Por Bernabé De Vinsenci | Ilustración: Ulises Baine

Con papá teníamos un amigo en común. Papá era amigo del hombre y con el tiempo —llamémosle tiempo a dos años— yo también me hice amigo. Incluso puedo decir que me hice más amigo que papá. Papá un día dejaría de ser amigo del hombre. El amigo de papá y, ahora también amigo mío, se llamaba Daniel. Daniel era extremadamente sucio y desordenado. Su cama era una montaña de ropa, la cocina una torre de platos sucios —con gusanos, a veces— y usaba la misma muda de ropa dos o tres veces. Dos o tres veces, quiere decir dos o tres semanas. Es que estoy cansado, decía Daniel, excusándose de la suciedad. Daniel trabajaba de verdulero. Tenía un carro, con dos ruedas de bicicletas, que lo tiraba él mismo: siete, ocho horas por día. Salía a las once de la mañana y regresaba a las nueve de la noche. Tenía algunas gallinas y quinta. Su casa se componía de dos lotes: la mitad de media manzana. También tenía plantas de higo, durazno y naranja. Solía sacar trescientos kilos de higos por año, cuarenta de duraznos y sesenta de naranjas. Daniel en los veranos andaba vendiendo verduras a la hora de la siesta. Se ponía un sombrero con hojas de sauce abajo y llevaba una botellita de agua, o Coca-Cola. Paraba a comer, alrededor de las tres de la tarde, en las parrillas que quedan en la ruta 43. Gastaba ciento cincuenta pesos en dos churrascos, una ensalada y una botella de Coca-Cola o 7Up. Con papá solíamos ir los sábados, al atardecer. Daniel para esa hora ya regresaba. Daniel tenía una perra, una cusca negra, chiquita y brillosa. No tenía nombre. Siempre le decía “papito de papá”. Una vez le pregunté el nombre y me dijo que la llamaba de diferentes formas. Esa vez, cuando le pregunté, le dijo cariñosamente la Pocholi. Mi papá le tenía una especie de fobia a los perros, especialmente a la Pocholi. La llamaba como la perra de mierda. Daniel era pertinaz con la perra. Se acostaba con ella, le daba Dogui, y además la sobra de la comida, y se la subía a la falda. La perra era renga. Tenía un problema en las caderas. La Pocholi era hija de mi perro El negro. Mi perro una vez, sin que nos diésemos cuenta, entró a la casa de Daniel y la madre de La Pocholi, una cusca marrón, quedó preñada. Después la madre de la Pocholi con quince años murió. Y a mí perro lo mató un auto, tirándolo —y juro que no miento— cuarenta metros hacia adelante. Después del el Negro, por una cuestión de duelo supongo, decidí no tener más perros. Siempre que íbamos con papá a la casa de Daniel, papá le decía: ¡saque a esa perra de acá! Daniel respondía: bueno, papito, andá. No sé por qué le decía papito a la perra. Mi papá se molestaba cada vez que Daniel acariciaba a la perra. Lo enloquecía. ¿No me diga que se acuesta con la perra?, le decía y se reía. Entonces Daniel tapándose los oídos decía: ¡déjese de joder! No había día en el que mi papá le dijese que se acostaba con la perra. Un día Daniel, cansado, lo echó. Le dijo que se fuera y que no volviera más. Al poco tiempo se hicieron amigos otra vez. Papá, como Daniel, hacía quinta. Hablaban de lo que se debía sembrar en tal época, dónde era mejor la semilla e intercambiaban verduras. Los unía la quinta, y además, ambos habían vivido en el campo. Pero papá, dale que dale, insistía con que Daniel se acostaba con la perra. Y Daniel, cuando lo escuchaba, se tapaba los oídos, diciendo “¡déjese de joder!”. ¿Cómo un hombre, pesaba yo con quince años, puede acostarse con una perra? Poco a poco comencé a odiar a papá. No soportaba que le dijese a Daniel que se acostaba con la Pocholi. No cabía en mi cabeza semejante ordinariez. Además Daniel era un hombre mayor, de sesenta y seis años, sin hijos, con buen corazón: al menos, a mí me regalaba higos. Papá seguía. Cada vez que íbamos a lo de Daniel y veía a la perra decía: ¿no se acostará con la perra? Y Daniel cerraba los ojos —hacía un gesto difícil de describir— y se tapaba los oídos. Papá se ponía celoso de Daniel. Era tal nuestra amistad que yo los sábados me iba a la hora de la siesta y lo ayudaba a hacer quinta. Cuando volvía, papá me decía: estuviste todo el día con ese degenerado. Yo lo miraba con odio a papá. Llegó un punto que no podía mirarlo a los ojos. Le respondía con monosílabos o me quedaba mudo. Papá me preguntaba qué me pasaba y yo no respondía. Él sabía lo que me pasaba. ¿Cómo iba a decir que Daniel se acostaba con la Pocholi? Me parecía un despropósito. No sé exactamente. No me gustaba. Papá seguía. ¿Para qué vamos si le decís que se acuesta con la perra?, le dije un día, gritándole. Papá se rió y no me dijo nada. Un día escuché a papá que hablaba con un amigo y le decía que la Pocholi, es decir la perra de Daniel, rengueaba porque se la cogía. Pero la Pocholi —y papá no lo entendía— rengueaba porque era viejita. Tenía quince años. Yo la apreciaba porque era hija del El negro. Había parte de mi infancia en esa perra. Como una porción de mí. Un día, ese día hacía mucho calor, fuimos a la casa de Daniel. Hacía mucho que no íbamos. Un mes, aproximadamente. Era de noche. Fuimos de noche porque Daniel a la tarde salía a vender. Y seguramente no lo íbamos a encontrar. Llevábamos bondiola y chorizo seco para comer. Golpeamos. Daniel nos atendió cansado. Su voz estaba apagada. Tenía el sombrero puesto. Nos invitó a pasar. Nos sentamos. Papá ese día, como nunca, no dijo nada. Comimos. Daniel compró una Coca-Cola y papá un vino Toro viejo. Yo tomé un vaso de vino con Coca-Cola y salí al patio y vomité. No estaba borracho. La mezcla me produjo náuseas. De pronto, mientras nos estábamos por ir, aparece la Pocholi. Rengueando, como siempre. Estaba hinchada. Como gorda. Respiraba con dificultad y cada dos pasos se detenía. La vi que venía despacio. Me agaché y la acaricié. Papá la miró y se quedó pensativo, y mirando a Daniel, dijo: ¿no me diga que la preñó? Daniel se tapó los oídos, cerró los ojos, y dijo: ¡déjese de joder! La Pocholi tuvo tres perritos. Yo me quedé con uno. Papá y Daniel nunca más se volvieron a ver.

Ilustración: Ulises Baine

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