Crónicas | A cada rato me invento - Por Javier Galarza

«Vendí el portón de mi casa para venir a verte» reza una bandera. La persona que la levanta es la protagonista de esos segundos de show cuando su trapo es leído en voz alta desde arriba del escenario y provoca las risas de quien lo lee y quienes escuchan. Y ese chiste efímero, que pasará inmediatamente a la papelera de reciclaje de la memoria colectiva, sin embargo, dice algo más. A ver: una persona puso en venta una parte de su casa para pagar la entrada para ver a su artista favorito. Sacrificó algo de su propiedad, incluso tomando el riesgo de hacer su vivienda más insegura para estar hoy, acá, en puntitas de pie, estirando todo lo que le da los brazos para que su ídolo la lea. Ahora bien, pongamos que es mentira, que nadie vendió nunca un portón, hay al menos unas cuantas horas de dedicación a este instante: comprar una tela, comprar pintura, pensar una frase, escribirla. Sea cual fuere la vedad, lo que subyace en ambos casos es la pasión y el amor de una persona (multiplicada por miles) por Ulises Bueno, la última gran sensación del cuarteto.

La temperatura de un dígito no invita a salir a cuartetear. Sobre la calle que bordea al Parque Scalabrini Ortiz, la cola es de un par de cientos de metros. El tránsito es un caos porque a toda la gente que está viniendo al show se le suman quienes vienen al shopping, porque es viernes a la noche y recorrer el Alto Rosario es un plan de viernes a la noche. Hacer cuatro cuadras demanda a los autos varios minutos, e incentiva a los conductores a ingeniosos insultos, con el sonido de las bocinas como banda sonora.

La cola de gente para ingresar al concierto avanza considerablemente rápida. A los que se quedan deambulando, casi siempre se les acerca un hombre misterioso preguntando dónde venden las entradas, y sin esperar la respuesta, casi como sin quererlo, te tira un «porque nosotros estamos vendiendo por $500». Que agradable sujeto.

Dentro del recinto, dos indicios de lo que va a suceder:

1. El escenario es gigante. Ocupa casi todo el ancho del lugar y tienen una planta de luces enorme y pantallas led donde se proyecta constantemente el nombre del artista y dibujos varios.

2. En la barra venden gaseosa y cerveza. No fernet.

Conclusión: vamos a ver un artista mainstream, la sensación del momento, así que si te querías comer el viaje de los bailes de Córdoba, este no es tu lugar.

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La vida de Ulises es la vida de la familia Bueno, que es la vida de una familia a la que no le pasaron cosas ordinarias. El padre era Eduardo «Pichin», que a principio de los ’70 tenía una disquería en la Galería de las Américas, ciudad de Córdoba, para luego ser representante de sellos discográficos como CBS y Columbia entre otros. Ella, Olga Beatriz «La Bety», era empleada administrativa en una empresa editorial. Ulises respira por primera vez en este mundo un 26 de junio de 1985. Su casa en el barrio San Martín, es una casa cuartetera por naturaleza. En su pieza «Uli» escucha al Cuarteto Leo, al Cuarteto Berna y al Cuarteto de Oro. Y a la Mona, por supuesto.

Una familia poco ortodoxa dijimos: Ulises no hizo la escuela. Solo llegó hasta jardín porque su hermano mayor se le dio por ser cantante y entonces el mandato familiar era seguirlo en las giras por donde quiera que sea y claro ¿cómo alguien va a ir a la escuela si un día está en Buenos Aires, al otro en San Salvador de Jujuy y al siguiente en La Pampa? A los 8 años se hizo su primer tatuaje. No fue un error de tipeo: a los ocho años.

El destino le tenía un par de buenos golpes preparados a Ulises. A los 10 años, su papá Pichin murió de un paro cardíaco. Para esa altura, su hermano ya formaba parte de los pósters de su pieza y de otras tantas piezas de adolescentes argentinos. Sin embargo a dos días de cumplir 15, Ulises se entera su ídolo, el mayor de los hermanos Bueno, ese superhéroe de pelos multicolores murió en un accidente de tránsito. «Nos reunimos los que quedamos en la familia y pensamos en suicidarnos todos», dijo hace poco. ¿Cómo seguir después de eso?

Llamale fuerza, llamale valentía, pero la familia se levantó. Ulises se levantó. Y comenzó a cantar. Primero en bares de Córdoba. Bien de abajo. Porque bueno ¿cómo cantar cuarteto cuando tu hermano fue el más grande de todos? ¿Cómo jugás al fútbol si sos Lalo Maradona?

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El Salón Metropolitano es grande y está dividido en 2 por unas columnas. De la mitad para adelante, la gente se amontona en cantidad. De la mitad para atrás hay más libertad. Se puede bailar cuarteto como dios manda y seguir el show por una pantalla gigante.

A las 22:15 sale «El Barba» y la gente explota. Aplausos, gritos. Es el cliché de las reacciones que vemos en los concierto de artistas de pop latino. La banda está compuesta por 14 (¡catorce!) músicos. Breve repaso de la génesis del cuarteto: formación de 10 a 12 instrumentos que por cuestiones organizativas y de sustentabilidad económica se redujo a solamente 4 (de ahí el nombre). Entonces pensar en una formación con más del triple de integrantes, con 3 teclados (dos de ellos dobles) parece una exageración. Pero vamos, quien es uno para andar juzgando si el bueno de Ulises quiere meter a un amigo suyo a tocar el triángulo y tirarle unos mangos.

Foto: La Guía del Ocio

Ulises canta y, o nadie lo nota, o hay una especie de pacto tácito en dejar pasar el hecho: su voz es muy diferente a los discos. Una voz muy grave, carrasposa, impostación que podría ser la combinación en partes iguales de Ricardo Iorio, Cacho Castaña y el Maradona más zarpado que recuerden.

Las primeras canciones («Creo», «El Cristo de Magdalena») le pegan a la iglesia como institución y es todo lo que está bien porque venimos de una semana teñida de verde donde la iglesia es el enemigo.

Momento clave: los hits. Ulises tiene dos que sabemos todos: «Intento» y «Dale vieja dale» y pasan por la lista de temas con la misma efusividad que el resto de las canciones. Porque acá el público («uliseros y uliseras», me dicen) conoce todo su repertorio y los que no, los menos, los que estamos más atrás, simplemente nos dedicamos a hacer barra y bailar a paso cortito. Después de una hora, la banda se despide. Ulises dice: «hacemos un corte y ya venimos» pero el corte no es tal. Inmediatamente aparece una chica y arranca a cantar. Las pantallas de led lo enrostra todo el tiempo: Magui Olave.

Magalí Olave es la prima de Ulises. Su madre es la hermana de Beatriz. Magui era corista en los inicios de la carrera de su primo y en uno de eso bailes conoció a Matías Suarez, futbolista que por entonces jugaba en Belgrano. Se enamoraron. Suarez se fue a jugar al Anderletch de Bélgica donde la rompió toda y en 2011 es elegido «Jugador de la temporada». Está en YouTube el video de la ceremonia de entrega de premios: Magui, de vetido largo cantando «El frío de tu adiós», un tema de la portorriqueña OlgaTañón, pero que ella conocía por los cordobeses de La Barra. Pantalla partida, ella cantando, él viéndola emocionado, frente a la crème de la crème del futbol belga. Magalí tenía pasta para cantar y de yapa, si lo queremos ver de esta manera, el clan Bueno- Olave seguía evangelizando, hasta llevar el cuarteto hasta Bélgica.

Suarez vuelve a la Argentina, a Córdoba y a Belgrano y Magui dice que bueno, que sí, que tal vez sea su momento y acá la vemos, con un set dignísimo y un manejo de escenario envidiable. Lo que no quita que hayan sido eternos sus 45 minutos: imaginate que vas a ver a Los Stones y a la hora de show aparece La 25 a tocar 15 canciones. Incomprensible.

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La pantalla de led es contundente: «por entradas agotadas, nuevo show, 15 de octubre». Somos unas 6 o 7 mil personas que colmamos el Metropolitano, el show aun no terminó y ya sabemos que habrá nuevo encuentro entre uliseros y uliseras con su ídolo, previo paso por el Luna Park, su ¡séptimo! Porque el mundo de Ulises Bueno es así: acá no hay nostalgia, todo es puro presente y futuro.

La banda vuelve para brindar el peor momento de la noche. Perico, el encargado de tocar las congas se pone una peluca, un vestido y empieza a pasear por todo el escenario. El cantante y el locutor ríen. El conguero travesti improvisa un desfile, tira besitos. El resto de la banda y el público también rien solo porque…es un travesti. Año 2018 y con toda el agua que pasó abajo del puente, la transfobia le sigue pareciendo graciosa a mucha gente.

Ulises ya tiene a todos rendidos a sus pies a pesar de que el show de a ratos fue monótono y musicalmente en varios momentos hizo agua. No importa. Acá vinimos a bailar, y bailar es lo que estamos haciendo. Sobre el final Ulises canta el himno, básicamente porque puede. Total esto es un fiestón y si suena el himno, nos abrazaremos, y cantaremos que el que no salta es un inglés y toda la parafernalia nacionalista. Porque todo esto, las sonrisas dibujadas, los pasos cansados de acompañar el tunga tunga, todo eso lo puede un tipo al que la vida lo molió a cachetazos, que se inventó a sí mismo, que hace canciones que le gusta a la gente, que a pesar de todo nunca pierde la sonrisa y que lleva el acento de Córdoba Capital.

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