meses. Pero no va a salir por sus propios medios. Felipe recién se despabila cuando lo agarran del brazo y escucha cómo esa voz seca y tajante le dice que se levante y que lo acompañe. A Felipe lo paran a los tirones y se lo llevan. Con el envión manotea el saco. Lo levanta y lo sostiene entre los dedos hasta que se  desliza del todo.

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