Por Vanesa Gómez, especial para El Corán y el Termotanque

Este es un libro que se abre con desconfianza. El título se nos presenta como una advertencia. Nos desafía, desde las primeras dos palabras, a leerlo.

Acepto y leo las primeras páginas en el colectivo. Mi hijo me pide el libro. Lo mira. Qué lindo, dice. Lee el título. Después mira los dibujos. Se ríe. Juega a reconocer las ilustraciones de la tapa. Es un momento de gozo que disfrutamos juntos. De hacer algo juntos.

Me devuelve el libro. Afuera del colectivo, los ruidos de la calle. Adentro, los ruidos de los pasajeros. Termino un capítulo. Tomo conciencia de lo acostumbrada que estoy a leer así, con ruido, con mucho ruido, con interrupciones constantes. Soy mamá desde hace diez años. Vengo de familia numerosa. Seis hermanos. Soy la mayor. La única forma de leer algo en silencio era en el baño, fingiendo estar descompuesta. Y que no me vieran salir con un libro, porque se armaba una… Aprendí a tener un libro a mano, en los colectivos, en la mesa, en la cama, con los amigos. Era la posibilidad de abrir un mundo y que el ruido se convirtiera en silencio.

Quiero pensar sobre este libro. Antes de leerlo. Sé que no es posible. O lo leo, o no. Una imagen recurrente: una equilibrista sobre una cuerda floja. Se dice que las mamás hacemos malabares. No. Equilibrio es lo que intentamos hacer. Temo un manual, un libro de autoayuda, párrafos y párrafos que me escupan en la cara todo lo que hice mal, todo lo que equivoqué. Lectura es placer, me digo. Pruebo, me digo y paso las hojas.

En «Destrucción de la noche» asisto a una estampa de la vida cotidiana. La autora nos señala desde el inicio el paso del tiempo, el intento desesperado de ahuecar el tiempo, un tiempo que sospechamos ya no-propio, ya tiempo-de-otros. Nos lleva desde la cotidianeidad más concreta al mundo de lo onírico, donde esa cotidianeidad intenta filtrarse y donde al despertar, la esperanza de volver a apropiarnos de nuestro propio-tiempo nos anima a arrancar el día.

Como en un cuadro impresionista vamos pasando, viendo, distintas pinceladas, distintas escenas, situaciones: «el fútbol». En el fútbol nos acerca a un espejo horroroso de nosotras mismas, de una madre con el pecho inflado ante el gol de su hijo: «Por fin hiciste algo» –dice la madre–. «El arte de injuriar», —nos dice Luisina—. Atenti, me digo. Acá no se quiere mostrar lo común y corriente, embelleciéndolo. Acá hay una voluntad que se atreve a cuestionar los mandatos. Y me regocijo ante la idea.

El libro contiene ilustraciones de Khalil Zenón

Pasamos a «Natación»: «Hay algo entre la maternidad y el olvido. Olvidar para repetir. Repetir para no recordar. Lo intratable del olvido». Veo el valor de esta madre que está dispuesta a contarlo todo, a decirlo todo, sin pelos en la lengua, sin falsos tapujos. Aplaudo su valor.

En «Madres modo espera», retoma la idea que viene hilando (o des-hilando) acerca del tiempo, con una aparente sencillez que desarma: «Como que hay algo suspendido en las madres, esperando, sufriendo en extensión a los hijos. Madres en souffrance». Y después arremete contra el concepto de Madre, de boca de otras madres. (Espejo donde nos horroriza vernos reflejadas. Pero que nos refleja).

¿Y el idioma? Cambiamos al modo imperativo. Los pequeños estallidos. Siempre al borde, siempre caminando en la cuerda floja. Y cayendo. Ahora puedo pensar en las Madres en general, en todas las madres que tuve: mamá, la abuela, amigas; en sus usos del lenguaje. En sus trayectos por la cuerda floja.

A medida que avanzo en la lectura, me zambullo en los borramientos de los límites entre lo real y lo irreal. ¿Qué es más real, el cuerpo de un hijo demandándonos  o la filosofía, por ejemplo? La sencillez del lenguaje (acaso lo más difícil de construir) es la que nos agarra de la nariz y nos pasea por el libro, saltando de un capítulo a otro. No podemos parar de leer. Queremos saber más. Queremos ver más. La autora nos está mostrando una realidad sin tapujos, sin opacidades. Está descorriendo el velo de Maya de la maternidad. Pasamos de la calma, de la sensación de orden tan edificante que puede proveernos el acto de ordenar un placard a las reflexiones más punzantes: «La maternidad es el tiempo en que concedemos vivir al ritmo de otras vidas».

Es en este punto en el que comprendo que la autora no está intentando responder a la pregunta filosófica, metafísica, imposible, acerca de ¿qué es la maternidad? En absoluto. La pregunta sobre la cual gira es otra mucho más concreta, más interesante, ¿qué es ser madre? La diferencia es abismal. Es la puerta de entrada a la posibilidad de hacer literatura. Porque no puede quedar lugar a dudas de que lo que se está leyendo es, ni más ni menos, que literatura.

«Por momentos todos nos odiamos», dice la narradora. Y nosotros, lectores, podemos respirar aliviados ante esta narradora que escarba en los vínculos humanos más estereotipados que existen.

«Una de las pocas cosas que me quedan claras de la maternidad es que nada es natural. Todos los momentos requieren un esfuerzo de comprensión, un trabajo físico extra, un encuentro con nuestro propio límite existencial». Y como si esto fuera poco, agrega: «Cuando eso falla, o cuando no alcanza, aparece la religión».

La narradora sale a la superficie, respira, ve el entorno, ve a las otras madres, y después se zambulle en lo más profundo de ella misma, que es «como un viaje a lo desconocido donde encontrás lo más propio que habías olvidado». Lo que no se explica, dice.

 

Bourband, Luisina: Maternidad intratable. Le Pecore Nere, Rosario: 2017.

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