Por Federico Aicardi | Ilustra: Leo Petrovelli

Apenas la vi bajar lo supe pero era demasiado tarde. Siempre me doy cuenta tarde.

―¿Hace mucho que estás esperando? ―preguntó.

―No, un ratito nomás.

Mentía. Hacía rato que la estaba esperando en la esquina. Había sumado los números de los colectivos, contado las estrellas que se podían ver y hasta me había imaginado cómo iba a reaccionar cuando me diera cuenta de que me había dejado plantado. Mentí porque era necesario, porque nadie se enamora de la verdad.

―¿Dónde querés ir? ―pregunté.

―Caminemos y veamos.

Caminamos y vimos. Una farmacia, un minimarket y uno de esos tipos que duermen en la calle. Un semáforo, un auto azul y un teatro que hasta hacía unos años era un cine. Un kiosco, una heladería y, de la mano de su actual novio, a mi ex.

―Hola ¿Cómo va? ―dije a la pasada.

Creo que mi ex dijo lo mismo, no recuerdo.

―¿Quién es? ―preguntó ella.

―Mi ex.

―¿En serio? ―preguntó y yo asentí con la cabeza ―¡Que raro! Parece como que ni se conocen.

―No terminó del todo bien.

Caminamos en silencio un rato. Estaba incómodo así que dije algo como para salir del paso: facultad, deportes, planes, no lo recuerdo bien. Sentía que me moría por dentro y que ella era mi verdugo. Entre palabra y palabra la miré. Sonreía, entonces me relajé un poco. A veces el tiempo pasa muy lento, demsiado para alguien tan ansioso.

Entramos a un bar con pool, uno que ya no existe y que jamás debería haber existido. Las mesas estaban dispuestas contra las paredes y el centro del bar estaba poblado por las mesas de pool. La música se confundía con el ruido de las bolas golpeando entre sí o entrando en algún hoyo. El  mozo, un tipo alto y con cara de que esa no era su vocación se acercó a la mesa.

―¿Qué van a tomar?

―¿Cerveza? ―le consulté.

―Sí, dale ―contestó ella.

―Una Heineken.

El mozo fue hasta la barra, trajo una verde y dos vasos. Le serví a ella primero y me serví yo. Me terminé el primer vaso y vi que ella ni siquiera había llegado a la mitad del suyo. Tenía que controlarme. En una primera cita hay que hacerlo aunque ya sabía cómo iba a terminar ésta.

Todo siempre termina de la misma forma, de la única forma que me deja vivir tranquilo.

―Me separé hace unos años – dije.

―¿Qué?

―Que me seapré hace unos años

―¡Ah!

―No llegué al año.

―Poco.

Ahí apareció. Lo que esperaba. El gesto o la palabra necesaria para que todo tome la forma adecuada. Para que ella pase a ser la nada misma. Otro fracaso amoroso y van… Esta chica que, básicamente, me había encarado tildaba de poco el tiempo que había durado mi único paso por el amor. La miré a la cara y le sonreí. Ella me devolvió la misma sonrisa.

―Sí, poco ―respondí.

Me serví otro vaso de cerveza, esta vez, hasta arriba de todo. Me tomé la mitad de un golpe. Me prendí un cigarrillo y, convencido de cómo todo iba a terminar, empecé a hablarle de cualquier cosa. Viajes, estudios, planes que nunca concreté. Ella me contó algunos suyos:

―Quiero cruzar el río nadando ―me dijo.

―Mirá qué bueno ―dije.

Mentí de nuevo, me parecía una boludez. Poco. Cruzar el río. Me la imaginé atrapada por un remolino, desaparecida unos días y hallada al poco tiempo en la Florida. Poco duró tu vida, poco tu desaparición. Seguimos con esa charla. El río y sus sueños. Pedí otra cerveza. Ella se había terminado su vaso y yo mis tres que iban a ser seis.

Jugamos al pool. Jugué los mejores partidos de mi vida. No erré una. Bola que apuntaba, bola que metía. No le perdoné una falta. Tiraba para todos los costados, con banda, hasta hice saltar la blanca por encima de otra.

Pedí la tercera cerveza sin preguntarle. Los seis vasos iban a ser nueve. Brindamos.

―Control ―dije y ella no me entendió.

No hacía falta. Todo iba a terminar muy pronto de la misma forma que terminan todas las cosas. Una historia más que contar.

Le ofrecí un cigarrillo aún sabiendo que no fumaba. Me prendí otro.

―Me voy de viaje a Pitsburg. Sí, mi vieja tiene una amiga y estoy averiguando para conocer. La joda es que, cuando termine la carrera quiero hacer un doctorado allá de teatro y comunicación o algo parecido.

Se quedó muda. Poco mis huevos, pensé. Terminamos la cerveza y pedí la cuenta. Ella amagó con darme plata pero no la acepté.

Salimos del bar y, casi como aceptando la derrota compartida, nos fuimos directo a la parada de su colectivo. Llegamos, nos sentamos en un cordón y esperamos. Los colectivos se esconden cuando unos los necesita, es una ley. Yo miraba para el lado por donde tenía que venir el colectivo con evidente impaciencia por la demora. Esperé un instante, me di vuelta y  le dije:

―Nueve meses no es poco.

―¿Qué? ―preguntó.

―Nada, poco es como mucho algunas veces.

―¿Seguís con eso?

Eso. Poco. Las palabras que dijo me rompieron el pecho. No sabía si besarla o ahorcarla. No hice nada. Ella se levantó.

―Ahí viene el cole ―dijo.

―No te voy a llamar.

―Menos mal.

Nos saludamos por compromiso. Se subió al colectivo y se fue. Volví al bar y me senté en el mismo lugar. El mozo volvió a preguntarme que quería y me pedí otra cerveza. La abrió.

―¿Fracaso? ―preguntó.

―Un poco.

Se fue y volvió con un cenicero. Cuatro vasos más todos para mí. Me serví el primero, me lo tomé y me quedé mirando a una pareja que jugaba al pool. Ella le enseñaba a él cómo apuntar. Me prendí un cigarrillo. Me serví el segundo vaso y me lo terminé mirando como él erraba una tras otra mientras ella se reía de su torpeza. Otro cigarrillo, por inercia. Ella se fue y lo dejó esperando en la mesa de pool.

―Vamos por la revancha ―le dijo antes de entrar al baño.

Él se quedó mirando la puerta un rato. Después agarró la bola blanca, la apoyó en la mesa e hizo un tiro que rebotó en las tres bandas antes de meterse en un hoyo. Me sonreí y me terminé el tercer vaso.

―Mozo, ¿puede ser papel y una birome?

Me los alcanzó. Agarré el papel y lo doblé a la mitad. Lo abrí, lo volví a doblar, después las esquinas superiores hasta que me quedó el triángulo. Doblé las puntas, armé el rombo y volví a unir las puntas. Los dos últimos pasos y listo: ya tenía mi barquito de papel. Agarré la birome, le dibujé unas ventanas redondas y, adentro de la cabina, al capitán. Serví el último vaso de cerveza,  puse el barquito a navegar. Flotaba en un mar dorado. Con el cigarrillo le quemé la punta al barco y, lentamente, se fue hundiendo. Levanté la vista, el chico volvía a errar todo lo que tiraba. Agarré el vaso y me lo terminé de golpe. Barco, ceniza y capitán  En la mesa escribí:

Todo es poco

Por Leo Petrovelli

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