Por Juan Campos | Ilustración: Nair Farina

La escuché en lo de los O’Boyl, unos parientes de mis viejos que murieron hace bastante. Comíamos ahí una vez por mes, más o menos, porque a mis tíos abuelos no les quedaba mucho y mi vieja jodía con que había que alegrarles los últimos años de la vida. Que uno se lleva eso, los recuerdos inmediatos, que no nos costaba nada y que basta de explicaciones, vamos y listo. Así que un domingo, cada tres semanas, nos subíamos al Renault 9, que supo ser blanco, y arrancábamos hacia Maggiolo, un pueblo cercano del que mi familia había huido hacía décadas para instalarse entre los privilegios de la gran ciudad. El viaje duraba un rato, que no se contaba en tiempo ni en kilómetros sino en cuántas patentes conseguíamos con mis hermanos. El juego era fácil, una vez cada uno decíamos un número del cero al nueve y el que acertaba el último número de la chapa del coche que venía de frente ganaba. Por supuesto que la racionalidad de la explicación no tiene nada que ver con las peleas a muerte en el asiento trasero de tres cuerpos, donde los ganadores se definían entre uñas y golpes. Mi viejo ensayaba los niveles de tolerancia. Le habíamos agarrado el ritmo después de algunos sopapos. Primero pedía orden. A ver chicos, estamos yendo de los abuelos, quédense quietos, ustedes ya son grandes. Calmábamos sólo para recrudecer después. Pasaban minutos de silencio y a lo lejos, en la ruta que parecía mojada, se asomaba la trompa de una camioneta. Entonces mi hermano susurraba «para mí es un ocho», alguno de nosotros contestaba y como la lealtad siempre fue hacia afuera de la familia, nadie iba a otorgar el premio aunque los números fueran claros. Mi viejo apostaba, entonces, por un nuevo nivel de tolerancia. Subía la radio. Siempre manejaba con la AM encendida, aunque la antena no enganchara un carajo. Y así andábamos, horas y horas con un sonido a taladro neumático mezclado con palabras inconexas que se perdían en el aire. Ahí llegábamos a dos opciones. Podíamos calmarnos y entregar nuestra niñez a las normativas adultas o redoblar la apuesta y que mi vieja grite pidiendo basta de radio y de quilombo. Siempre se activaba la segunda opción. Entonces chau radio y mientras contestábamos con risas volaba una mano derecha para atrás. La pena se convertía en un nuevo juego. Papá manejaba con la zurda y con la derecha tiraba sopapos al montón. Por el retrovisor trataba de adivinar los lugares y sacudía pero casi nunca acertaba. Solo dos veces paró el auto al costado de la ruta. Ese día no hablamos ni en el almuerzo ni en el viaje vuelta.

Llegar era lo mismo de cada vez. Un acceso hecho mierda, polvo y aburrimiento. Pero sobre todo polvo. El tablón largo, los besos de la tía, el asador en marcha desde hacía un rato y nosotros ayudando en lo que faltara. Éramos varios, siempre más de quince pero todos grandes. Odiaba tener que viajar hasta allá. Que vengan ellos, le dije a mi mamá un día y las cosas no terminaron bien. Me aburría mucho. Era una quinta, pasando el pueblo. No había pelotas de fútbol y no nos dejaban llevar porque habíamos roto una ventana la última vez.

Entonces nos sentábamos en la mesa. Comíamos y el viejo opinaba de cosas. Casi siempre estaba de mal humor. Renegado. Pero ese día estaba contento. Hacía bromas, nos tiraba con hielos. Después nos enteramos – mucho tiempo después – que había sido el primer domingo luego de los resultados de los análisis y que ya tenía fecha. Pero ese día estaba contento y yo no quería saber por qué, sólo esquivar los hielos y ver de embocarle alguno.

Cuando terminamos de almorzar trajeron helado y algunas tortas. El viejo, en la punta de la mesa, recibió el postre primero. Masticaba despacio, como alguien que de pronto se descubre catador. Qué rico que está este, ¿quién lo hizo?, preguntó señalando una torta con crema y bananas. Una tía acusó autoría y el viejo retrucó: espero que no nos haga cagar como en la fiesta de los Pacheco.

Mi abuela, que en realidad es tía abuela, quiero decir su esposa, pero esposa es una palabra de mierda, así que quedará abuela, se alborotó. Braulio, por favor, estamos comiendo, ubicate, y le clavó los ojos al tiempo que sacaba los dientes del maxilar inferior, como un perro enojado.

– Nunca vi tanta gente cagarse encima – el viejo apuró una carcajada – ¿Les conté la de los Pacheco?, fue hace mucho, en el campo de Don José, explicó. Nosotros apenas lo miramos y, envalentonado por el vino y el protagonismo, arrancó.

– Hace varios años, cuando sus mamás no habían nacido, organizábamos los bailes y las fiestas en los campos – Dijo moviendo el dedo índice en círculos, apuntado a una zona inexacta, que se perdía en el horizonte – Íbamos cuando había algún casamiento o cumpleaños y se armaban lo que se le decía fiestones. Yo era joven, ni siquiera estaba con la abuela. Mi papá tenía algunas hectáreas y varios peones, que también vivían con nosotros en el campo.

Un sorbo de vino detuvo el relato. Pidió la soda con la mirada y rebajó el vaso con dos chorritos. Agregó un par de hielos y mientras limpiaba el mango del tenedor con la servilleta para revolver el cóctel, se sirvió más postre. Mi abuela lo interrumpió: que ya era suficiente, que el corazón y lo que había dicho el médico. El viejo puteó al aire y se reclinó en la silla de madera sin soltar el vaso.

– Cuando estábamos cerca del fin de semana y llegaba algún sulky con cartas, porque en esa época todavía no había autos por acá, ya sabíamos que era una invitación de alguno de los campos de la zona. A nosotros siempre nos invitaban y a me encantaba ir. Era toda una ceremonia. Mi mamá nos preparaba a mí hermano y a mí con los trajes que nos habían traído de Buenos Aires. Me acuerdo que nos peinaban con gomina, ¿saben lo que es la gomina, ustedes? Es un gel que te deja el pelo duro para que siempre parezca que estás bien peinado. ¿Vieron las fotos de Gardel, esas que están en la sala?, bueno tiene todo el pelo para atrás, eso es porque usaba gomina. Mi papá era amante del tango y de Gardel y, como casi todos los terratenientes, antiperonista. Quería que seamos cantantes y nos hacía ensayar mientras nos silbaba la melodía. Creo que como no entonábamos y sabía que no seríamos tangueros se conformaba con vestirnos parecido. Mi hermano era mejor. El tío decía siempre que iba a cantar, que cuando sea grande iría a Rosario a probar suerte, pero se murió joven y nunca llegó ni a salir del pueblo. Él se quedaba mucho más en casa. Volvíamos del colegio y pasaba toda la tarde leyendo o ayudando a mamá. A mí no me gustaba eso. Yo no veía la hora de volver, sacarme el mameluco y salir para el campo. Jugábamos toda la tarde con los hijos de Goyo, que era el peón. Vivía con su familia en una casita cerca de la nuestra, pero más chica. Raúl y Alicia eran casi de mi edad, él tenía un año más que yo y ella uno menos. Habían dejado el colegio y lo ayudaban a Goyo durante la mañana, porque a la tarde jugábamos los tres. Mi papá y Goyo trabajaban mucho y siempre venían otros peones al campo. Yo pasaba la tarde con ellos y cuando mi papá se iba, les gustaba hablar de política y de Perón. Goyo tenía un cartel en la casa con la cara de Evita y mi papá siempre le decía que se lo iba a prender fuego. Qué viejo de mierda era. Una tarde, hacía un calor de morirse, llegó el sulky de los Pachecho. Era verde y lo tiraban dos alazanes hermosos. Bajó el más grande de los Pacheco y me dio un sobre para mi mamá que decía que estábamos invitados al casamiento de María, la única hija. Qué fiesta fue esa, nunca vi tanta gente cagarse encima.

El viejo se reía solo. Confundía la risa con una tos rancia de tabaco y flema. Se tapaba con un pañuelo de tela para no escupir al aire sin soltar el vaso. Respiraba hondo, llenaba los pulmones para descansar la memoria. Levantaba la vista y el sol le marcaba los lentes con un puntito amarillo que desaparecía cuando volvía la mirada sobre la mesa.

– Cuando se hacían los fiestones íbamos todos. Nosotros teníamos dos sulkys, en el más grande viajábamos con mis padres y mis hermanos y en el otro iba Goyo con su familia. Ellos, como todos los peones de los demás invitados, eran los que se encargaban de los preparativos y de ayudarnos con las cosas que llevábamos. A veces, cuando mi papá me dejaba, me escapaba a la carreta de Raúl, porque a él lo dejaban llevar las riendas. El campo de los Pacheco quedaba a algunas leguas. De lejos se le veían los adornos que habían puesto. La entrada estaba decorada con telas blancas y un cartel con los nombres de los novios. Me acuerdo que esa tarde hacía un calor parar miles. Las viejas estaban con los abanicos y esos vestidos largos que ahora se ven en las películas, porque en aquella época no podían mostrar las piernas, estaba mal visto. Así que usaban unos vestidos hasta el piso, con una tela gruesa insoportable. Los hombres siempre de traje. Se sentaban a la sombra a tomar vino y a conversar mientras los peones preparaban los tablones, el asado y la mayonesa. Para la noche, cuando empezaba la ceremonia ya estaban todos en pedo, o casi. Nosotros, más yo que mi hermano, nos íbamos a jugar con los hijos de la peonada. Como ellos no pertenecían a la fiesta, estaban en otra parte del casco, lejos de los tablones. Comían su propio asado y tenían que llevarse el vino. Con Raúl siempre robábamos algunas damajuanas y se la llevábamos a escondidas. Cuando oscureció, el cura reunió a los invitados. Pronunció unas palabras y bendijo a los novios. Algunos bridaron en voz alta y dijeron cosas contra Perón. Yo en ese momento no entendía por qué siempre que se celebraba algo lo puteaban. Goyo me explicó que era porque los ricos no lo querían, que tampoco querían a Evita y como mi papá era rico estaba bien que no lo quiera. Yo le pregunté si tenía que pensar como mi papá y me dijo que haga lo que quiera, pero que seguramente terminaría odiando a Perón. ¿Quién iba a pensar que yo, hijo de Don Braulio, terminaría siendo peronista?

Ilustración: Nair Farina

El viejo volvió a reír. Se acercó sobre nosotros y confesó que nuestra familia siempre estuvo llena de gorilas. Nosotros lo miramos raro y cuando notó que no habíamos entendido siguió con la historia prometiendo que lo entenderíamos cuando fuésemos más grandes.

– ¿Les dije que hacía calor? – Preguntó y afirmamos – bueno, pero no era un calor así nomás. Era fuerte. Los tipos chupaban mucho para aguantarlo. Una vez, en otro fiestón, estaban todos tan en pedo que ninguno podía manejar el sulky para regresar, pero estaban despreocupados porque los caballos eran viejos y hacían en mismo camino ciento de veces, entonces volvían solos. Al primo Julián, que ustedes no lo conocieron, se le ocurrió una broma. Ese sí que era un bandido. Ya de chiquito nomás tenía pinta de diablo. Mientras todos estaban comiendo fue con los amigos y cambió los caballos a los carruajes. Claro, los viejos subieron mamados y el pingo volvía solo. Cuando se despertaron estaban todos en otras estancias. Se armó un despiole bárbaro. Nadie supo quién fue, pero mi primo me contó que había sido idea suya y le juré que nunca diría nada. En fin, esa noche hacía un calor de locos. Era verano y como en todos los pueblos de esta zona, cuando el calor es fuerte hay una tormenta en puerta. No era muy tarde pero ya estaba oscuro. El viento empezó a mover los árboles y aparecieron los primeros refucilos en el cielo. En el campo la tormenta es hermosa. Se ve todo. Parece que los rayos caen al lado de uno. Con Raúl estábamos sentados mirando cómo los relámpagos iluminaban el horizonte. Pasaban algunos segundos y sonaba el trueno. Otra vez la oscuridad y de vuelta el cielo iluminado. Jugábamos a ver quién acertaba el momento justo del próximo rayo cuando vimos correr hacia el medio del lote a la mujer de Pacheco, la mamá de la novia. Iba apurada, sosteniendo el vestido con las manos para no tropezarse. Con Raúl nos acercamos sin hacer ruido. No llovía, pero en cualquier momento. Nos escondimos atrás de unos pastos, ella no nos veía. Levantó la mirada para asegurarse que no haya nadie y después de levantarse el vestido largó todo.

– ¿Qué largó abuelo?, preguntó mi hermano.

El viejo quiso contestar pero otra vez una carcajada le ganó de mano. Manoteó el pañuelo y detrás de la tela, que le tapaba la nariz y la boca, se le dibujaron las muecas de una risa atragantada por años. Las arrugas le ganaron los ojos y tuvo que secarse algunas lágrimas.

– Se cagó. La vieja salió corriendo al medio del lote porque no pudo aguantar. Con Raúl no soportábamos la risa. Seguíamos escondidos y nos pellizcábamos. Entonces vino la mejor parte. De la fiesta salió otro hacia el medio del lote. Era el cura. Tampoco nos vio. Se acomodó en los pastos y también apuró el trámite. Al rato dos más. Y así iban saliendo como las vacas cuando les abren la puerta al corral. Desesperados. Al principio se tapaban o intentaban esconderse, pero después ya estaban todos. Uno al lado del otro, entre los pastizales. Las viejas se levantaban los vestidos y bajaban los calzones, mientras los viejos no hacían tiempo para desabrocharse el pantalón. Más de uno se cagó encima. Encima los relámpagos caían uno detrás del otro, como trompada de estúpido, así que quedaban todos los culos blancos iluminados. Oscuridad, trueno y otra vez, todos los culos al viento.

No paraba de reír. El pañuelo le cubría la tos y los ojos eran solamente lágrimas. Después nos explicó que la mayonesa se había cortado por el calor, porque todavía no tenían heladeras y las guardaban en unas fuentes de aluminio que no soportaban las altas temperaturas. Contó que las ponían sobre unas barras de hielo, pero en pleno verano se derretían muy rápido. Habló de los recién casados intentando no mancharse la ropa mientras sufrían diarrea y de la banda de músicos que seguía tocando, pero cada tanto alguno abandonaba su lugar y rajaba para cagar con el resto. Detenía la historia sólo para respirar hondo y se tocaba el pecho cada tanto. Se agitaba mucho pero nunca dejaba la risa.

– ¿Sabés qué fue lo más lindo de todo?, que con Raúl salimos corriendo a buscar a todos los peones. Goyo no lo podía creer. Al principio querían ayudar hasta que uno empezó a matarse de risa y todos lo siguieron. Ellos no habían comido la mayonesa porque no estaban invitados al banquete. Cuando vieron que todos los viejos estaban cagándose en el campo fueron hasta la casa a buscar algo de vino. Los relámpagos no paraban y los culos eran una sola foto en el horizonte. Goyo, borracho y contento, se paró arriba de un banquito apuró un trago y levantó la damajuana. Los demás lo miraban con sus vasos bien cargados. Gritó: ¡viva Perón, viva Eva Perón!, los demás respondieron el grito. Los viejos miraban desde el campo, creo que alguno quiso decir algo, pero lo taparon los truenos.

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