Por Herminda Azcuénaga de Puchet | Especial para El Corán y el Termotanque

Las aguas del mar dejan un recién nacido envuelto en algas en las orillas del Abra. Gonzalo Arciniegas lo encuentra. Lo bautiza con cenizas de las fogatas de la celebración de San Juan. Jimena de Alba llega hasta la playa. La mueve un ajuste de cuentas, la memoria de su hermana. El hallazgo del niño bastardo inicia una historia de desolación, sometimientos, pesares y condenas. La tierra firme todo se devora. Con una prosa melódica e imágenes de intensa profusión poética, Matías Aimino construye el relato del tormento de una estirpe, una extensa pregunta sobre las superficies –y también los instrumentos- sobre los que se escribe la historia. No es quién, ni cuándo, ni siquiera para qué. Antes: con cuáles voces. Queda claro que la lengua hace un mundo.

Juanfuegos Uztáriz, el bastardo, es desterrado, enviado a las Indias Occidentales. Entre las grietas de la historia se van tejiendo los mitos y leyendas que se ponen en la voz de los protagonistas. O, más bien, en la letra de esos personajes que no terminan de protagonizar la historia, no pueden decir demasiado sobre ella: son un elemento arrastrado por una fuerza que los desborda, todo un mundo naciente que los tiene a veces como espectadores, a veces como cómplices inconsultos, otras como víctimas impotentes. Los buques navegan por el Paraná, van de un lado al otro, recorren esas costas turbulentas, llenas de nativos salvajes, amenazas, muertes, ciénagas desconocidas.  Son incapaces hasta de decir: la novela de Aimino es, ante todo, una exhalación sobre lo que resulta imposible de decir.

El hijo de Juanfuegos, Hernando de Sienra, escribano enviado para redactar documentos y epístolas, conoció la fiereza y la piedad del indio en largos días entre palmeras y catástrofes, sufre su condición de poeta negado. Escribe su travesía en la alcoba de una casa ilustre de Santa Fe de la Vera Cruz. Pero no habla, él tampoco puede hablar. Escribe su historia de naturales amotinados, asesinatos, naufragios y deambular extraviado en el monte, sobre el cuerpo de la criada india que le asignan. La cubre con sus palabras, con su historia. Y la envuelve con cera, para conservar su historia. «Escribe que no dice de sí: – Soy Hernando de la Sienra, escribano de la gobernación y también poeta».

Hernando, como su padre, como todos, termina en un calabozo. A la india, que observó a Hernando, que lo dejó hacer, que le temió y lo obedeció, la quieren despellejar, arrancarle la piel escrita. El ilustre Alonso de León intercede y la salva: la destina en encomiendo a una de sus estancias. La escritura castellana en el cuerpo de la mujer india subsiste un tiempo más, pero no tardará en borrarse por los sudores y el contacto de las ropas. Es que la ponen a trabajar en la tahona, removiendo granos para que no se empaste la muela y limpiando las talladuras una vez que termina la jornada, trabajos «fatalmente aburridos, embrutecedores».

Foto: Revista Milénica

El poema se borra, pero su vientre se hincha. Hernando le hizo un hijo. Le crecen los pechos y las caderas. Sabe que nacerá el niño. La india desea que no sea como los españoles. Que se parezca a ella. Que hable otra lengua. Por eso le pone Kebayaikin. El niño se cría trabajando con su madre en la tahona. Aprende el oficio y remueve granos y limpia las talladuras. Repite el trabajo aburrido y embrutecedor hasta que estalla. A nadie le dice, la india, que su hijo tiene sangre de invasores. Tiene los ojos negros como ella y el pelo también negro y la piel aceitunada. Pero para los que hablan el otro idioma, se llama José Manuel. Así lo mencionan cuando Kebayaikin reacciona: descuidó sus tareas y dejó que los ejes se estropearan. Lo azotaron. El castigo incrementó su furia y Kebayaikin se rebela: suelta las mulas de la tahonera, prende fuego, roba un potro, destruye cosechas y se mete en la iglesia para destrozar el retablo de madera tallada.

Aimino va elaborando un paisaje sonoro con cartas y confesiones, pequeños diálogos entre sacerdotes, autoridades coloniales, misioneros de la Compañía al sur de las Indias, en las inmediaciones del Paraná. José Manuel será objeto del castigo, porque «parece que no todos los indios son mansitos», pero la «tarea es amansarlos».

Lo harán el mártir de todos los mártires, cargará las penas acumuladas por sus antepasados. Hijo del hijo del bastardismo, el siglo XVI avanza sobre los cuerpos sin autoridad, sin prestigio, sin ánimas. «¿Y qué queda de todo esto?» –se pregunta la voz que narra, el canto de la historia- «¿Una espada herrumbrosa, un escapulario, una cruz de oro, una medalla? ¿Todas esas cosas insignificantes, eso queda? ¿O acaso queda la sola escritura de un hombre sobre unos rústicos papeles, o acaso queda el lamento total de una raza?».

La tierra firme, de Matías Aimino. Baltasara Editoria, 2017.

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