Crónicas | Efecto Nostradamus - Por Ernesto David Sánchez

Te propongo un juego: supongamos que estás viendo un animal. Es peludo, de cuatro patas y ladra. Vos vas a decir «es un perro» pero entonces viene alguien y te dice que no, que no es un perro. «Pero mueve la cola si está contento y cuando le tiro la pelotita me la trae. ¡Es un perro!». Pero te dicen de nuevo que no, que eso es un chancho.

«¡Es un perro!», decís y te enojás; ya empezás a desesperarte. Entonces vienen veinte personas más y te dicen de nuevo que eso es un chancho. Estas personas son insistentes y empiezan a perseguirte todos los días, todo el día. Cada día tienen formas distintas de decirte lo mismo, que eso es un chancho. Insisten tanto que convencen a tus familiares y tus amigos que este animal peludo que ladra y mueve la cola es un chancho. Pasan los días y los meses y no dejan de repetírtelo. Chancho, chancho, chancho. Hasta que un día ves de nuevo a este animal paseando con correa en el parque y pensás «¿Qué hace ese chancho acá?».

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Cuando era más chico hubiese leído este ejemplo y hubiese pensado que era gracioso porque la persona termina creyendo una mentira. Ahora cuando lo leo me da miedo, porque mi profesión es estudiar la mentira.

¿Dije estudiar la mentira? Me corrijo: lo mío es la mentira elegante; le decimos «construir la realidad» y es parecido a la parábola del perro. Trabajo en una agencia de publicidad, al mismo tiempo que me dedico al cine y a la comunicación social. Es decir que te vendo cosas que no necesitás, te cuento historias inventadas (ficción) y te informo con los medios de comunicación (ficción aceptada por todos como verdad). Mucha atención a esto último, porque va a ser fundamental para entender el «Efecto Nostradamus».

Pero, ¿en qué se diferencia la mentira de la construcción de la realidad? Yo lo entiendo así: cuando «construyo realidad» no necesariamente te estoy mintiendo; sólo te muestro las cosas de forma que pienses que mi opinión es la verdad más evidente e indiscutible. Y si te lo estoy mostrando vestido con un traje elegante, a través de un medio que vos consideres «serio» y con palabras que suelen muy inteligentes, te aseguro que en algún momento voy a lograr que digas «chancho».

«¡Pero entonces esto es gravísimo!» Sí, claro que lo es. Pero ojo, el problema no soy yo. ¡Yo soy un buen pibe! Fijate que incluso te estoy contando cómo se hace la milanesa que te venden como «la verdad de la milanesa». Sin embargo, ¿qué pasa cuando esa milanesa te la enchufa gente nociva? La carne podrida en algún momento te puede enfermar. Bueno, la única solución a eso es que puedas escuchar muchas versiones diferentes de un mismo tema y puedas decidir vos cuál te parece más razonable. Esa, ni más ni menos, es la importancia de la Ley de Medios y su carácter anti-monopólico. Porque nada -pero leeme bien-, NADA te vende tanta carne podrida como una cadena de medios de comunicación.

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Me tomé el tiempo para hablar de esto porque me parece que es, sin exagerar, el tema más importante de todo el siglo. El tema que impacta sobre todos los demás temas y que es imposible de evitar si queremos que el mundo cambie para mejor. Teniendo en cuenta eso, es lógico que el arte también se preocupe por abordarlo, y ese es el caso de «Efecto Nostradamus».

«Efecto Nostradamus» es un juego teatral. Una obra medio grotesca, medio poética, que nos va tirando puntas que parecen dispersas pero que, en el fondo, quiere poner en discusión una mirada del mundo: quiere ver cuál es el impacto que tiene en nosotros esa «construcción de la realidad» que hacen los medios.

En los personajes de la obra se ve el temor, la paranoia, la repetición de discursos de forma automática y, también, la falta de reflexión sobre nuestra propia forma de vivir el día a día. Todas esas son posibles actitudes que nosotrxs mismxs tomamos ante el mundo de la información, y la obra las rescata y las lleva al extremo para que nos resulten graciosas o chocantes.

Es un gran acierto que en la sala de espera te den vino porque esta es una obra para ver medio entonado/a. Tal vez porque se inspira en la demencia de sus personajes, «Efecto Nostradamus» tiene un ritmo trunco, como el de un jeep que da tirones. Es un teatro cercano al clown que apuesta a una expresión corporal muy exacerbada para causar al mismo tiempo gracia y rechazo, así que lo más destacable del trabajo es la energía que eso les implica a los actores. Se podría decir que es una apuesta un poco oscurantista, con mucho potencial para lograr imágenes y situaciones muy impactantes aunque no siempre se las llegue a comprender. Para tratar de solucionar esto y generar anclaje (o sea, tratar de que se entienda que están queriendo decir), la obra le da mucha presencia al texto, volviéndose extrañamente una obra de humor físico muy dialogada.

En fin, para mí este trabajo tiene un valor agregado por el tema que trata aunque hay que reconocer que, en ese mismo terreno, la sátira radial de Diego Capusotto con «¿Hasta cuándo?» sigue siendo imbatible. Pero me parece muy importante que haya cada vez más propuestas artísticas que discutan el problema de la construcción de realidad, así como es importante que todas las personas sean conscientes de esto para que, por fin y de una vez por todas, le empecemos a decir perro al perro y chancho al chancho.




Contacto

Efecto Nostradamus

Ficha Técnica

En escena:
Luciano Emanuel Carruega
Nahuel Soria
Daniel Cabral

Producción Audiovisual:
Diego Bonzi
Mauro Rici

Asistencia Técnica:
Mauro Rici

Dirección:
María Cecilia Borri

Creación colectiva
Grupo Chatarra De Osamentas Teatro

Prensa:
Marianela Druetta

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