Por Bruno Feliciani | Ilustración: Celeste Ciafarone

Los veo besándose. Me distraigo en la imaginación forzada y predispuesta de pensar cómo serán sus caras cuando cogen o qué cantidad de pelo lleva cada uno y en qué partes que la ropa no me deja ver, cuáles serán sus manías y los protocolos de placer que favorecen, tendidos en la cama o arrojados en el piso, intentando, me gusta creerlo, intentando demostrarse un amor que el día a día no permite ni prefiere que se exprese. Intento, detalladamente, conceptuar su pija inflándose acurrucada en sus slips o en sus boxers acaso; intento, la saliva de su labia oscureciendo la tela del culotte o de la tanga; intento, esperanzado, ver el cuerpo animal, ciertamente sofocado por la civilidad de rutas y horarios, tirando dentelladas contra los barrotes, cabeceándolos con asco en una fatiga que todavía no sea derrota. Los robo de ese doble asiento de colectivo que les irrita las nalgas y juego. Les doy nombres disímiles y anacrónicos. Les invento pasados a veces ruines, a veces románticos. Los visto y desvisto y los vuelvo a vestir en distintos escenarios que los lleven a este colectivo y de aquí a la cama, a alguna cama y a un grito sofocado con la carne de uno o de los dos.

Sus miradas bizcas. Sus brazos y sus espaldas, angostas, sudando, resurgiendo cada vértebra en la contorsión precisa para llegar en el intento a la caricia más noble y la muerte más linda. El difuso juego de los roles cayendo como cascarones, como costras de heridas, cuando ella le lame el ano, le inspecciona el ano, o le muerde las tetillas. La hermosa armonía asiática de un equilibrio equivalente, su concha ahogándole los labios, su pija sofocándole los suyos. El olor ácido de las axilas y dulce de los genitales. La frescura de una baba que escurre o impacta y no deja de fluir, de boca a boca o a veces a la cara. La bruta hermosura de su cuerpo de mujer recibiendo el castigo por la espalda, las marcas de las fustas, las sonrisas mordiscadas. Lo veo todo, lo escucho todo, oculto, escondido en el armario o debajo de la cama, en esa habitación que les armo, un secreto de sombras en una ciudad llena de luces, un relicario, al resguardo de cortinas y persianas, enamorado de quien mea, enamorado de quien bebe, enamorado de quien acaba y propone seguir en la bañera.

Me embeleso cordialmente descubriéndoles las porciones de vida que se ocultan detrás de sus párpados casi adormilados. Los veo, y en ellos veo a cada persona, a cualquier persona, porque a simple vista cualquier pasado podría corresponderles, cualquier futura desgracia o aventura, cualquier golpe de fortuna también. Son el cuerpo eterno que respira y pestañea. El cuerpo eterno con sus múltiples posibilidades, quizás del todo descubiertas, pero siempre preciosas de volver a descubrir o de poder reconocer. Nuestro aliento, el aliento de cada uno, conjura pequeños fantasmas frente a los labios partidos. Cada cuerpo amarillento intenta dar el alma, desentenderse, menos ellos dos.

Si hoy fuera un día de primavera les inventaría una historia distinta. Mezclaría la suave fricción de sus pieles con el abanico de verdes de cualquier copa de árbol filtrando la luz del sol. Construiría el canto de pájaros que desconozco, pero que sé que existen, en la elástica tranquilidad de una hora de siesta, en un barrio semipavimentado donde los chicos todavía corten la calle para jugar un picadito y el olor a carbón informe la suave digestión de un asado cuantioso, al apoyo de un tablón, en la casa del vecino. Los encerraría en esa pieza que puedo ver, con su pequeña estantería llena de libros franceses, con la radio prendida en algún tango reo y melancólico, desdeñoso del amor que lo condena a una mala mujer, con el ventilador de piso soplando suave y el cenicero humeando fuera del alcance de su aliento. Él fuma Marlboros y ella Gitanes, pero los dos fuman de los cigarrillos que quedaron en la caja azul. ¿Cogieron o están por coger? Acaso las dos cosas. Me empecino en ponerle ojotas rojas y una bermuda color vainilla, un poco más cargada de té que el de su propia piel, estriada por los vellos en las piernas, y una remera azul con la que se tapa la cara, recostado en la cama, las manos debajo de la almohada. Ella usa un vestido azul con rayas blancas en el torso y unas chatitas también azules. Le pongo un anillo en el dedo, guarango, con brillantes, y me digo que no se lo regaló él sino un antiguo amante, sin solemnidad y por capricho. Una gata ronronea sobre el pecho desnudo de él, o quizás se aposenta sobre la falda de ella. Y desde el piso de madera hasta las tulipas de vidrio esmerilado, todo me informa, porque así se lo exijo, una paz de pelopincho en el patio y tereré de limonada con hielo. De familias casadas con familias y no sólo individuos. De proyectos de paseos, de sobrinos y de parques, y cotidianos gestos de amor subestimados. Pero sin todo el bagaje de espantos y subordinaciones, porque no es más que el escenario para ellos dos, que mirándose a los ojos, su cabeza ahora apoyada sobre la falda de ella o quizás su mano sobre el pecho de él, se disponen a hacer el amor, o acaso ya lo van haciendo encontrando sus pupilas a través de las pestañas.

El pitido del timbre, parecido a la corneta de una fábrica, me devuelve abruptamente esta dura línea amarilla y brillante que es el pasamano, el blanco toldo plástico del techo, los planos grises y el suelo pegoteado de mugre y humedad de goma negra de este precario colectivo que gime de un eje por mi lado. Mis amantes se bajan unas cuadras antes que yo. Y mientras lamento el final de mis ensoñaciones, el hurto insensible que sus obligaciones hacen de mis deseos, la bofetada ingrata de dejarme solo con esta realidad que bosteza y tira pedos, completamente ajena de pasiones y concentrada en la histérica glosolalia de infinitos celulares, con todo el pragmatismo mediocre y el hedonismo vulgar del temprano a la mañana, mientras veo las espaldas absurdas y románticas de sus sobretodos y sus bufandas agitándose en el amable gesto de un adiós, les deseo profundamente, sin saber y sin siquiera querer saber sus nombres, ni recordar ya sus caras, desamparado y agarrándome a mis sueños, que esa calle los dirija a los dos, a cualquiera de los dos, a una mezcla de los dos.

Post anterior

La Pocholi

Siguiente post

Dolor