Por Gala Amarilla | Ilustraciones: Maxi Falcone

Texto e ilustraciones publicados en nuestra sexta revista

 

Un domingo puede ser
que una sienta
que la propia casa
es el locus
del aburrimiento
y que los otros viajan
en cambio
a caballo
de frecuencias
maravillosas
que circulan
con todo su frenesí
por autopistas
que justo
no pasan
por el barrio.

Por el barrio
pasa un solo colectivo
–Tierrita le dicen–
porque se ensucia todo
(aún hoy, que casi no queda
ni una miga de suelo
sin asfalto)
y que no lo pueden limpiar
eso dicen
que no hay manera de limpiarlo.
Y Tierrita te deja en la estación
pero tarda una eternidad
porque no sale a la Avenida
hasta no haberse piloteado
de arriba abajo
y de adentro a afuera
todas las cochinas venas y venitas del arrabal
que tanto lo salpican.

Como que no quiere que te vayas
como que tiene miedo
de que te tomes el tren
y no vuelvas
y a él lo dejen todo sucio y vacío
en un galpón oscuro
donde haya otros colectivos
todos limpios
todos chetos
(de esos que van para capital)
que no sepan su nombre
y entonces
se rían de él.
Por eso tarda,
pienso yo.

Y ahora que dije venas
como diciendo callecitas
recuerdo también a esa señora
que un día lloraba porque le habían
cortado el gas
y se agarraba el brazo
y lo sacudía
como si no fuera parte de su cuerpo.
Lo levantaba a la altura de la cabeza
y lo soltaba
lo levantaba
y lo soltaba
y el brazo caía siempre
sin resistencia.
Así es como dicen los pianistas
que se toca el piano
pero la señora no tenía piano
ni gas
para cocinar
y hacía eso
con el brazo
y gritaba
que se lo corten
que se lo corten
que van a ver
que la sangre de todos
es igual.

Y no digo que Tierrita, la señora y yo
vayamos a trascender
en la historia
ni que estemos para portada
de aventura.
Digo que a lo mejor
esos que se van
se van
a buscar
lo que no tienen
y que a lo mejor
nosotros
un día de estos
a la hora de la siesta
digamos algo
que no importe
pero que sea
cierto tipo de belleza
no sé:
algo livianísimo
pero inquebrantable
algo
como esas trincheras
que levanta el sol
en la espalda
de mi vieja
cada vez
que cuelga la ropa.

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