Poesía | El legado de la lírica

Por Brían Álvarez | Ilustración: Ulises Baine

La lírica tiene ahora cierta edad y nietos.
Algunos de los nietos buscaron caminos diferentes:
dos son torneros, una es artesana,
tres juegan al fútbol en un club del ascenso.
A una de las futbolistas
la apodaron la lírica
aunque en realidad nació con ese nombre
en homenaje a la abuela:
en la familia de la lírica también se mantienen
las costumbres de los vulgares.
Cuando juega la lírica, el periodismo
fuerza el lenguaje para narrar las novedades
que sólo ella logró introducir en el deporte.
Cuando juega la lírica
dicen que el césped brilla como un metal mojado
y los ojos se abren, como si un tren descarrilara
antes de entrar en la estación final.
La compararon con los mejores jugadores de otras épocas
y con el legado de su abuela, que también
se llamaba la lírica
pero toda comparación fracasa.
La lírica es un toro que el torero no ve
de forma que no es exagerado afirmar que llevó
no tanto al deporte, sino al periodismo deportivo
hacia el límite de su fuerza enunciativa.
Esta es la era dorada de los relatores
lo que puede extenderse al relato político
y otras disciplinas de la ingeniería social:
le debemos mucho a la lírica, pero
tampoco es para pedir milagros.
Ni siquiera su estrella puede evitar
que, de acá a algún tiempo,
el cuerpo de la abuela
termine en un patio, como abono
para plantas sin propósito.

«La niña ilustrada», de Ulises Baine

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