Cuentos | Una enorme tontería - Por Javier Núñez | Ilustra: Sebastián Lucaccini

Los tipos se acaban de ir, y Julia no puede dejar de pensar en el tipo de los ojos de rata. Gustavo está como si nada. Incluso bromea con los policías que le toman declaración. La va de canchero, acaso para descomprimir o para que los chicos se aflojen. Pero Julia no puede dejar de pensar en el tipo de los ojos de rata, en esos dientes apretados que parecían desgarrar las palabras. En todo lo que pudo haber pasado durante ese lapso incierto, de veinte minutos o trescientas horas, que había durado todo.

Acababa de decirles a los chicos que el padre, esa noche, se quedaría a cenar. Agustín preguntó si también se iba a quedar a dormir. No se animó a contestar: no quería hacerles ilusiones antes de tiempo. Pero los chicos perciben esas cosas y se habían dado cuenta de que algo pasaba entre los dos. Después de cuatro años separados, de haber superado la guerra fría que le siguió al divorcio y los abogados, en algún momento se habían acercado otra vez y llevaban algunos meses viéndose a escondidas de sus propios hijos. Todavía podían hacer que funcionara. Todavía querían que funcionara. Después de todo, no sólo tenían dos hijos en común: también habían tenido buenos momentos. Aquel Gustavo que se había ido desdibujando durante el matrimonio hasta transformarse en un hombre casi ausente, con la cabeza puesta solamente en sus actividades y que había relegado a la familia a un lugar de acompañamiento casi como una formalidad, le había dado paso después de la separación a un hombre diferente que se parecía, otra vez, a aquel con el que había soñado construir un futuro.

Y entonces los tipos habían entrado de golpe.

Ahora a Julia le parece que la primera sensación fue pura perplejidad y que el temor vino después. Lo único que atinó a hacer fue interponerse entre los desconocidos y sus hijos, los brazos abiertos como un cristo. «No toquen a los chicos», dijo. «Llévense lo que quieran pero no toquen a los chicos».

El más joven de los tres apenas debía pasar los veinticinco. Tenía la cara poceada, con huellas de un acné furioso y persistente. Los otros dos rondaban la treintena: uno era ancho, tranquilo; el otro tenía la cabeza afeitada y los ojos inquietos como una rata. Bien vestidos, caras descubiertas, confiados: se notaba a la legua que no era la primera vez que hacían esto.

—El que llevaba la voz cantante era el peladito —les dice ahora Gustavo a los policías.

Ninguno de los dos tiene uniforme: son de la brigada de investigaciones y llegaron casi en simultáneo con los dos patrulleros del comando radioeléctrico cuando los de la alarma dieron el aviso. Dicen que fue por las características del golpe. Que a lo mejor se trata de los mismos que vienen siguiendo desde hace un tiempo: una banda de afuera que suele operar de esta forma y en este tipo de propiedades.

—Tendría que haber vendido la casa —dice Julia de pronto—. No sé por qué me quedé con esta casa tan grande. Y tan lejos.

Los policías la miran sin decir nada. Le gustaría agregar algo más, pero se siente confusa. Va a la cocina a buscar más hielo para ponerse en el lugar donde le pegaron y deja que sea Gustavo el que hable con los policías.

Ilustración: Sebastián Lucaccini

La casa siempre le había parecido demasiado. Incluso cuando Gustavo todavía vivía ahí. Y cuando después del divorcio no le quedó más que eso —un elefante blanco, aunque la mayoría de los gastos los cubriera él como parte del arreglo—, se transformó además en un riesgo, una amenaza latente. Pero cómo desprenderse de esa casa que habían construido entre los dos y donde habían visto crecer a sus hijos. Siempre supo que algo como esto podía ocurrir. Que un día se metiera alguien a punta de pistola en busca de guita. ¿Quién iba a creer que no tenía un mango con una casa así? El de los ojos de rata no le creyó. Pasó de largo por las habitaciones infantiles. No le interesaron ni el LED ni la play station y no vio, o tampoco le interesó, el iPad que Gustavo le trajo a la nena de Miami y que estaba sobre la mesita de luz. Los llevó directo al dormitorio principal y la forzó, a cachetada limpia, a mostrarle la ubicación de la caja fuerte. Julia juró que no había nada y hasta le mostró el acta de divorcio para convencerlo de que se trataba de un error, que en esa casa no iban a encontrar ninguna fortuna porque ella no tenía mucho más que los ingresos de su trabajo en una empresa mediana. Le ofreció un fajo de billetes que había sacado del cajero en esos días: dos mil quinientos pesos. El tipo los arrojó a un costado como si fueran papeles sucios. Ella trató de abrir la caja fuerte sin éxito mientras, disimuladamente, oprimía tres veces el botón de pánico para que una alarma silenciosa se activara en la central de monitoreo. No sabe, no recuerda, cuál era la combinación numérica que trató de ingresar en ese momento aunque ahora que todo pasó el número le viene a la mente con claridad: 12-14-22. Sí recuerda, en cambio, con espantosa precisión, cada una de las palabras del tipo de los ojos de rata, y hasta su tono de voz:

—Abrí o le corto un dedo al nene. Vas a ver cómo recuperás la memoria cuando se ponga a chillar como un chancho.

Habían empezado a perder la paciencia.

—Cuando llegué no noté nada raro —sigue diciendo Gustavo. Uno de los policías anota todo; el otro permanece de pie, sin intervenir—. Paré el auto en la puerta y toqué el timbre. Me abrió Agustín, y en la cara nomás le noté que pasaba algo. Uno de los chorros había salido con él y me apuntó. Me hizo pasar al dormitorio, donde estaban los demás.

Lo dice con tranquilidad, como si relatara algo que le hubiera sucedido a otro o que hubiera ocurrido mucho tiempo atrás. A Julia le cuesta entender cómo puede estar tan calmado. Cómo pudo haberse mantenido todo el tiempo con esa sangre fría. “Hacé algo”, le había dicho ella, al borde de las lágrimas, cuando los tipos lo arrastraron hasta la habitación en la que, desde un rato antes, ella y sus hijos se sentían protagonistas de una película de terror. Él, como toda respuesta, simuló probar una combinación de la caja fuerte para poder activar el botón de pánico, como si a ella no se le hubiera ocurrido. Sólo que ella no lograba abrir la caja de verdad y él —Julia está convencida— ingresaba una combinación equivocada a propósito. Después se dejó empujar al piso para que le ataran las manos a la espalda. “Dales plata”, insistió Julia. “Vos tenés plata. En el auto: seguro tenés algo de plata en el auto.”

Gustavo, desde el piso, lo negó. Pero claro que tenía. Aunque en ese momento lo dijo por decir, ahora lo mira mientras habla con la policía, con esa tranquilidad pasmosa, y de golpe comprende que nunca deja la plata en el negocio antes de un fin de semana. El negocio rendía y movía mucho efectivo. Probablemente, piensa Julia, tenía una torta.

Por eso, a lo mejor —como intuyendo esto que ahora comprende— había insistido: tenés que tener. Y le pidió a los tipos que se fijaran en el auto de él, que se llevaran el auto, que se llevaran cualquier cosa pero que por favor no lastimaran a nadie. El de los ojos de rata le volvió a pegar. Te voy a quemar con la plancha, le dijo. Se ensañaron con ella porque comprendieron que Gustavo estaba ahí de casualidad. Abrí la puta caja o les corto los dedos a los chicos, le decían. Y le pegaban con la mano abierta pero con fuerza. Su cabeza iba de lado a lado como una pelotita de pingpong. Le parece que los chicos lloraban, o alguno de los chicos lloraba. Todo demasiado confuso. Incluso ahora, cuando trata de recordarlo. En un momento sintió que se le aflojaban las piernas: levantó los brazos para pedirle que parara. No sabe de dónde sacó el temple ni cómo le salió la voz.

—Si me desmayo no voy a poder ayudarte —le dijo—. Y si me seguís pegando así no voy a aguantar.

El tipo paró. Resoplaba como un caballo.

Julia volvió a probar. La caja por fin se abrió: el de los ojos de rata miró la caja vacía y pateó la pared. Se van a hacer matar, dijo, se van a hacer matar todos. Se agarraba la cabeza como si algo ahí adentro se incendiara y Julia temió lo peor. Después, de una zancada, el tipo se acercó a Gustavo y le apoyó el caño en la nuca.

—En la gaveta del auto —dijo Gustavo entonces—. Hay quince mil en la gaveta que está entre los asientos.

Ahora el policía le pregunta cuánto le llevaron.

—Ochenta mil —responde Gustavo—. Tenía la recaudación del negocio encima.

No se le mueve un pelo cuando lo dice.

Los policías terminan de tomarles la declaración y se despiden. Gustavo los acompaña a través de la galería hasta la puerta de calle: añade algo más —algo que acaso acaba de recordar y que cree que puede ser útil para la investigación— y después les estrecha las manos. Los policías se suben al auto y Julia se acerca hasta él. Los chicos se quedan en el living, sin salir. El auto se aleja por la calle vacía: los pocos vecinos que se asomaron a ver qué pasaba cuando llegó el patrullero ya hace rato que volvieron a entrar. Julia tiene algo atragantado desde hace rato. Lo escupe de pronto:

—¿Por qué no dijiste antes que tenías plata en el auto?

Gustavo la mira como desde muy lejos. Antes cuándo, pregunta.

—Cuando te pedí que les dieras algo. Dijiste que no había plata en el auto.

—Ya iba a llegar la policía. Teníamos que hacer tiempo.

Las palabras resuenan en la cabeza de Julia. Quiere decir algo más, pero Gustavo se encamina hasta el auto estacionado afuera y busca las llaves: primero adentro del auto, después alumbrando el piso con el celular. Las encuentra junto a la cuneta y las sacude en el puño cerrado con un leve gesto de triunfo. En ningún momento abre la gaveta: levanta, en cambio, la tapa del baúl. Hay un morral grande, abultado. Lo revisa con cierta inquietud o con expectativa. A Julia le parece que sonríe y que su cara recupera color. Después camina hasta ella y la agarra de los hombros. Le dice que todo está bien.

—Fue un susto grande pero ya pasó. Vas a ver que mañana todo esto te va a parecer una tontería. Sólo eso: una enorme tontería. Después de todo no se llevaron nada importante.

Entonces Julia retrocede con algo así como espanto: se aleja del auto y de él. Comprende, de golpe, la dimensión de lo que acaba de pasarles, de lo que les va a seguir pasando durante mucho tiempo más. El dolor y el miedo desaparecen pero lo que le queda, en su lugar, es una herida como de muerte. Porque Gustavo se equivoca. Se llevaron todo lo que valía la pena de esa casa. Todo lo que importaba. Gustavo se queda ahí, de pie en la oscuridad. Julia, dice, Julia esperá, escuchame. Pero ella lo único que quiere es entrar, cerrar con dos vueltas de llave, ir hasta el sillón y abrazar a sus hijos como si todavía tuviera que protegerlos aunque no sabe cómo, no sabe bien de qué.

 

Cuento publicado en el libro La feroz belleza del mundo (Casagrande, 2017)

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