Cuentos | La casa de al lado

 

Hay un fusilado que vive.

Rodolfo Walsh

Nunca hubiese querido que sucediera, al menos no de esa manera. Daría cualquier cosa por volver el tiempo atrás y cambiar un mínimo detalle, no sé, algo. Que justo mi mamá no festejara su cumpleaños o que hubiese caído un feriado y el club hubiese estado cerrado o…, no sé, alguna distracción amorosa que me hubiera tenido divagando en una nube de pedo. Pero no, era todavía demasiado chica, no me gustaban los pibes, de hecho aquellos que empezaban a acercarse en la escuela me provocaban pudor. Yo vivía en un mundo de juegos con mi prima y la Pirucha, mi vecina de la vuelta. Su hermana mayor, la Mengacha, estaba enamorada del hermano de Leandro. Ella había sido el nexo para que aquél empezara a frecuentar mi casa. Nunca me sentí tan invadida como frente a la presencia de Leandro. Todavía recuerdo el día que nos conocimos. Yo tendría unos once años cuando me enteré, un mediodía que volvía del colegio, que la casa de al lado había sido alquilada por unas «personas muy importantes». Recuerdo esas palabras dichas por mi madre en un tono exagerado, como resaltando su necesidad por codearse con una clase que desconocía pero admiraba celosamente.

El padre de Leandro había llegado a convertirse en un hombre de alta sociedad, y esto lo había logrado por haberse casado con la hija de uno de los jueces que llevaron la causa sobre los fusilamientos clandestinos de José León Suárez, con testimonios de la época, denunciados por Walsh, que destruían la coartada de encubrimiento por parte del Estado represor, ya que el periodista había logrado dar con la presencia de un fusilado que vivía para contarla y sin embargo… Los siguientes golpes y la inestabilidad social hicieron que la familia de su suegro más la suya propia, debieran trasladarse de un lugar a otro, dentro del interior del país, hasta que terminaron alquilando una casa en Rosario mientras fueron consolidándose en altos cargos de rango militar, como al que había accedido Mario, el padre de Leandro, gracias a la entrañable relación que había conquistado Carlos, su suegro, con un antiguo compañero de exilio montevideano, el brigadier Agosti.

Y mientras tanto, nosotros, absolutamente ajenos, gritábamos como locos los goles de Kempes; el clima festivo que había en casa cada vez que jugaba Argentina, sumado a los Balccini que traían un montón de cosas dulces para comer de sobremesa, todavía resuenan en mi cabeza como aquellos años de infancia en que todo resultaba agradable a los sentidos. Más allá de eso, algo raro había con el papá de Leandro, nos cortaba siempre la emoción al ratito de haber finalizado los partidos y nos anunciaba con voz alarmada que debía irse. Durante los meses de junio y julio, viajó a Buenos Aires, no sin antes disculparse con todos, besar en la frente a su mujer y a sus hijos y pedirle a mi papá si por favor no le miraba la casa y a la familia en su ausencia. Tiempo más tarde nos enteraríamos de que las reuniones eran en la esma.

Durante la época del mundial, la Mengacha anduvo metida en cosas de brujería y nos había dicho que si queríamos que Argentina saliera campeón debíamos colaborar haciendo un nudo a un pañuelo de tela, apretarlo con la pata de una silla, al tiempo que decir las palabras mágicas «Pilato, Pilato, si no gana Argentina no te desato». El hechizo consistía en hacerlo todo a la vez con el fin de lograr una doble atadura; lo cierto fue que dio resultado y todas dejamos en libertad al tal Pilato días después de los festejos.

Casi todo lo que decía la Mengacha, para mí, era palabra santa. Mi prima, a veces, le tenía envidia porque estaba convencida de que yo debía tenerla a ella en mayor estima por el lazo filial que nos unía, pero la realidad fue que la Mengacha me salvó la vida y eso quedó demostrado con el paso del tiempo.

El último sábado de ese año, el viejo llegó una madrugada a la casa del vecino, borracho y gritando como un loco: que cómo podía ser si él tenía el suficiente poder como para saberlo todo, cómo podía ser que estos malditos inoperantes no dieran con esos subversivos roñosos que habían secuestrado a su nieto. Recuerdo que los gritos del viejo me aturdieron. Yo estaba en mi habitación, que daba a la calle y ni remotamente se me hubiera ocurrido salir al balcón, tenía miedo de que estuviera armado y me disparara; su yerno, el padre de Leandro, trataba de persuadirlo para que entrara a la casa, dirigiéndose en un tono pausado y calmo; y entonces yo ya no escuchaba lo que le decía, pero me imaginaba que era algo referido a mantener las composturas.

No obstante, el exceso de alcohol le impidió al juez entrar en razón; y de pronto oí cómo un llanto de odio resignado se escapaba por las fauces de esa bestia. El viejo parecía arrepentido, pero los milicos no tenían permitido divulgar lo que hacían, mucho menos lo que los atormentaba; y su yerno era un milico, para lamentarse existían las misas de los domingos, pero era la madrugada de un sábado, hacía mucho frío y lo último que le oí gritar fue que la ginebra venía causándole estragos sobre sus deberes religiosos y morales desde aquel día. Mario lo hizo entrar a la fuerza. Sentí el portazo y otra vez el silencio y los grillos.

La primera vez que la Mengacha vio a Máximo, el hijo mayor de los vecinos, quedó enamorada al instante. No paraba de hablar de él con mi prima, ellas se llevaban un año y medio de diferencia, empezaban a transitar la adolescencia y desde que habían llegado los Balccini a nuestro barrio, se pasaban horas encerradas en mi habitación escuchando discos del Flaco y espiando por la ventana para intentar cruzárselo cuando volviese del colegio. A Máximo lo habían anotado en una técnica y tenía jornadas completas con talleres a contra turno, por lo que llegaba a su casa casi siempre pasadas las siete. En cambio, la Pirucha y yo éramos de la misma edad, nos llevábamos sólo un par de meses de diferencia, pero no nos interesaban las conversaciones que ellas tenían sobre Máximo y Fernando, otro chico de la cuadra de mi prima que vivía a dos de la mía. Con la Pirucha nos la pasábamos jugando a las escondidas, haciendo el juego de la copa o armando el mobiliario que formaba parte de las casas de nuestra colección de muñecas.

La vez que Leandro entró a casa fue un martes en que la Mengacha logró finalmente interceptar a su hermano en la puerta de mi jardín, antes de irse para su casa. Con la Pirucha estábamos terminando de desmontar una carpa de indios que mi papá había ganado en un sorteo que hacía, todos los años, el Banco donde trabajaba, cuando sentimos el grito agudo de mi mamá para que acomodáramos las cosas y bajáramos: que ya era tarde, que había llamado la madre de las chicas para darles la orden de que estuvieran en menos de cinco minutos en su casa porque todavía tenían que bañarse, hacer la tarea y cenar. La Pirucha odiaba bañarse, la Mengacha vivía perfumada con la misma intensidad que las gatas cuando entran en celo. Ninguna de las dos era buena alumna, por eso seguramente nos habíamos hecho amigas. La Mengacha era líder natural y la Pirucha se había criado prácticamente con ella, porque su madre pasaba las tardes completas en el club jugando a la canasta con las amigas de hockey. Su marido trabajaba todo el día y cuando llegaba lo único que quería era paz y que las chicas estuvieran listas para cenar e ir a dormir.

La puerta de casa había quedado abierta, Máximo pasaba caminando por el frente y la Mengacha había salido justo para provocar el choque. Había fingido, naturalmente, la casualidad, pero Máximo se asustó de todos modos porque venía en su mundo. Se pidieron disculpas al mismo tiempo y noté que él se sonrojaba. Detrás de ellos, vi aparecer una sombra con forma de hongo próxima a la puerta de rejas blancas que separa la vereda del pasillo que lleva hasta la puerta principal de mi casa, y a medida que se acercaba más y más, me di cuenta de que se trataba de la cabellera rulienta de Leandro, que venía caminando detrás de sus padres y estos, a su vez, detrás de Máximo, a quien habían ido a buscar a la parada del colectivo.

―Por seguridad– le dijo la señora de Balccini a mi madre cuando pasaron y se saludaron amablemente rejas mediante. Ana se quedó hablando con ella todavía un rato más por el terror que le generaban los extremistas, que ya no se podía salir ni a la vereda por miedo a que te pusieran una bomba; y ese tema la llevó a mi mamá a contarle a la vecina la historia de los inquilinos anteriores, los primeros dueños de la casa de al lado, unos inmigrantes italianos que habían sabido lograr un prestigio social debido a una empresa de caños y perfiles que habían podido levantar por la época de Yrigoyen. Apenas pudieron construir la casa de al lado, comenzaron las épocas oscuras y un día dejaron de amenazarlo para fusilarlo directamente en la puerta de su casa. –Ahí lo encontraron– decía mi mamá– y le señalaba la baldosa donde había caído muerto. –Dicen que fue una locura, no había nadie a esa hora que entraron a la casa y lo acribillaron–. La cara de Ana quedó estupefacta y Carlos, al advertir que la conversación se estaba tornando peligrosa, adujo tener cosas pendientes, se disculpó y se fue hacia su casa en compañía del hijo mayor que seguía sonrojado por ese choque que había tenido minutos antes contra los senos duros de la Mengacha y luego el perdón a dúo, la vergüenza y la risa. Leandro, por el contrario, se mantuvo en silencio y al acecho, como si aquella historia del hombre siendo asesinado por otros hombres lo alimentara por dentro y le diera motivos para justificar el uso regular de su violencia. Así fue como en un momento alcanzó a verme, agazapada, espiándolo desde la escalera que da a la puerta de calle, y fue instantáneo. Se mandó adentro de mi casa sin que nadie advirtiera su presencia y luego corrió en puntas de pie hasta el descanso de la escalera que era donde me encontraba petrificada por la sagacidad de sus movimientos.

Cuando me tuvo enfrente me preguntó en voz muy baja, casi tocando con sus labios mi oído – ¿así que vos sos la putita que escucha esa música de mierda?– Yo seguí paralizada y no pude decir ni siquiera que las que escuchaban música frecuentemente eran mi prima y la Mengacha. Pero la Pirucha, que era más perspicaz que yo y que todavía estaba acomodando la valija con el mobiliario y las muñecas, largó todo cuando advirtió el tono amenazador de la pregunta y descendió hasta el descanso para retrucarle de inmediato –¡Y vos quién carajo sos, salame, dejala a mi amiga en paz!–. Leandro largó una carcajada descomunal y su madre, que seguía hablando con la mía, se dio cuenta de que su hijo se había inmiscuido en la casa de la vecina y como sabía del inadaptable comportamiento que tenía, no tardó en lanzar un grito seco e imponente – ¡Leandro, vení para acá ya o vas a cobrar! ¡Te dije mil veces que no molestes a las nenas!–. Pero Leandro ni se mosqueó, por el contrario, fue acercándose cada vez un poco más a la Pirucha, hasta que la tuvo de frente y la empujó adentro de mi habitación (yo los seguía por detrás) y así logró sujetarla con fuerza de la muñeca derecha y forcejearla hasta que la mano terminó adentro de su calzoncillo, mientras le decía al oído, en un tono amenazador –Vos vení para acá, putita, que te voy a hacer callar con esta en la boca– y gozaba, mientras ejercía un escandaloso movimiento de fricción sobre su miembro erecto con el impulso incondicionado de la mano muerta de mi amiga.

Desde entonces, la Pirucha no me dirigió más la palabra. Antes me había hecho jurar por todos los santos que no volveríamos a hablar de ese día. Y no lo hicimos. Ni siquiera hoy, a casi treinta y nueve años, puedo sacarme la imagen de la cabeza. La vida se tornó un antes y un después de eso; como la inocencia, que se nos quedó atragantada, interrumpida, por un salvaje que se nos cruzaba en el camino y nos la hacía trizas.

La Pirucha no volvió a hablar con nadie, en verdad. Siguió yendo al mismo colegio hasta que terminó la secundaria y como un pájaro que vive la mitad de su vida encerrado en una jaula, apenas se graduó, se fue a vivir a San Marcos Sierra. No la vi más. Pobre Pirucha, le cagué la vida… Si no hubiera estado en casa ese día, pienso todo el tiempo…

Leandro, desde aquella tarde fría de julio en que manoseó a la Pirucha en mi casa, tampoco me dirigió más la palabra, como si las que hubiésemos estado en falta hubiésemos sido nosotras, como si todo el daño que le hubiera hecho a la Pirucha no le hubiera bastado para tomar conciencia. Muy por el contrario, se notaba en sus ojos, cada vez que me lo cruzaba por el barrio, como un dejo de venganza, una última estocada que lo consagrara con la victoria definitiva. A veces pienso que debajo de todo ese pelaje de odio debía refugiarse un ser lastimado y débil. Pero también recuerdo cómo se le extraviaba la mirada cuando parecía brotarle rencor y una sed profunda de causar más y más dolor, como si estuviese atravesado por un mandato sanguíneo imposible de desviar.

Y así fue como sucedió lo de aquel 23 de diciembre del ‘78, el día de la fiesta de mi madre. Yo había salido de casa tipo una y media, después del brindis, para encontrarme con mis amigas del club y de paso zafar del gentío que se había amontonado en mi casa. Los Balccini también estaban ahí cuando Leandro me interceptó una cuadra antes de llegar al club y me pegó un empujón contra las rejas de un portón. Era domingo y no había un alma en la calle a esa hora; yo estaba llegando tarde porque las chicas habían quedado para comer en el club a las doce del mediodía. Antes de llegar a la esquina, Leandro apareció de la nada y me empujó contra las rejas, me franeleó las tetas y me dijo que si no quería terminar peor que la Pirucha, lo siguiera hasta la casa sin resistirme y calladita.

Los Balccini vivían en una casa muy grande, en forma de ele, con un terreno que daba a una cortada. En el terreno había árboles y verde, mucho verde; una pileta con forma de riñón enterrada; un tobogán y una calesita integradora, de esas que cuando sos chiquita te ponen al volante que está en el centro y te piden que hagas fuerza para que no deje de girar.

Entramos. No había nadie. Era la primera vez que estaba adentro de la casa de los Balccini. Otras veces mi mamá me había dicho de ir con ella cuando Ana, la mamá de Leandro, la invitaba a tomar el té. La relación entre familias se había hecho muy estrecha, obviamente, por el secreto que guardábamos la Pirucha y yo.

Me aterró ver la cantidad de revólveres que la familia exhibía cual trofeos, empotrados en la pared del living comedor, apenas atravesamos la puerta principal. Leandro me apuro para que siguiera caminando, casi en una penumbra macabra que me hacía imaginar bultos que pudieran hacerme trastabillar. –Seguí hasta el fondo– me dijo en voz muy baja. Y yo tragué saliva sabiendo que tal vez aquellas fueran mis últimas horas. Nunca tuve una sensación tan clara del peligro de la muerte como en aquellos instantes.

Fue para mí, ese día, lo que antaño para la Pirucha. Y tenía absolutamente claro que ya no había salida. Estaba adentro de la jaula de la fiera y sólo había una chance, la única, pero la más eficaz.

A pesar del terror que me corría por la sangre, el tono de Leandro no parecía amenazante, incluso hasta llegó a pedirme disculpas por haberle hecho aquello a la Pirucha; también por manosearme las tetas un rato antes, y vi un brillo que nunca antes había visto en sus ojos. Pero me llevó al fondo y me hizo atravesar una puerta (a veces me pregunto si las tres locas que viven actualmente en la casa de al lado la habrán abierto alguna vez).

Fotografia callejera, ciudad de Rosario | Autor: Martín Flores

Desde lo de la Pirucha yo no pude pensar nunca más en otra cosa que en devolverle la dignidad a mi amiga. Empecé a investigar los puntos débiles de Leandro y un día descubrí la forma de protegernos frente a sus ataques. Sabía que en algún momento volvería, lo supe desde el mismo día que nos dejó tiradas en el suelo, yo abrazando a mi amiga, y mi amiga haciéndose pis del miedo, entre llantos casi sin voz, y después las interminables pesadillas en que volvía, nos maniataba, nos vejaba, nos violaba y nos mataba.

Una tarde Ana tocó tres timbres largos que dieron la sensación de que podía estar en peligro. Mi mamá salió corriendo de la cocina para ver quién era; cuando atendió yo estaba asomada en el descanso de la escalera y desde allí escuché la voz agitada y entrecortada de Ana pidiéndole que urgente le prestara la inyección de insulina de mi papá que Leandro estaba teniendo un pico de hiperglucemia y se había desmayado. Mi mamá actuó rápido y buscó una que sabía tenía en un estante de la cocina; después fueron al rescate de Leandro. Ese día supe que el arma de destrucción más poderosa para él se encontraba en el seno de mi hogar y en varias aplicaciones. Así que robé una inyección y esperé que llegara el día que ambos sabíamos llegaría.

Al atravesar la puerta del fondo de la casa de al lado, nos encontramos en el terreno. A Leandro ni siquiera se le ocurrió revisarme la cartera. Yo sudaba y esperaba la muerte, pensando que el coraje no me alcanzaría. Pero cuando vi el agua podrida de la pileta algo hizo que empezara a pensar más fríamente. Y comprendí que tenía que seducirlo, intentar romper ese recuerdo horrible que nos había unido para siempre, y lo hice. Me le acerqué apenas pudo cerrar la puerta del terreno. Lo acorralé contra la pared y le dije que me gustaba mucho, desde siempre, pero con más intensidad desde aquel día. Él me miró a los ojos y comenzó a desnudarme, le pedí en un tono cómplice que nos echáramos sobre el pasto. Me aseguré de que la cartera con la inyección estuviera cerca de mí. Y en el momento en que empezaba a fingir que sentía placer, al tiempo que Leandro me chupaba desaforadamente las tetas, aproveché para estirar los brazos hacia atrás y agarré la inyección haciendo un esfuerzo con los dedos para evitar que se me notara. Le dije a Leandro que quería que me cogiera y cuando subió con su cabeza y su espalda a la altura de la mía y me abrazó en un gesto entre violento y cariñoso, le clavé la inyección por la espalda sin pensarlo y descargué toda la insulina en su cuerpo. Leandro aulló de dolor y en un reflejo de brutalidad me metió un trompadón en el centro de la nariz que me desmayó.

Cuando volví en mí, Leandro ya estaba muerto o al borde. Entré en pánico y lo único que pude hacer fue llamarla a la Mengacha desde el teléfono público de la esquina y contarle todo. Estaba desesperada, no sabía qué hacer. Enseguida me dio una orden: –No te muevas. Voy para allá.

Mientras la esperaba, llamé a mi prima y también le conté todo. Llegaron las dos casi al mismo tiempo. Las hice entrar y las llevé hasta el terreno. La Mengacha ni siquiera se sobresaltó al ver el cuerpo muerto de Leandro, al contrario, enseguida nos dio otra orden: –Vengan para acá, lo vamos a enterrar debajo de esa calesita– Y señaló la zona con su dedo índice. Luego mandó a mi prima a buscar una pala a su casa y a mí a empezar a correr la calesita de madera que era bastante pesada.

Cuando mi prima estuvo de vuelta, cavamos por más de dos horas, mientras sentíamos voces que venían de la fiesta de al lado, todavía, al atardecer. Estábamos exhaustas; pero seguimos hasta no dejar rastros visibles. Después nos fuimos a lo de la Mengacha y nos quedamos ahí hasta que volvieron los papás de las chicas que habían estado también en mi casa, invitados a la fiesta. Llegaron pasados de copas como a las once y media de la noche. La madre de las chicas nos mandó a dormir sin siquiera preguntarnos si nuestros padres nos habían dado permiso para quedarnos. Pero, como al otro día era ya Nochebuena y estaban bastante borrachos como para acompañarnos a casa, sin objeciones nos fuimos a la habitación de las chicas.

La noche del asesinato los papás de Leandro también durmieron, confiando en que su hijo adolescente habría hecho lo mismo que nosotras, quedarse en la casa de algún amigo, sin avisar, como de costumbre. Pero al otro día, cuando se hicieron las dos de la tarde y el cadáver ya empezaba a pudrirse, advirtieron que no lo habían visto ni hablado desde la tarde anterior. Ana empezó a llamar a todos los amigos de Leandro, a los primos, a la Comisión de padres de fútbol. Nada. Nadie lo había visto desde el sábado a la noche y hablado desde el domingo al medio día. Entretanto, como la Mengacha no daba puntada sin hilo, la misma madrugada de Nochebuena nos tuvo preparada una coartada. Ella sabía que Leandro venía de una familia de milicos y que por aquellos años la cosa estaba muy jodida, entonces nos dijo que teníamos que inventar una historia y hacérsela creer a sus amigos, los compañeros de fútbol.

Y como toda verdad nace primero de una mentira, terminamos haciéndoles creer a los amigos de Leandro que la tarde de ese domingo en que iba a encontrarse con ellos, nos había llegado una información de un vecino que no quería revelar su identidad, pero que al parecer lo había visto salir de su casa al medio día y apenas hubo traspasado las rejas del jardín dos hombres encapuchados lo habían interceptado, le habían puesto una bolsa en la cabeza y lo habían empujado hacia el interior de una furgoneta gris para finalmente llevárselo.

La hipótesis del secuestro y la represalia montonera pareció encantar a los principales medios de la época, mientras aumentaban los operativos siniestros de torturas y desapariciones forzadas. Tenían allí a sus demonios, jamás hubieran sospechado de la hija de la vecina. Y de hecho nunca lo hicieron. El último vuelo de la muerte le valió la vida a centenares de estudiantes universitarios entre el primero y el dos de enero del setenta y nueve.

Para marzo, los padres de Leandro ya habían rescindido el contrato de alquiler. Volvieron a refugiarse en casa de los parientes en el conurbano bonaerense. Se resignaron rápido. Sabían que aquello había sido un vuelto por los vuelos anteriores y lo aceptaron. Compraron la mentira que había inventado la Mengacha y se había expandido como un cáncer por todos los medios.

Nunca más volvieron por el barrio.

 

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