Texto e imagen por Federico Fontana 

Una mañana de sábado mi papá me levantó temprano, tocándome el hombro, suave. Yo estaba tan dormido que ese movimiento se metió dentro de mi sueño: Alguien me hamacaba en un parque que estaba frente al río y cuando la hamaca subía yo podía ver la copa de unos árboles allá enfrente, como si fuera una isla. Y en esa isla se veía un cuerpo que caminaba sobre la orilla. Un cuerpo desnudo que alzaba el brazo derecho, como si me estuviera llamando. Cuando por fin me desperté la cara de mi papá estaba triste. Se le notaba que había llorado. Me sostuvo la mirada, como intentando que fuera suficiente para no hablar demasiado. Algo está mal, pensé. Algo debe ser dicho. Antes de sentarse en mi cama levantó la persiana y asomó la cabeza por entre las rejas. Miró el cielo y me acarició la cabeza. Durante un momento nos quedamos en silencio. Parecía que cada palabra escogida por mi padre era desechada al instante, porque él alzaba el cuello y luego declinaba, renunciando. Ningún impulso era suficiente. Me distrajo el ruido de un pájaro y entonces mi padre habló: el Negro se fue, hijo. Yo apoyé las dos manos en el colchón e intenté levantarme pero no pude. Era como si mis brazos no fueran míos. Estaban dormidos o estaban soñando. Ahora que lo pienso, quizá se quedaron en el sueño, mis brazos, agarrados a la cadena de la hamaca.

Al Negro lo conocí cuando tenía 12 años. El Edu, que vivía en el barrio, ya era amigo de él y siempre me contaba las cosas que hacían en su casa. Se quedaban en la vereda hasta que se hacía de noche escuchando música y miraban la gente pasar. Siempre había cigarrillos y mate y guitarras. La casa del Negro estaba en una esquina, a dos cuadras de la mía. El Edu me dijo una vez que ya me conocía, pero yo no le creí porque nunca nos habíamos cruzado. Él puede saber quién sos sin hablarte, aclaró, apoyando ambas manos sobre su cabeza y entrecruzando los dedos. El negro conoce todos los movimientos del barrio, siguió diciendo, y vos estás incluido en sus planes. Yo me imaginaba llegando a su casa, mientras todos tomaban mate en la vereda y me quedaba ahí, como uno más, sin tener que presentarme ni decir quién era.

Un día estaba haciendo mandados cerca de casa y antes de cruzar la calle lo vi al Negro sentado afuera de la panadería, en un pequeño escalón que tenía la entrada. Seguí caminando como si nada, pero la verdad es que no sabía cómo actuar. El Negro era una persona importante en  la ciudad. Había mucha gente que pasaba todos los días por su casa: motoqueros, músicos de rock, tatuadores, y eran todos más grandes que yo, cosa que me fascinaba. Alargué mis pasos todo lo que pude, al tiempo que me debatía sobre cómo actuar. Instintivamente miré al suelo. Todo alrededor se mostró difuso. Antes de subir la escalerita de la panadería le lancé una mirada fugaz. Él la sostuvo esos segundos que tardé en entrar y al final asintió con la cabeza, como si extrañamente me estuviera invitando a que pasara algún día por su casa. Con ese solo gesto alcanzó. “Ya estás preparado”, pareció decirme. Esa misma tarde le dije al Edu: avisame cuando vayas del Negro que te acompaño.

Desde la otra cuadra podía verse el tumulto. Había varias motos en la vereda y algunas bicicletas apoyadas en los árboles, y a medida que nos acercábamos se empezaba a escuchar la música. Estaba sonando el último disco de La Renga, Despedazado por mil partes. A mí me temblaban las piernas y en el estómago tenía el agujero más grande del universo. Cuando llegamos, algunos se quedaron mirándome pero al toque volvieron la atención hacia el Negro, que con los brazos alzados al cielo, señalaba un chorro blanco que había dejado un avión. Esto viene pasando en el cielo de Villa en estas últimas semanas, decía. Y lo más loco es que casi nadie mira el cielo, todos parecen sumergidos en su existencia. Las únicas personas que miran el cielo y se dan cuenta de esto son los nenitos que salen del jardín. ¡¿Qué mierda pasa, qué mierda están fumigando estos aviones?! ¿Nadie va a decir nada?

Algunos se quedaron mirando el cielo pero yo no podía sacarle la vista a los ojos del Negro, que chispeaban como un refucilo. En eso el Negro bajó la cabeza y se quedó mirándome. No sé de dónde saqué fuerzas pero me quede ahí, tieso, firme, tratando de tirarle rayos con mis ojos. Por qué, después de que tiran estos vapores, el sol se tapa, me preguntó. Porque el vapor es más denso que el oxígeno, le contesté, sin saber bien qué decía. Y eso hace que la luz no lo pueda atravesar. Por eso se tapa el sol, dije. Todos se quedaron mirándome y el Negro abrió los ojos enormes, como si estuviera espantado pero al mismo sintiera una maravilla. Respiró hondo, sosteniendo la inhalación unos segundos. Cuando exhaló volvió a mirar al cielo. Apoyó las manos en la cintura y asintió. Tiene razón el Chueco, dijo, estos hijos de puta nos van a tapar el sol. El hecho de que el Negro me haya nombrado fue uno de los acontecimientos más importantes de mi adolescencia, porque acto seguido los que estaban sentados en el  suelo me hicieron un lugar y yo me aposenté ahí, sin tener que decir nada, como si fuera uno más.

Al rato el Negro desapareció. Desde donde estaba sentado se veía un largo pasillo y una construcción al fondo. Es una casa que adentro tiene otra casa, me susurró el Edu al oído, al tiempo que me palpaba el hombro (sentía la necesidad de explicarme todo). Alguien tocaba una armónica sobre una canción de La renga: “Estaba el diablo mal parado en la esquina de mi barrio, ahí donde sopla el viento y se cruzan los atajos”. En eso lo observé volver al Negro. Desde allá atrás se le veía la sonrisa blanca, inmensa y radiante, y el pelo largo que le rebotaba en los hombros. Tenía puesto unos lentes grandes que le cubrían casi toda la cara. Cuando llegó se quedó parado en medio de todos. Metió la mano en el bolsillo y abrió la palma delante de nosotros. Miren lo que conseguí, dijo. Alcanza para 5 cigarrillos sueltos. Una moneda de un peso brillaba como un diamante en bruto. El que va al kiosco se fuma uno entero, dijo. Otro es para mí y otro para el chueco y los otros dos los reparten. Mi cara se encendió como un volcán. El Edu me miró y arqueó las cejas, al tiempo que asentía con la cabeza y en su boca se dibujaba una mueca intraducible.

A las pocas semanas el Negro me paso a buscar por mi casa, en la bicicleta. Era de tarde. Había una extraña conexión entre los dos, porque en poco tiempo ya era como si nos conociéramos desde siempre. Él tomó la iniciativa y me dijo que lo siguiera. Agarramos por calle Dorrego hasta el Chapuy y enfilamos hacia la ruta, por la banquina, que era de tierra. Me sacaba una ventaja de diez metros y de vez en cuando se soltaba del manubrio y abría los brazos en cruz y los agitaba. Se daba vuelta para ver si lo seguía y cuando me  estaba acercando él agitó los brazos otra vez, como si quisiera volar, y de repente lo tenía de nuevo a diez metros. Me quedé sorprendido por lo que había hecho y le grite que me esperara, que fuéramos juntos. Cómo hiciste eso, le pregunté. Qué cosa, me contestó. Eso de los brazos. Es que soy un águila, me dijo, y lo volvió a hacer, pero esta vez yo estaba tan cerca que pude notar cómo sus brazos se agitaron, levemente al principio, alzándose por encima de los hombros, y los dedos de las manos se le pegaron como si fuera un pingüino. Luego arqueó los brazos y después los bajó con tanta fuerza que ese impulso lo alejó de nuevo.

Cuando llegamos al cementerio dejamos las bicis apoyadas debajo de un árbol. Inmediatamente le volví a preguntar por eso del águila. Él se rió. Sí, volvió de a decirme, soy un águila a la que le quemaba tanto el corazón que decidió bajar a la tierra. Tuve que afrontar un riesgo que puede ser mortal, me dijo. Qué riesgo, le pregunté. El de convertirme en un ser humano. Creo que mi mirada lo desconcertó tanto que decidió continuar. Ahora soy un hombre, pero antes fui un águila, y puedo volver a serlo, me dijo. Decidí mezclarme con los humanos para tratar de entender lo difícil y contradictorio que resulta su existencia. Y al tiempo empecé a sentir emociones; vi y sentí la oscuridad que rodea al reino de los hombres, por eso dejé que te acercaras, porque sé lo que te pasa. No entiendo lo que decís, le contesté. Qué cosa es lo que me pasa. Lo que te pasa a vos es el fuego, me dijo, yo puedo sentirlo desde acá. A veces sentís que ese fuego se te sale de control, que no lo podes mantener estable, que tus emociones te traicionan. Te sentís enjaulado por las injusticias del mundo y vas a caer abatido, una y otra vez. Pero tu voluntad y tus recuerdos de libertad te van a mantener en pie, creeme. A mí me daban ganas de llorar, pero no sabía por qué, entonces el Negro se acercó y me abrazó. Siento tu fuego, me dijo al oído. Cuando ese agujero que llevas adentro se abra y libere todos tus fantasmas, siguió diciendo, tus miedos más terribles van a caerte encima como una avalancha. Cuando eso suceda acordate de la canción que dice “ahí donde dobla el viento y se cruzan los atajos”. Me separó con ambas manos y me sostuvo la mirada. Acordate de la esquina de mi casa, dijo.

En eso sentí que alguien se acercaba. Me di vuelta y un tipo con muletas venía caminando desde la entrada del cementerio. Es el cuidador, dijo él, no te asustes. Nos va a contar algo y después nos vamos a tener que ir. No trates de pensar en lo que dice. Yo lo miré y asentí, sin entender nada de lo que estaba pasando. El tipo se acercó y cuando estaba a punto de abrir la boca le sonó un teléfono. Lo sacó de su campera y atendió. No hablaba pero se escuchaba que le decían algo. Cuando colgó nos examinó a ambos y luego le clavó la mirada al Negro. El cojo abrió la boca y dijo: El olor a podrido que hay adentro atrae a las iguanas, que se comen los cadáveres en descomposición. Esto es peor que el ejército. No dejen nada porque les van a robar todo. Cuando terminó de hablar, el Negro lo saludó y me hizo una seña para irnos.

Aquel sábado, cuando llegábamos con mi papá al velorio del Negro, me acuerdo de haber visto mucha gente afuera, parada de frente al sol. Era un día de invierno. Me daba miedo entrar, pero quería mirarlo. Había algo tan raro dentro de mí. No habría despedida posible para mi amigo, sólo una intención de verlo dormido, con el rostro perdiendo su color e imaginar un abrazo que contenga todos los abrazos.

Una semana después de que el Negro había partido me sucedió por primera vez. Estaba mirando televisión en el living de mi casa. Por la puerta del patio escuché un ruido, como de aleteo. Como si hubiera entrado un pájaro extraviado y necesitara un lugar donde descansar. Me levanté y lo fui a buscar. Daba vueltas alrededor del ventilador de techo. No era un pájaro sino una mariposa extrañamente grande y negra, muy negra. Tenía el tamaño de un plato de sopa y me daba miedo que se chocara contra mi cara. La mariposa daba vueltas y no paraba. Dibujaba un círculo a dos metros desde el piso. Dejó de aletear y planeó algunos segundos. Después se fue a posar sobre el respaldo de una silla y allí acompasó su movimiento levemente.

Ahí fue cuando lo sentí. Fue claro, directo. Supe que mi amigo me había elegido. Que había decidido acompañarme. Él quería saber cómo iba a seguir mi vida y ahora daba vueltas enfrente de mí, en forma de mariposa. La dejé volar y volví al living. A los tres días apareció  de nuevo, esta vez en mi habitación. Con la luz del velador la pude observar mejor. Era hermosa, con dibujos de aureolas amarillas en sus alas negras. Desde aquella noche que apareció en mi habitación no se alejó jamás. A veces no la encontraba y pensaba que a lo mejor se había escapado por la ventana. Que ahora mi amigo era libre de verdad. Pero al tiempo volvía a aparecer. No sé dónde se escondía, pero siempre aparecía de la misma manera, a la misma hora del día. De nochecita, sobrevolando por encima de mi cama.

 

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