Por Mercedes Blanco

Arthur Simonky es un estudioso del punk, una eminencia intelectual que introdujo una nueva forma de estudiar la cultura contemporánea. No son sus canciones, su actitud, su perfil lo que importa, sino sus libros y conferencias. Las discusiones sobre su figura, su vida privada y su trayectoria intelectual lo convierten en una figura de relevancia mundial, una celebridad algo intratable de la academia. Escrita a comienzos de 2013, La caspa del punk –la novela de Manuel Díaz que inaugura la colección contemporánea de la editorial Abend–, con tono de documental, invoca a una serie de docentes e investigadores que, en el ámbito de congresos y cátedras universitarias, recrean y debaten sobre este personaje que supuso un quiebre en las interpretaciones de uno de los fenómenos más desconcertantes de la historia reciente.

El personaje Simonky, hastiado y decepcionado con el fenómeno que contribuyó a gestar desde la teoría, se vuelve un símbolo punk para los otros estudiosos, tan hastiados y decepcionados con el aburrimiento académico, las charlas e interminables discusiones sobre los estudios culturales. Hay un tenor de burla y comedia negra, una delicada exhibición de las hipocresías y desesperaciones del claustro. Lo punk, en este caso, más que un objeto en relación del cual se circunscriben los hechos, es una modalidad, un tipo de sentido, que los personajes manipulan para darle forma a los hechos. Se reúnen conversaciones, fragmentos de libros, desarrollos teóricos, testimonios, anécdotas: la búsqueda del punk en el ideario desbarrancado de un académico en permanente desgracia.

La novela de Díaz tiene el aire de una traducción, desarrollada dentro de una temporalidad hollywoodense, casi una biopic en formato libro. Ambientada en universidades de los Estados Unidos e Inglaterra, produce una sensación de deslocalización, cierta extrañeza al ser leída desde Rosario. Pero el punk es un suceso global, una matriz cultural que se extendió musicalmente por todo el planeta y cobró, según los casos, dimensiones autóctonas, rasgos propios en sus manifestaciones. En La caspa del punk no hay acontecimientos locales. No están los punks criollos, los deambuladores de antros y sótanos, los arrojadores de botellas, las crestas erguidas de las calles rosarinas, ni siquiera las tropas desgarbadas de las capitales o los solitarios deambuladores de los pueblos, los herederos argentos de los Pistols, las apatías ochentosas y la bronca ante el despilfarro noventista. Se trata, más bien, de un estudio sobre los estudios de origen.

La centralidad es Simonky, no el punk. O mejor: Simonky en tanto punto vital capaz de hacer visible lo punk. Un engarce entre las dilataciones de la teoría, esa factura propia de la academia intentando elaborar materias aprehensibles de la realidad, y el bullicio desperdigado del fenómeno del punk, los nombres de bandas que sintetizan épocas, momentos, tendencias. La biografía de Simonky es la del devenir de la música, fuerza expresiva, voz contracultural, en hecho de cultura, conjunto de impresiones organizadas por ciertos saberes.

 

Fuente: facebook.com/edicionesabend/

Con una prosa prolija y elegante, y un ritmo atrapante y cinematográfico, Díaz deshilvana un relato entramado por anécdotas, comentarios, fragmentos de exposiciones teóricas, breves reflexiones, testimonios de amigos, colegas y enemigos de Simonky que construyen, a la vez, la escena convulsa y desfigurada del punk, de lo que quedó después del punk. El título de uno de los libros de Simonky es elocuente: Teléfono descompuesto: la evolución del punk como un malentendido y una degeneración permanente en la cultura mundial.

Pero Simonky, a pesar del respeto y el reconocimiento mundial, no termina de asimilar ese saber, es como si pretendiera ser más punk que lo que sus lecturas permiten comprender como punk. «¿Qué pasa si ponés un camaleón atrás de muchos camaleones? ¿Cómo se mimetizan?». En esa pregunta, esa superposición camaleónica, permite una imagen del entrelazamiento de poses, versiones, conjeturas, creencias y verdades atornilladas, del mundillo académico, esa elite que piensa fanáticamente la contracultura, en la que Simonky cobra una dimensión totémica.

Entre las revistas, los encuentros universitarios, los libros y las ponencias, se va conformando un cuadro de la vida de los que estudian, esa complicada relación que se establece con eso que estudian. El fenómeno disruptivo y los encargados de darle calibre académico, rigor, crédito como objeto del saber: algo así como la muerte del punk y la suerte de sus propios sepultureros. Tal vez es eso mismo lo que apabulla a Simonky, ese punk que no fue, que escribió sobre el punk por no serlo. La imagen final retumba como una síntesis, un vuelco esperable pero inevitable.

Con citas de Simone de Beauvoir o Deleuze, el libro explora en los resquicios del pensamiento que se abrieron con las intervenciones de Simonky. El filósofo francés lo incorpora en uno de sus trabajos junto con Huysmans y Burroughs, hace una arqueología de la decadencia. Habla, ahí, del devenir-punk, de la Gramática Universal que trae consigo y la transición entre la figura del padre y la figura del hermano, «cuando en lugar de matar al padre, al jefe de la horda primitiva, prefieren matar o, al menos, incomodar al hermano, es decir, al par, lo cual es una de las características del punk». Simonky, su nombre, los contornos de su figura, es quien permite pensarlo. La novela es una atractiva sátira de las influencias. En definitiva, escribir la historia. Sin Simonky, no hay punk.

 

Manuel Díaz: La caspa del punk. Ediciones Abend, Rosario: 2017.

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