Apuntes sobre un miedo - Por Laura Hintze | Fotografía: Agostina Demarchi

«se va a caer / se va a caer»
La ola feminista

Mis amigos de El Corán y el Termotanque me pidieron un texto sobre el aborto y yo se los prometí. Me lo pidieron hace bocha, y éstas, a pocas horas del debate, son las primeras líneas. Sonrío de sólo imaginarme sus caras cuando estén leyendo estos renglones. También les aseguré que tenía varios apuntes hechos. Pero no, nada que ver. Lo que tengo, sí, es una cosa, como una maraña. Porque desde que me pidieron que escribiera sobre el aborto no paro de pensar en qué voy a escribir, qué tengo para decir, aportar. No se me ocurre todavía. Pero de algo estoy segura: quiero escribirlo, quiero que salga de acá, quiero y sobre todo necesito desenredar esa cosa que es pedir por el aborto legal.

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Es como una sensación que me agarra de los pies a la cabeza. Una cosa medio de temblequear, apretar los dientes, tensionar los hombros, ahogar gritito. ¿Y si sale? ¿Y si posta vivimos en un país donde el aborto es legal? Dejame decirte por si no entendés la magnitud: la-can-ti-dad-de-mie-dos-que-se-des-va-ne-cen. Yo no había sido consciente hasta hace poco de uno de los miedos más zarpados que tengo: estar embarazada, tener un aborto espontáneo, que no me crean en el hospital e ir presa. Flasheo. Y no, no es de exagerada. Pasa, pasó y ojalá no pase más. Y sabes qué pasa también: que embarazarse y abortar no es un miedo para las pibas como yo; porque de acá o allá conseguimos el misoprostol, porque tenemos las amigas o la pareja listas para acompañarnos, porque pasa. Pasó. Y seguirá pasando. Y lo hacemos y vivimos. Pero en el momento en que salimos de ese rincón y nos acercamos al Estado, todo se vuelve turbio. El Estado es riesgoso, la salud pública es nuestra enemiga. Por eso me da más miedo eso, un aborto espontáneo, mi biología actuando sola. Me da miedo por la tristeza. Y por la criminalidad. Porque encima de todo mirá si me tengo que fumar las miradas que me ponen en duda, dar explicaciones, quedar en cana.  Me muero de miedo. Pero capaz (y empiezo a temblequear, apretar dientes, tensionar hombros, ahogar gritito) desde el jueves estamos más cerca, y después vamos al Senado, y sale. Y después, todo es más fácil. Dejame preguntarte por si no entendés la magnitud: ¿Vos sabés lo que es que se te desvanezca un miedo? ¿El alivio de empezar a preocuparte sólo por espíritus chocarreros y resto de sobrenaturalidades que no involucran que tu cuerpo sea clandestino?

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No sé cuándo empecé a pensar que el aborto era una posibilidad. Tal vez siempre me pareció absurda la idea de condenarme a ser madre, porque me hayan violado o porque simplemente fui una putita más que abrió las piernas. Lo que sí sé es que siempre estuvo. Que desde la adolescencia hay alguien conocido, más o menos cercano, y hasta querido que se practicó un aborto. Que más de una vez levanté el teléfono y era una amiga o amigo pidiendo una mano, buscando un contacto para las pastillas, necesitando a las socorristas.

Me acuerdo de una vez que una piba de la escuela tuvo un atraso. Teníamos 16 y al toque pensamos en el aborto. En ese momento no hablábamos de misoprostol, sino de médicos y clínicas. Averiguamos y el lugar más seguro y discreto le cobraba 6 mil pesos. No sabíamos de dónde sacar esa cantidad de plata y mientras flasheabamos con una vaquita colectiva, a la piba le vino. Entonces respiramos profundo, y a otra cosa mariposa. Un par de años después, o al año siguiente, nos llegó el manual de cómo hacerse un aborto y apareció el misoprostol en nuestras vidas. Sabíamos, además, de la ginecóloga más piola y de la farmacia que vendía las pastillas sin recetas. Sabíamos qué decir cuando llegaba el momento de ir al hospital. Sabíamos también que había una clínica segura, pero lo atendía un varón y lo quirúrgico siempre daba más miedo. Sabíamos que hay muchos lugares más. Una chica una vez me contó de uno con portón negro, donde le hicieron el aborto y ella estaba totalmente dormida; que se despertó y estaba todo bien, todo limpio. Y que se preguntaba qué hacen con eso, qué hacen con todo eso, dónde lo tiran.

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La primera vez que tuve mi pañuelo verde fue en 2016, durante el Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario. Me lo dieron en el centro de la plaza San Martín. No recuerdo con detalle cómo sigue la secuencia, pero sé que tuve dos y uno se lo regalé a mi mamá. Tampoco sé si hasta ese momento habíamos hablado de su postura frente al aborto, pero ella al toque se lo ató. Cada vez que mi mamá sale a defender el aborto o la veo con el pañuelo que le regalé me siento feliz. Es como que una sensación de paz viaja en el tiempo y por cada año de adolescente, de joven, me siento tranquila. Si a mí me pasaba, ella hubiera estado para mí.

Me encanta que esta sea la revolución de las hijas, de las más pibas, de las adolescentes. A mis amigas y a mí, que andamos rozando o pasando los 30, nos pega con nostalgia y la más linda de las envidias. Una y otra vez nos repetimos que qué fácil y distinto hubiera sido ser mujer si de chicas nos pasaba todo esto. Pero también nos pasa algo fantástico: empezamos a hablar con nuestras madres, abuelas y tías; nuestras ideas e inquietudes dejan de ser tabú o vergonzosas. No somos amigas de ellas pero sí nos encontramos como mujeres. Y nos pasa otra cosa genial: nos encontramos entre nosotras.

No sé si le sucederá al resto, pero desde que el aborto está en debate mis amigas son mis principales trincheras. Antes también, claro, pero ahora todo tiene un girl-power irremplazable. Siento que las necesito para todo: desde confesarnos que Lipovetzky nos cae cada vez mejor, hasta ese miedo o placer más profundo. Celebro que desde que soy feminista y abortera, no me quedo más llorando en casa, sino que cuento con la otra y puedo salir corriendo a confesar no sólo el embarazo no deseado, sino también el desamor, la frustración, las alegrías. Nada como saber que estamos para nosotras. Sororidad, le dicen, aprendí de grande. Y es la palabra más linda del mundo.

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Mi nombre es Laura, tengo 28 años y no aborté. Menstrúo desde los 13 (¿o desde los 12?) y desde esa primera vez sé que puedo quedar embarazada. Nunca quise que me pase: desde que lo sé, le tengo miedo a esa maternidad, la que cae, por más que desee profundamente alguna vez tener un hijo/hija/hije, parir, amamantar, criar. Hasta el momento, tome o no pastillas, haya sido o no virgen, use o no forro, cada una de las veces que menstrué fue, es, un alivio: otro mes que no soy mamá. Otro mes que no tengo que abortar.  Otro mes que no tengo que decidir. Otro mes que no tengo que correr el riesgo de ir presa, de morir, de ser, por un par de días, una mujer clandestina.

Más de una vez me pareció muy piola, muy cool, pensarlo como un estado de Facebook, algo para el Instagram o Twitter; y en su momento lo había pensado para mi blog o fotolog. Un «¡Me vino! ¡Viva la menstruación!», posteado y compartido como un grito de alivio, una noticia maravillosa para celebrar con todos mis contactos. De más está decir: no pasó nunca, porque no da.

Durante las audiencias públicas en el Congreso de la Nación se habló más de una vez de los deseos. La primera vez que lo escuché fue con Dora Barrancos. «Defiendo el aborto legal para afirmar el derecho al disfrute sexual separándolo de la reproducción, porque es un derecho fundamental», tiró la mina, petisa, de 77 años. Yo estaba en el laburo y se me cayeron un par de lágrimas. Fue la primera vez que alguien me lo decía con tanta claridad y yo entendí algo. Más de una mujer heterosexual (y que un varón trans, seguro, aunque no pueda hablar por él) está cansada de que coger sea un riesgo de embarazo; ya no queremos que menstruar sea un alivio ni cargar la mochila de la anticoncepción siempre. Todo es tabú y todo es un drama, y siempre va a ser nuestra culpa.

Jimena Barón retuiteó hace poco a una chica que celebraba que en la vigilia de este miércoles iba a poder bailar sus temas feliz, empoderada y sin complejos. Más de una amiga espera ansiosa la aprobación para ponerse en tetas donde sea. Yo no veo la hora de que sea miércoles a la tarde para salir a laburar y teclear bañada en glitter. Pasa algo con todo esto, una sensación maravillosa: el aborto se parece cada día más a la idea de libertad. O al menos de estar un poco más cerca de ese deseo.

Desde los últimos meses el concepto me seduce. No tengo pensado abortar, no; no se trata de eso. Es mucho más simple: es una ansiedad total por vivir, por sentir que mis sensaciones y sentimientos me pertenecen. Aborto legal es sinónimo de que todo es más fácil porque nos pusimos en debate por completo. Cada una de las que habló en el Congreso se encargó de ser la voz de todas, o al menos de esa enorme oleada feminista arrasadora. Se dijo cómo es abortar ilegalmente, lo profundo del deseo de que lo clandestino se transforme en derecho, las violencias que sufrimos las mujeres, la intensidad con que se experimenta el empoderamiento, el miedo permanente a que nos violen, a que nos maten, a que nos obliguen a lo que no queremos. Parece que después de estos dos meses ya está, lo dijimos todo, están las cartas sobre la mesa. El aborto puede o no ser ley (que sea ley, che), pero ya se sabe: vamos por todo, a bailar para siempre y donde sea sin complejos.

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