Antes del escribir el texto nuestro cronista nos preguntó si podía mandar algo sobre una de las mayores desilusiones que la cumbia le había dado. La respuesta fue precisa: en contra de las movidas populares escriben aquellos que tienen el corazón seco y aquellos que agrupan renglones para armar un texto memorable. Le dijimos que elija su lugar y decida si escribir o no. Lejos de una sequía de sístole y diástole, Javier Galarza infló el pecho y mandó lo que sigue.

Por Javier Galarza  

– Una estafa
– Ya está, que cuelgue los botines
– Un papelón

Lo baños públicos suelen ser espacios de catarsis compartidas: allí, esa noche, todos sentimos la necesidad de una descarga anímica, más allá de la fisiológica. Buscábamos en el otro la confirmación de lo vivido, la explicación de lo que no podíamos comprender. Hacía menos de 5 minutos La Nueva Luna se retiraba del lugar envuelta en una lluvia de silbidos y abucheos.

El caso de La Nueva Luna es paradigmático: sus líderes, bajista y guitarrista de 7 Lunas, se separaron para hacer su propio grupo y ser desde entonces y para siempre, «El Chino y el Mago de La Nueva Luna». Un puñado de hits en sus primeros discos los convirtieron en los Número Uno de la movida tropical. Pero a diferencia de otros grupos, que duran dos, con todo el viento a favor tres discos, ellos se mantuvieron en la cresta de la ola durante años y no obtuvieron fans: lograron feligresía. Todo a base de buenas canciones, grandes discos y shows memorables, pero agregándole una cuota identitaria. En pleno auge de la cumbia villera, reivindicaban las canciones de amor. Era, decían, todo lo que los otros no: cumbia y de la buena. «Los más queridos» se llama uno de sus discos y algo de eso había, a punto tal que ese fervor se tradujo en hito a mediados de la década pasada. Fue el primer grupo de cumbia en hacer un estadio. Va de nuevo: nunca antes (ni después) un grupo de la movida tropical pudo llenar las dimensiones titánicas de una cancha de futbol. Ni Rodrigo y su desparpajo de pelos multicolores, ni Lescano y su irreverencia de clases bajas pudieron lograr lo que La Nueva, esa noche de diciembre, en el mismo escenario en el que (para dimensionar el hecho) Pearl Jam había tocado apenas 15 días antes.

¿Qué fue entonces lo que acabamos de ver en Asociación Japonesa, este primer sábado de diciembre? Al Mago Ramón Benítez, el mejor guitarrista que haya dado la movida tropical, al mando de una banda de sesionistas que intentan recrear (con más o menos tino) el espíritu de aquellas viejas canciones, y al Chino González…haciendo lo que podía.

Cuando el cantante sale a escena, la no sorpresa. La confirmación visual de lo que era un secreto a voces: El Chino no está bien. Hinchado como con corticoides, con una mirada perdida de ojos vidriosos. Transpirado. Balbuceando. Mal.

Las primeras canciones amagaron una fiesta que no fue. El Chino cantó todo el show en un registro muchísimo mas grave del que tenemos grabado en nuestro inconsciente como «la voz del de La Nueva Luna». Luego se corría de tempo. Volvía pero olvidaba la letra y las cantaba de a pedazos. Nos daba retazos, palabras sueltas. Luego directamente la banda tuvo que parar porque el cantante no sabía cómo empezaba la canción. Alguien del público se la sopló y ahí comenzó de nuevo. En medio de pasajes instrumentales, agarraba el micrófono y le daba al platillo de los timbales, en lo que podía ser tomado como un gesto rockero…pero no. Daba pena. Y resultaba triste para quienes lo vimos crecer (y lo queremos), verlo convertido en una caricatura de sí mismo.

El sonido no era el mejor. De hecho, el micrófono sonaba como el de los karaokes con el que un tío borracho te anima una fiesta familiar. La energía festiva con la que el público recibió a la banda se fue apaciguando conforme pasaban los temas y las caras de desilusión comenzaron a aparecer. Hubo quienes se iban para atrás y optaron por ponerse a hablar o buscar algo en la barra. Los mas firmes seguíamos apostados adelante esperando un milagro que no ocurrirá.

Mediando el show, el cantante pasa a los timbales, intenta hacer un solo y no puede. Le pide a la banda que pare. La banda para. Vuelve a intentarlo, otra vez sin éxito.«Es un acting, ahora en la tercera vez, fijate que la rompe» me dice un amigo. Pero no. La tercera no fue la vencida dado que su motricidad fina esa noche estaba ausente y sin aviso. La banda para nuevamente, desconcertada, sin rumbo, como una hojita seca que al viento va.

Vuelven con una última canción, pero ya la sensación era de noche perdida y el cantante decide unilateralmente que eso había sido todo, retirándose del escenario mientras la banda tocaba. El bajista se hizo cargo de las últimas letras y fin.

Todo esto en los 21 minutos que duró el show.

***

Las noticias corrieron a un lado y al otro de los epicentros cumbieros de esa jornada. Los Palmeras todavía no habían comenzado su show en la Sala de las Artes. Y como la cumbia es como el fútbol y da revancha, allí fuimos a salvar la noche, a buscar la revancha de los
decepcionados.

La Sala de las artes se llamará como se llame, pero para varias generaciones es y seguirá siendo «El Dixon». Solo que es más moderno que el Dixon, más caro que el Dixon y no huele como todos recordamos que olía el Dixon. Este nuevo espacio parece que se las trae, puesto que en un par de fines de semana han desfilado por su escenario varios números rutilantes. En criollo:
están poniendo toda la papota.

Momento cumbre: aparecen Los Palmeras. La banda suena precisa. Nada está fuera de su lugar. Cacho Deicas se ubica al costado del escenario, casi pasando desapercibido, impertérrito, mientras que Marcos Camino toca el acordeón sentado, en el otro extremo. Cumplen su trabajo y ya. Tienen la cara que tendrían nuestros abuelos si tuviesen que estar trabajando a las 4 de la mañana, a excepción del timbalero, un joven veinteañero con la sonrisa gigante que tendría cualquier ser humano al que le corra cumbia por las venas si un día Los Palmeras nos dicen «¿querés salir de gira con nosotros?».

Los himnos se van sucediendo y pienso: lo que ocurre con los Palmeras en Rosario (en Santa Fe toda) es similar a lo que ocurre con La Mona Jiménez en Córdoba: sabemos que ya son números mainstream, nacionales, pero los sentimos nuestros. Hay algo que suena y resuena santafesino. Como si cada baldosa de nuestro barrio, cada noche veranos de porrones se colasen en la música, en ese cross de derecha musical que es el acordeón de La Suavecita. Y cada concierto se transforma así en una fiesta, a punto tal que quien jamás escuchó una canción de ellos por decisión propia, sabe absolutamente todas sus letras. Estos señores de sesenta y pico de años nos están dando la fiesta popular que hemos venido a buscar, ese instante de eternidad en que tenemos la certeza que la muerte no existe, mientras aseguramos, afirmamos y juramos a los cuatro vientos que lo que quiere la Chola es que la besen.

***

Es el lunes siguiente al sábado megacumbiero. Un lunes fresco de diciembre, de una primavera que nunca fue. La productora encargada de traer a La Nueva Luna (Distrito 7) acaba de hacer una publicación en su cuenta de facebook: esgrimió una defensa, salió a bancar los trapos. «Nos sentimos profundamente desilusionados con la actuación de La Nueva Luna» reza el escrito. Sigue: «Las expectativas y el trabajo que pusimos en este show fueron tan grandes como las de de ustedes. Y no logramos colmarlas. Los recursos logísticos, económicos y técnicos desde la producción fueron los necesarios para pasar una noche histórica. Lamentablemente no fue así y está fuera de nuestro alcance lo que sucedió».

Pienso que estuvieron bien en salir a dar la cara, incluso ante reclamos insólitos como «que nos hagan un descuento en una entrada futura» (?).

Pienso que la verdadera crónica de la noche la merecían Homero y sus Alegres, banda telonera de La Nueva, que tuvo que salir a tocar (también) después, para calmar las aguas. Y al parecer la rompieron toda.

Pienso de lo profundamente infelices que se veían Los Palmeras arriba del escenario, inversamente proporcional a la felicidad de quienes lo telonearon: Girda y los del Alba y La Esencia (junto con Homero) conforman la triada de grandes bandas de cumbia de la ciudad y que merecen de una buena vez, que el gran público les empiece a prestar más atención. Pasa en otros géneros: por un artista de Buenos Aires pagamos fortunas de entradas, mientras que por alguien de acá, si no es gratis no vamos.

Y pienso que las últimas dos promos de 3 cervezas por 180 pesos a las 5 de la mañana estuvieron de más. Moraleja: quizá había que rescatarse antes. Aplica para un cronista, aplica para un cantante de cumbia.

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