Por Agustín Peanovich | Ilustración: Leo Petrovelli 

La habitación permanece dormida,
tiene el humus de una medusa,
ablandándose entre las piernas.
Increpa una puntada de arteria,
la imagen tiene rápidos fogonazos negros,
el pestañeo de los ojos secos.

Se empieza a desparramar un hormigueo por el cuerpo,
blanco puro, un aleteo,
unos ladridos se escuchan lejos,
un whisky en ayuna, matinal anestesia.

Los placeres de la vida flotan cerca de la muerte,
ahí sienten,
el límite de esa cercanía que extasía al ánimo,
y vacila el cuore en el cuerpo inmutable,
pensamiento y hacer logran céleres paridades.

La precisión engulle al tiempo que pasa rápido,
vuela tal que parece inexistente.

El espejo no copia lo que ven los ojos,
la pierna es de la pierna,
la mano es de la mano que apenas se mueve
para escribir y no dejarlo solo.

Se escucha algo que retumba,
de a ratos,
si entrase alguien,
no reconocería la figura que transcurre.
Se escuchan ruidos que provienen del fondo de ciudad,
otros ruidos se imaginan solos, paralelos.

El cuarto quieto,
se siente el chiflete de la ventana que,
reverbera las puertas de la casa,
se prende la luz, la visión se marea,
pasan días en la misma pieza.

Las extremidades sigilosas, el clima frío,
los árboles, las nubes,
los barrancos de aquel río,
la playa, la arena de la playa,
el rio corre, el mar viene y vuelve,
personalidades,
la heladera blanca de la casa vieja.

            ***

Y lo es esta insolencia de pecado,
pegada a la baba de la comisura
que muy disimulada prendida,
hasta el día en que la agua culpa se lleve la carroña.

Telas inconscientes salen del reposo,
a las cortinas de la pieza trajinadas por el pucho,
puchos desde la ventana se escucha,
el quejidito de una nínfula
sacándose una uña encarnada,
mientras tiembla cómo será su vez primera.

Corpúsculos cálidos templan la materia,
obediente sospecha la división manipula,
un secreto sacerdocio de sotanas acabadas.

Carretel de la noche dinástica,
el héroe, el lado falso en la moneda que gira,
el lado tiránico se congrega por el Mal equilibrado,
un perro burgués ataca a un pordiosero
que se indigna del racismo enseñado por el dueño.

La habitación se mueve, se corre de lugar,
gira, giran los contornos de las líneas,
la obscuridad chupa, desgrana,
un vórtice hacia el sueño,
sucesión de imágenes vivas, vienen,
duerme, por fin duerme.

Ilustración: Leo Petrovelli

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