Crónicas | Christine y Lea Papin - Por Lautaro Drapelo

Desde el grupo La Estación, recientemente distinguido por el Concejo Municipal, me invitaron al reestreno de Christine y Lea Papin, una obra estrenada hace 6 años. Mantenerse tanto tiempo con vida es un buen indicio de calidad para una obra de teatro. Prometía ser una experiencia interesante. Acepté, a pesar del frío. Hice bien.

Llegamos al Teatro del Rayo ubicado en Salta 2991. Elegimos una mesa y nos sentamos. Mientras mi compañera terminaba de leer un libro que le había prestado, me dispuse a ojear el nuevo número de la revista Truenos y Misterios del grupo El Rayo Misterioso, que carga con una extensa trayectoria y una mística única en la ciudad de Rosario. Pedimos una pinta para compartir entre los dos, porque en pocos minutos iba a sonar la campana para invitarnos a entrar en la sala.

Christine y Lea Papin

El libro en cuestión era La educación del estoico, de Fernando Pessoa1. Mientras esperábamos, leímos algunos fragmentos. «Sí, tuve esperanzas, porque todo es tener esperanzas o morir»; «Circunscribo a mí la tragedia que es mía. La sufro, pero la sufro de frente»; «Nacemos sin saber hablar, y morimos sin haber llegado a saber decir. Nuestra vida pasa entre el silencio de quien calla, y el silencio de aquél que no ha sido entendido».

Suena la campana. Apagamos nuestros celulares y entramos.

Una densa oscuridad es tímidamente interrumpida por un tenue candelero. Un breve silencio. Acto seguido se escuchan jadeos desesperantes que provienen del espacio escénico. Una luz fría deja ver a dos mujeres con sus cuerpos enredados sobre una cama precaria. El espacio cobra más luminosidad y aumentan a la par los jadeos. En simultáneo llegan las dueñas de la casa y se encuentran con un cuadro extraño y violento: no hay electricidad, muebles tirados en el suelo y libros deshojados. La señora llama a Christine, su empleada. Christine aparece en ropa de cama, desordenada en cuerpo y alma. Cruzan palabras poco amistosas que desembocan en la violencia física. Apagón. La obra comienza.

Las hermanas Papin trabajan sin descanso mientras las señoras de la casa juegan dominó. La Señora Lancelín (Pochi Gotri) les da órdenes a las hermanas, una cosa natural. Practica su discurso sobre las ventajas del dinero mientras Christine limpia la alfombra con un cepillo a sus pies.

Alejándose por unos momentos de su madre, la señorita Lancelín (Estela Argüello) mira a través de la ventana a un hombre de traje que tal vez es contador o abogado. Lo desea silenciosamente. Que su madre no se entere. Podría taparle la ventana, o algo peor. La actriz carga con un papel que quizás no es el más indicado para ella. Sin embargo, gracias a su desempeño actoral, pude sufrir junto a ella el desasosiego de mirar la vida pasar por afuera. Imposibilitada a decidir sobre su propia vida, fue condenada por su madre a ser una eterna «señorita». Esto le duele al personaje, a la actriz, y al espectador.

Pero en las sombras (del escenario, de la casa, de la vida) siguen estando las empleadas: las hermanas Papin. Christine (Lorena Salvaggio) se dedica principalmente a la cocina, mientras que Lea (Laura Wulfson) es la mucama. Todo tiene que estar extremadamente limpio, le dice Christine a Lea, porque la Señora quiere que la casa esté reluciente. Las hermanas cumplen con cada orden como si fuese una ley divina o natural. Pero debajo de la superficie acumulan una ira que pronto será incontenible. Ambas actrices sostienen una obra con muchas palabras (palabra poética, por momentos) explorando desde la manifestación del sentido interno hasta la marcada acentuación de la expresión.

La obra está basada en hechos reales. Las hermanas Papin existieron. Pude saber de antemano la trama y el final de la historia. Las hermanas Papin, impulsadas por la violenta opresión laboral, psicológica y física, asesinaron a sus empleadoras arrancándoles los ojos con los dedos. (No hay spoiler. La obra comienza con este relato.)

No puedo evitar pensar en el Edipo Rey. Tampoco voy a poder evitar –pensé durante la obra– interpretarla desde aquel simbolismo. Un hombre que se arranca los ojos porque descubrió las atrocidades que había cometido. Pero se los arrancó él mismo, empujado por la desesperación de haber tenido la verdad delante de sus ojos y no haberla visto. Edipo eligió cargar con el dolor de las acciones que cometió.

Christine y Lea Papin

El director de la obra (Hugo Cardozo) es psicólogo. En el resultado de la búsqueda creativa puede percibirse una intención de explorar e interpretar los sentimientos y las acciones de las hermanas Papin. La callada aceptación de Christine ante los maltratos de la Señora. Los impulsos eróticos de Lea. Sus deseos sexuales. El incesto. La decisión de destinar todas sus ganancias a la madre (personaje ausente en cuerpo, pero muy presente en la constitución psicológica de las hermanas), entre otras cosas.

Volviendo a la analogía con el Edipo, pienso que quizás las hermanas arrancaron los ojos a las señoras como un intento desesperado e inconsciente de querer hacerle ver que sus acciones provocaban un inmenso dolor en ellas, un dolor paralizante e impronunciable. El caso de las hermanas Papin intenta ser resuelto por los estudiosos en psicología hasta el día de hoy.

Según una reseña sobre la historia y el juicio de las hermanas Papin: «Lea fue condenada a diez años de cárcel y veinte de exilio. Christine recibió pena de muerte, conmutada por la internación en un manicomio, donde se negó a comer y poco después murió de anemia».2



Contacto
Grupo La Estación

1 Libro firmado, no por Pessoa, sino por su heterónimo: El Barón de Teive.

2Diario La Nación, 2013. https://www.lanacion.com.ar/1547334-el-crimen-de-las-hermanas-papin

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