Por Luciana Bertolaccini y Cecilia Villani | Especial para El Corán y el Termotanque

La versatilidad del agua o el cambio de sus cursos pueden dar lugar a distintos soportes en los que se desarrollen escenarios de vida. Estrategias pensadas, más o menos ensayadas, que buscan darle alguna forma a –o contener– lo impredecible, incluso cuando ello implique un desmoronamiento. El agua, muchas veces, tiene la forma de la muerte. Pero, a contrapelo de lo que nos adelanta Patas de rana, las estrategias acuáticas, antes que posibles escudos contra una muerte que pareciera poderlo todo, se imponen como fugas ante el fracaso de la vida.

El libro, cuyo título no iba a ser tal, aparece en 2010 como la primera novela de la abogada y escritora Amanda Poliéster, seudónimo de María Laura Martínez. Un mundo acuático que nos muestra el transcurrir en la vida de un grupo de tres amigas y un amigo. Toda acción la vemos tamizada a través de los pensamientos de solo tres de esos personajes. Un compendio de monólogos interiores que nos permiten ver cualquier escena desde tres puntos de vistas diferentes. Complementarios.

El agua también es la gran protagonista de este relato. Un club, un instructor de buceo, clases de natación, la pileta. Los pliegues de la historia sobrevienen en un desdoblamiento que conjuga la vida en un abajo, como materia de lo ficticio, lugar del verdadero uno, el fondo de una pileta desde donde se ven las tes negras, equidistantes: «Un mundo más azul y en cámara lenta, sólo piernas, nalgas, partes de torsos ralentizando los movimientos.», y un arriba, a modo de superficie, aquello que se ve, la ficción misma que asume su densidad por medio de una realidad falseada. Dos mundos que se oponen, en donde las armas parecen estar bien identificadas: «esta es una guerra que sucede en tierra firme». O mejor dicho, una arquitectura de la farsa. Los personajes parecen habitar entre ambos suelos en un intento anfibio por permanecer mojados hasta que se evapore la última gota de agua y transformarse en « esta cosa seca que se va».

Foto: Editorial Municipal de Rosario

Una predicción adrenalínica se planta al principio: «según sus pronósticos, en tres años el globo sería una gran pileta. Las mujeres parirían en el agua, en el lugar de agentes de tránsito habría buscadores de perlas». Por momentos, arrasa y se manifiesta en su lado más implacable. Pero el agua que logra colarse por cada recodo de la historia parece estar estancada. Existencias que sobrellevan la monotonía de lo previsible. Caminatas en donde se sabe quién será el vecino que se cruzará, un rival al que podemos anticipar la jugada y amantes practicantes de sexo cuyos patrones de movimiento se repiten con una mutación casi imperceptible. Pequeñas hazañas de la vida cotidiana que nada dicen ni nada dejan.

La parálisis por momentos puede cobrar otra densidad: los propios universos que nos construimos para escaparle a la deriva de una nave siempre desviada y cuyo destino es imposible de revelar de antemano. Somos nuestra propia tragedia. Una dramaturgia al servicio de quien la cree, universos mínimos que sólo interesan a quien los protagoniza. Y todo vale: pestañas postizas, maquillaje, dibujos animados, batalla naval «(…)pequeños antídotos contra el vacío».

Alguien escribió alguna vez que «la vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». En horas en las cuales todo parece tambalearse hacia la nada, en que las máscaras están disponibles al mejor postor y donde parece inexorable el nacimiento y resurgimiento de los peores de los mundos, cabe, entonces, la pregunta por cuáles son esos otros mundos necesarios, esos que podemos y debemos reinventar. En suma, cuáles son aquellos en los que deseamos vivir.

 

Patas de rana, de Amanda Poliéster. EMR, 2010.

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