Por Estanislao Porta | Ilustración: Gastón Ferrero

Pobre, no vio las señales. Hay que estar atento a todo, decía mi viejo. Yo ahora lo sé pero igual que él, aprendí por la fuerza. Ahora guardo cada bit de información que recibo como si fuera a quedarme ciego o sordo en cualquier momento: la habitación de este psiquiátrico tiene cinco pasos por cuatro, son catorce los escalones que conducen al comedor y en el patio hay cinco fresnos alineados. Así, les podría describir por completo el edificio. En cambio, jamás podría describir lo que sentí cuando ese chico llegó al instituto. Pero sé que ahora estará atento a todos los detalles.

Son los detalles los que pueden volver un hecho común en algo hermoso. Pero también pueden hacerlo brillar hasta que se vuelve insoportable. Cosas pequeñas y cotidianas. En la historia del chico, los detalles pasados por alto podría decirse que fueron los estornudos. La chica con la que salía estornudaba varias veces cuando entraban a su pieza pero él nunca notó lo frecuentes que eran. Y eso que le decía salud cada vez. Creo que era porque le gustaba su voz al escucharla decir ‘gracias’. De haberse dado cuenta que la chica estornudaba tanto le habría preguntado algo. Y ahí, quizás, habría sabido que ella era alérgica. E inclusive habría entendido el enorme peligro que era la alfombra del cuarto. Cualquier alfombra es un nido de ácaros.  Pero era distraído. Una persona que estornuda varias veces seguidas está queriendo decir algo. En el caso de una persona alérgica, es un grito de auxilio.

No nos dejemos caer en la cómoda negligencia binaria: ella nunca dijo nada. Quizás fue porque pensó que podía manejarlo, que si hubiera habido alguna urgencia hubiera bastado con irse del lugar, pero lo único cierto es que eligió el silencio. En su interior, ella siempre creyó que el amor era como un ciervo que toma agua en un estanque y cualquier movimiento brusco podría asustarlo. Somos como dos gotitas de agua y, si alguien cierra la puerta muy fuerte podemos desintegrarnos, le dijo una tarde después de una pelea. La juventud y su hermosa estupidez.

 

Me fui enterando de a poco, pero me obsesioné y ahora conozco la historia como si la hubiera vivido. Al parecer estaban saliendo hacía apenas más de un mes. Supe que ella se llamaba Alicia y que se conocieron en navidad. Ella estaba borracha y podría decirse que él también. Se conocieron, rieron y amanecieron besándose contra el sol naciente. Él insistió con ir a algún otro lugar. Ella le dijo que no, que mejor otro día. Se encontraron algunos días después de año nuevo, esta vez con menos improvisación. Él tenía hambre de amor. Bajó la guardia y se dejó encandilar, por eso no vio las señales. Y en el amor, como en una autopista a ciento sesenta, hay que estar atento a todo. Al llegar al final del verano, algo había cambiado. Algo en ella no estaba igual. Alcanzó a verlo en el fondo de sus ojos. Insípidos. Como mandarinas secas.

Tenía que revertirlo. De repente supo que estaba jugándose todo y para ello tenía un plan: el día de los enamorados. Se descubrió a sí mismo pensando en el día de San Valentín, en esa fiesta imperialista y símbolo del falso ideal de amor hollywoodense, como si fuera el último final de la facultad. Qué pensarían sus compañeros de militancia filo anarquista. Durante varios días se la pasó estudiando lugares a dónde ir, comparando regalos, estimando precios, combinando colores, maquinando movimientos, previendo posibles eventos sorpresa y hasta pronosticando el tiempo. Había hecho de ese día un hito, como un ritual azteca, luego del cual la relación prosperaría como las cosechas y regresarían los buenos tiempos.

Digo que fue la ceguera del amor, pero el amor a veces es puro ego. Ese espíritu magnánimo de pretender hacer siempre el mejor regalo del mundo. Quizás eso pensaba cuando eligió el oso de peluche gigante, el más grande de la tienda y decidió dejarlo en su cuarto, esperando  el momento oportuno para coronar del día de los enamorados.

El día llegó y todo salió de acuerdo a lo planeado. La pasó a buscar por la facultad, cenaron, tomaron algunos tragos. Estaban felices, radiantes. Tal vez, en medio de un beso torpe, se golpearon contra la puerta del cuarto de él. A lo mejor Alicia rió y la risa resonó en la cueva de bocas y él se olvidó del oso. Tampoco prestó atención a los estornudos esa vez.

Se amaron y se durmieron. En la oscuridad del cuarto, el oso esperaba, apoyado en un rincón. Los ojos vidriosos e indiferentes, en contraste con los millones de parásitos microscópicos acumulándose entre sus pelos, reproduciéndose en las sombras.

Él no escuchó ni sintió nada raro esa noche, pero a la mañana el silencio era un largo escalofrío. Lo despertó el exceso de espacio a su lado. Se incorporó en la cama y la vio, tirada sobre la alfombra roja, tomándose la garganta, en una pose aterradora. Saltó y se acercó gritando. Su propio grito le desgarró las cuerdas vocales. Pero ella no hizo ningún gesto ni se movió más. Los cabellos largos como el espanto, caían en una cascada estática, apoyados sobre el oso en un rictus final.

Muerte por ataque alérgico, dijo el médico. Un ataque de alergia tan fuerte que no habría habido tiempo ni decadrón que la salvara. Al parecer en la mitad de la noche Alicia tuvo un ataque de alergia y quiso escapar pero tropezó y cayó sobre el oso, el golpe de gracia que terminó de cerrarle la garganta y detenerle el corazón. Una pesadilla que sucedió en un instante. Una muerte mullida y atroz.

Cuando el chico llegó al instituto supimos que algo grave le había pasado. Al enterarnos de la historia, con el resto de los internos empezamos a reprimir los estornudos. Fue un acuerdo tácito, un gesto. Sé que él no volverá a dormir tranquilo nunca más. Lo siento deambular cada noche en la habitación de al lado. Algunas noches, un sonido inhumano me despierta. Es el grito desgarrado cuando, en medio de la noche, él oye un estornudo.

Por Gastón Ferrero

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