Por Yamil Trevisan | Ilustración: Leo Petrovelli

Cuando yo era chico, pasábamos las navidades en la casa de mi abuela. Toda la familia se juntaba en aquellos años. Éramos más de quince. Para zafar del calor sacábamos un tablón a la vereda y comíamos allí, de cara al campo y a las estrellas. A veces mi abuela- que sufría de calores y siempre tenía la cara mojada de transpiración-, para refrescar un poco el descampado, sacaba los ventiladores de la pieza y los enchufaba afuera.

Mi abuelo prendía el fuego a la tardecita y se apencaba en la parrilla. Lo recuerdo así en aquellas navidades: escuchando la radio, fumando cigarrillos, alimentando un fuego interminable. Siempre había una damajuana de vino tinto al lado suyo.

Yo solía acompañarlo. Mi abuelo un hombre analfabeto pero era un filósofo nato. Disfrutaba de hablar y de contarme historias de su juventud. Cada relato de su vida contenía una moraleja metafísica o religiosa. Y cuando se cansaba de filosofar se ponía a contarme chistes verdes. Podía estar horas y horas así. A veces mi viejo se acercaba y después de escucharlo un rato me guiñaba un ojo y me decía: «¡Cuánto que habla al pedo este viejo!». Mi abuelo no se lo tomaba a mal. Pero lo cierto es que nadie en la familia le creía nada. Para todo el mundo, mi abuelo era un fabulador, un falsificador de relatos.

Cuando terminábamos de comer se levantaba de la mesa, subía el volumen de la radio, y se ponía a bailar de forma grotesca. Su cuerpo diminuto se desarticulaba al ritmo de la cumbia y del cuarteto. Y moviéndose así, como poseído por el diablo, sacaba a bailar a mi vieja o a mis tías, o a todo el que estuviera por delante.

Sin embargo, el transcurrir de la sobremesa sufría en algún momento un giro imprevisto. La noche se quebraba como un vidrio y se partía en dos mitades: la música, el baile, la charla, todo se terminaba y dejaba en su lugar un clima sombrío y misterioso.  La escena entera giraba  y, de repente, nos encontrábamos alrededor de mi abuelo, mirándolo observar su reloj con ánimo preocupado. «Ya casi es la hora», decía. Y si no nos movíamos rápido empezaba a gritarnos «¡Vamos, che! ¡Métanse adentro que el Niño Dios está por llegar! ¡Métanse rápido que está viniendo!»

Mi tía nos hacía entrar a los empujones. Cerraba la puerta con el cerrojo y con la llave y chequeaba que todas las ventanas estén aseguradas. Se arrodillaba en el umbral y se quedaba con el ojo puesto en la cerradura. Mi vieja –que se había metido corriendo entre nosotros como una niña asustada– se iba hasta la pieza y se tapaba la cabeza con una frazada.

Todo el mundo se desparramaba por los rincones de la casa, en silencio. El único que se quedaba afuera era mi abuelo. Era el que recibía al niño Dios.

Ilustración: Leo Petrovelli

Los ruidos empezaban a llegar desde la ventana de la cocina, en dirección al descampado: unos golpes estruendosos y regulares que parecían pasos de gigante. Y por encima de esos golpes, un llanto desolador. Un llanto –de esto no cabía ninguna duda– que no era otro que el llanto de un niño muy pequeño.

Yo me escondía debajo de la mesa y me ponía a llorar. Me tapaba los oídos con las manos y trataba de volverme invisible. Después de un rato interminable mi vieja llegaba, me abrazaba fuerte y se ponía a cantarme canciones al oído, muy despacio. Y poco a poco los llantos, el mío y el de afuera, se iban apagando.

La voz alegre de mi abuelo nos traía de nuevo al mundo. Nos gritaba que salgamos, que ya estaban los regalos. Yo avanzaba despacio por la puerta: esperaba ver a un monstruo, un niño deforme con cabeza gigante huyendo en la oscuridad. Pero en su lugar encontraba mi regalo, una bicicleta de las Tortugas Ninjas que había pedido unos días antes, y más allá los otros regalos desperdigados, envueltos en papel y atados con moños gigantes. Y detrás de todas esas cosas lo veía mi abuelo. Lo veía a mi abuelo que me miraba de una forma extraña y que me sonreía con una sonrisa de comadreja, con una sonrisa de ratón de campo.

 

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