Crónicas | City Center, ser parte (Parte II) - Por El empleado del casino | Ilustra: Perdido Eléctrico

Segundo mes de laburo. No sé si es por los cambios horarios, pero siento que llevo medio año acá adentro.

Entré al Casino recomendado por un amigo. Él fue de las primeras camadas y lleva como siete años trabajando en el área de juegos. Me acuerdo que, al principio, mi amigo sentía alivio de poder ayudar a su familia con la guita (parecido a mi situación ahora). Según él, era algo temporal mientras salía otra cosa pero, como no es fácil sostener horarios rotativos tan anormales, fue abandonando de a poco la facultad, sus hobbies y toda su vida empezó a girar en torno al trabajo. Decía que estaba cansado, que quería renunciar, pero al final se compró su autito en setenta mil cuotas y con eso se ató la soga al cuello. Con el tiempo dejó de juntarse con nosotros. Sus salidas pasaron a ser únicamente con sus compañeros del sector de juego y sus novias fueron todas empleadas del City. Incorporó los boliches y las drogas que se consumen en este ambiente y todas sus charlas eran sobre turnos, supervisores y pagos en mesa de paño.

Este sentimiento de pertenencia es compartido por varios, sobre todo supervisores, que se creen socios de la firma y son más vigilantes que los propios empleados de monitoreo. Aunque también abundan lxs que esperan ser despedidxs para que se les pague la antigüedad y lxs que simplemente tienen miedo de irse porque ahora no hay laburo en ningún lado.

City Center, ser parte (Parte II) | Ilustra: Perdido Eléctrico

Ojo, yo le agradezco a mi amigo que me haya recomendado, pero siento tanto rechazo por su situación que uso ese sentimiento como un chaleco antibalas que me pongo debajo de la camisa naranja cada vez que entro a trabajar. En este sentido me entiendo mejor con los de seguridad, con los que charlamos en algunas esquinas de los pasillos, en lo que (creemos) son pequeños espacios ciegos que se escapan de la vigilancia de las cámaras y los supervisores. Casi el 80% de ellos no duerme porque tiene otro trabajo. La mayoría tienen locales de ropa, rotiserías, ferreterías o talleres mecánicos. Son padres o abuelos que intentan remontar algún negocio propio para huir del City y disfrutar de sus familias. El problema es que, para lograr sostener este ritmo, están invirtiendo salud física y mental. Algunos terminan consumiendo cosas que los despierten y varios duermen a escondidas en los vestuarios, aprovechando los descansos de treinta minutos.

Por mi parte, este mes tuve que rotar de horario, así que estoy de nuevo con insomnio y diarrea hasta que me acostumbre al ciclo. Ahora estoy de tarde, casi desde que abre. El Casino está obligado por ley a cerrar de 5.30am hasta el mediodía, así que muchas personas aprovechan para irse en auto hasta el Casino Victoria, pasar la madrugada allá y volver acá cuando el City abre de nuevo (no me preguntes cuándo duermen, pero muchos están más de 24hs seguidas jugando).

Las personas suelen formar una fila en la puerta y entran corriendo cuando se abren las puertas al mediodía, para ocupar su máquina favorita. «Este casino es más grande, más lindo. Nada que ver con el de Victoria. Además me tratan muy bien», me dicen las abuelas con las que charlo mientras recorro las maquinitas slot, dándoles cambio. El turno de la tarde se llena principalmente ancianxs, desempleadxs y personas de las villas de alrededor, aunque también algunxs oficinistas aprovechan el horario cortado o la hora de almuerzo para venir a jugar un rato.

Pobres las abuelas, ellas están re-contentas con la atención que reciben acá mientras la mayoría de los empleados las insultan por lo bajo. Igual que cuando trabajaba de recepcionista, algunas pocas quieren charlar y contarte cosas (típico de gente mayor), salvo que acá nunca te cuentan de sus familias; acá todas las charlas son de su experiencia en el casino. Como mucho, una vez escuché a un tipo de sesenta que se quejaba de que no podía venir a una promoción del jueves porque ese día «le enchufaban a los nietos».

A veces les pregunto cuánto gastan por día. No puedo preguntarle a cualquiera, obvio, pero sí a varias abuelas. En promedio, muchas juegan entre dos mil y seis mil por día y van tres o cuatro días a la semana (los hombres jamás te hablan de números, salvo que ganen). Una anciana muy careta me dijo «yo vengo casi todos los días y juego de a diez mil. El otro día veinticinco mil, pero porque hace poco vendí algunas hectáreas. Además tengo buena jubilación y mi hermano, que también juega acá, es director de –no me acuerdo que escuela secundaria– así que gana bien. Menos mal que abrió el Casino, porque nosotros organizábamos juegos nocturnos de Canasta por plata antes de esto».

Por lo general, ningún jugador te dice que «gasta» o que «pierde» dinero. No hacen cuentas reales, sólo te dicen lo que ganan. Como máximo, si el casino los viene pelando fuerte, te dicen «es una mala racha, es así». Y aunque todos reconocen que, desde hace tres años, las máquinas fueron reconfiguradas para dar menos premios, igual insisten en hablar como si existiese una cuestión de energías o «humor» detrás de la estadística del sistema. El otro día me dolió el pecho cuando tuve que acompañar a un cartonero que no sabía leer ni escribir al sector de Atención al Cliente para que pudiese conseguir tres míseros cupones para el sorteo mensual del auto 0km. «Después de todo, el cupón que sale es uno sólo. ¿O no?», me dijo sonriendo. Yo tragué y le sonreí en silencio. No le dije que, mientras él gasta el poco dinero que tiene en las máquinas y saca de a un cupón, otras personas de ingresos turbios imprimen de a setecientos o más. No le dije que los autos los ganan siempre los mismos clientes.

Esto que estoy reflejando sería la fauna visible del lugar, porque el casino funciona como un panóptico que todo lo vigila pero que se preocupa por tener espacios que el público no suele ver. Estoy hablando de los sectores VIP, espacios de acceso restringido y custodiados por empleados de Atención al Cliente con listas de ingreso.

Los VIP son dos: uno de mesas de paño y otro de maquinas slot, en el subsuelo. Creo que ambos sumarían un total de ochocientos o novecientos clientes.  El VIP paño es el más exclusivo de los dos y, por ende, el de mayor costo de ingreso y mayor nivel de apuestas. Es el único VIP con un jefe de juegos vigilando desde adentro. Acá hay clientes que pierden cuatrocientos mil pesos un día y vuelven tranquilos a jugar al día siguiente. Por la tarde suelen venir muchos asiáticos y sus familias (según mi amigo de Atención al Cliente la mayoría son dueños de supermercados chinos, pero no sé cuánto hay de estereotipo racial en eso). Por la noche, recuerdo que eran más que nada hombres de entre cuarenta y sesenta años que entraban como si estuviesen en su casa. Vi pocas mujeres.

City Center, ser parte (Parte II) | Ilustra: Perdido Eléctrico

En cambio, el VIP slot es el que frecuentan los gitanos, que tienen la costumbre de salir al baño del costado cada media hora y volver refregándose la nariz. También una mayoría de mujeres de más de cincuenta años, aunque también hay un público fijo de hombres de distintas edades. De esta forma, cada VIP tiene su etnia y mueve montos diferentes de dinero, aunque estimo que hay una diferencia de 5 a 1 en los montos que se juegan dentro y fuera de estos espacios más top.

A veces las luces artificiales y la ausencia de relojes me marea y pierdo la noción del horario. En esas ocasiones, aprovecho mi momento de descanso para salir por un costado al hall del City Center y ver el cielo. Mientras se vuelve a calibrar mi reloj interno, me quedo mirando el hotel Pullman a través de las puertas vidriadas. El mismo hotel en el que se alojaba Luis Medina antes de ser asesinado a pocos metros de dónde estoy parado ahora.

Es importante ver el panorama general para entender dónde estamos parados y decidir si vale la pena sentirse parte o no.


City Center, en la entraña de la bestia (Parte I)

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