Crónicas | Mi amigo invencible - Por Malvina del Olmo | Foto: Joaquín Ignacio Brito y Norberto Ayala PH

Me demoré en escribir esta crónica: estaba leyendo un libro y necesitaba terminarlo. Me demoré porque estaba leyendo Stoner, de J. Williams. Creo que, si como intuyo, los invencibles son lectores (o al menos el letrista lo es) me perdonarían el retraso (el condicional es porque no sé si van a leer el texto). La emoción que me causó Stoner aún golpea. Todavía estoy con las palmas hacia el techo dando gracias a la literatura.  

La noche del recital tuve que esperar en el Complejo Cultural Atlas algo más de una hora, por lo que pude apreciar que los mozos del bar y yo éramos los más jóvenes. Esta situación, que ya había notado en otras ocasiones en este centro cultural, se invirtió cuando empezó a llegar el público de Mi amigo invencible: la concurrencia era tan homogéneamente veinteañera que me cuestioné mi propia madurez. Como si estuviera haciendo cosas de niños para sentirme más joven. O quizás no era un tema etáreo, sino estético. La cuestión es que los dos Nachos (mis acompañantes) y yo, tan clasicotes, desentonábamos con la manada de flecos de colores y vestimentas vintage recicladas o nuevas que se extendía a nuestro alrededor casi como un sueño imposible. O como una pesadilla. Nuestro desconcierto era genuino. Estábamos en un Instagram humano. ¿Esto es el Indie?

Mi amigo invencible | Foto: Joaquín Ignacio Brito y Norberto Ayala PH

Sobre Camperas, la banda que abrió la noche, no tengo tanto para decir, salvo que hay un disco en Spotify, que quienes quieran pueden buscar y oír. A mí me resultó una actuación pobre, pero entiendo que eran apenas el soporte y los voy a volver a escuchar en auriculares.

Los invencibles llegan a través del hermoso de mi hermano, que siempre recomienda bien. La danza de los principiantes sigue siendo mi disco favorito de la banda, aún habiendo escuchado los otros, incluido el último EP. Es una composición redonda, impecable. Un discazo. Las melodías van desde el pop, funk, folklore. Siempre me río al pensar que podría armarse un lindo pogo con gente coreando una letra como «hombre caminando, hombre caminando». Igual no hubo pogo. ¿Es el minimalismo? A veces parece que las melodías le ganaran a las letras. Pero por otro lado también nos encontramos con letras futuristas, surrealistas, fantásticas (del género fantástico). Y muchas referencias literarias con las que, si una es un poco nerdy, se divierte y regocija. Por momentos recuerdan a la Illya Kuryaki de las primeras épocas. Supongo que por aquello del surrealismo. Esto pensaba cuando los vi en el Atlas. Antes no se me había ocurrido.

El recital se extendió durante algo más de una hora, en una sala que no estaba completa en su capacidad. La interacción de la banda con el público fue más bien poca, pero buena onda. Tocaron los conocidos «Noches de ciencia ficción», «Máquina del tiempo», «Gato negro pasa», «Gato blanco atrincherado», varios más que no recuerdo y los nuevos de Ciencias naturales.

Por momentos creo que podrían ser la banda sonora de una película de Lynch. «Frío, frío, frío, calor». Todo dicho con la voz enigmática y capturante (y presencia ídem; le inventé un adjetivo) de Mariano Di Césare, uno de los líderes de la banda. Faltarían una mujer súper sexy y un enanito, todos bailando la danza de la hipnosis o de la pesadilla.

Mi amigo invencible | Foto: Joaquín Ignacio Brito y Norberto Ayala PH

Al menos a los más viejos del público nos dejaron con las ganas de oír «Descanso sobre ruinas», que en nuestra opinión es una pintura de época sobre las relaciones amorosas de nuestra generación (¿los más pibes se mandan memes para coger?). Nos toca vivirlo, así que no somos los más indicados para hablar de esto. Igual nos quedamos charlando sobre la nostalgia, pero esa que nos hace anhelar lo que todavía no sucedió o ya no va a suceder. Y de cómo podemos hacer crecer la nostalgia en alguien más o menos sensible: con un verso dicho en voz alta, la dedicatoria en un libro, una canción tarareada en el momento oportuno. Muchas novelitas quizás, lo acepto. Repasando discos y canciones para escribir la crónica me cae de manera aleatoria «Leningrado», que en una parte dice: «Me abrigo por última vez/del frío de no poder ser». Creo que los buenos artistas son los que nos dicen (sin que ésta sea su tarea) algo sobre el mundo o al menos algo sobre su época. «Sólo soy lo que dejo/Ahora soy un recuerdo» (de «Esta casa»). Acá sigue golpeando Stoner.

Saltar de puentes rotos; decir más de lo que se piensa, pensar más de lo que se siente; querer nadar hondo pero sin mojarse; que el juego sea escaparle a la salida… Todos tópicos de las letras invencibles que hacen que juguemos al quemado, con cara de yo no fui. Los Invencibles tienen tanto material elaborado y comprimido en sus discos, que creo que lo justo sería tratar de rastrearles las raíces por mero deporte y porque todos están conversando con alguien que los preexistió. Pero más que ubicarlos dentro del Indie, habría que pensarlos como tranquilos, raros, desgenerados. Y no olvidarnos de su origen mendocino. Vayan la próxima a verlos. Y vayan al Atlas, que está más lindo que nunca y tiene muchísimas propuestas.


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