Ensayos | El grito singular - Por Ezequiel Gatto

Toque

¿Se acuerdan de ese mundial que se jugó allá por junio y julio del año 2010 en Sudáfrica? Bueno, en la semifinal entre Uruguay y Holanda empezó a nacer la idea que inspiró este texto.

O eso creo, porque ¿es así de sencillo datar una idea? ¿Cuándo nace? Preguntarse eso es lo mismo que preguntarse por el límite de las cosas, por sus principios y finales.

Pero el ser humano, bicho periodizador, vive en gran medida de la eficacia de esos cortes retrospectivos. Hagamos, entonces, ese acuerdo imprescindible para contar cualquier historia; acordemos que en aquel partido -que Holanda le ganó a Uruguay- sucedió algo sin lo cual este texto no habría sido escrito jamás.

Ilustra: Robin Gundersen

Como muchas ideas, se gestó en un absurdo, un chiste. En ese relámpago revelador que suelen suscitar -o ser- los buenos chistes.

Éramos varios viendo el partido. Pongamos unos siete. Las simpatías se dividían: aquellos que reivindicaban como principal la cualidad progresista de la legalización de la marihuana, las experimentaciones psicotrópicas y el buen queso cheddar, hinchaban por los europeos; los que convocaban las misiones históricas de una Latinoamérica popular y revolucionaria, la fiesta del candombe y el departamento balneario de Rocha, se inclinaban por la celeste.

Esos gestos eran más bien los mecanismos reflejos que incita cualquier competencia: apostar por un posible vencedor. Con Argentina fuera del mundial, se trataba de elecciones de baja intensidad, identificaciones fugaces. Apuestas que, de sernos favorables, nos darían algo más parecido a la satisfacción de haber acertado que a la alegría de la victoria.

Tan es así que -diría un relator- «promediando el segundo tiempo», el más afrancesado del conjunto de amigos comentó que en Francia gol se dice but. Y que suena extraño en boca de los relatores, que no gritan but sino que apenas lo comentan. Luego de una rápida lección de pronunciación fracófona, nos propusimos, en caso de que hubiera algún gol, gritarlo a la francesa pero en modo argentino. Algo así como: buuuuuuuuuuuuuut!!

Fallamos: hubo un par de goles después de la propuesta que nos agarraron de sorpresa o habiendo ya olvidado la propuesta misma. Se sumaba así a mi vida un socio más en ese multitudinario club que no cesa de crecer: el de los proyectos inconclusos…

Pero me quedó una extraña sensación con el but, una molestia diría. La palabra no era la causa del malestar: lo que me perturbaba era su uso mesurado, lejos del grito, su presencia de poca monta, apagada, como en una sala de espera de un consultorio médico.

But vino y revino a lo largo de las semanas siguientes, como queriendo avisarme algo, alertarme. Era cosa de salir a caminar y but, de despertar y but, de bailar y but, de leer Hermenéutica del sujeto y but. No paraba de hacerme señas…

Fue entonces que, fiel a (o presa de) mi impulso a la antropología y la enunciación eufórica de leyes universales sobre y para el devenir de la especie humana, encaré una investigación audiovisual que me llevó un par semanas: básicamente, vi videos de goles en la red prestando especial atención al sonido de las tribunas y al de los relatores.
¿Gritaban? Y de ser así, ¿qué gritaban?

Puedo asegurarles que vi muchos videos en YouTube. Goles de todo tipo: de cabeza, a la carrera, de tiro libre, en contra, de contragolpe, de jugada preparada, a la salida de un córner, después de mil rebotes (un pie que apenas la roza y la ves viajar lenta), un bombazo que casi le arranca la cabeza al arquero, olímpicos, desborde y centro para atrás, y siete u ocho etcéteras -como mínimo.

Pero, como supondrán, no era la factura del gol lo que me importaba sino sus efectos, por así decir, lingüísticos y emotivos.
En ese sentido, la búsqueda fue reveladora.
Es hora de comentarles algunos de los hallazgos.

Devolución

De acuerdo con Vistawide.com existen actualmente 6912 idiomas hablados. Wikipedia no da números totales; la entrada Lista de idiomas por cantidad de hablantes es extensísima. Confieso que empecé a contarlos pero, cuando llegué al idioma número 234, el Kmer camboyano, desistí.
Me concentré, entonces, en los 13 mayoritarios. O sea:

.chino
.español
.inglés
.alemán
.portugués
.francés
.coreano
.árabe
.japonés
.ruso
.italiano
.sueco
.nigeriano (en verdad, el idioma mayoritario; youruba).

Aproximadamente 3.000.000.000 de seres humanos están (estamos) incluidos en este conjunto. De todos ellos, sólo los que hablan español y portugués, en el momento en que una pelota traspasa la línea del arco, gritan una palabra que significa ese hecho. La palabra, por supuesto, es gol.

Me explico.

En el resto de los idiomas los relatores anuncian el gol, pero raramente gritan. Y si gritan, vociferan onomatopeyas, ay ay ay ay ay, yeeeeeeeeeeeeees, u u u u. En otros casos el alarido del relator tiene la forma del nombre del que anotó: Dennis Bergkamp, Dennis Bergkamp, Dennis Bergkamp o Etó Etó Etooooo o Maicon, mio Dio, che bello, Maicon!

Ilustra: Robin Gundersen

Los chinos, los franceses, los japoneses, los rusos ni siquiera eso: anuncian el tanto como si llamaran por turno para pagar el agua o avisaran que un ínfimo accidente ha tenido lugar. Algo de lo que casi no vale la pena ni preocuparse. La narración del partido se da bajo una forma continua, monótona, que no establece diferencia considerable entre la modificación del marcador y, pongamos por caso, un saque de arco. Inversamente, la diferencia entre ese campo de juego que está siendo transmitido y la posibilidad de emociones es abismal. Esos relatores parecieran indicarnos que si hay un lugar emotivamente irrelevante en el planeta es ese donde les ha tocado estar.

Mientras tanto, los hinchas, sea donde sea, sí gritan el gol; es decir, refuerzan mediante un sonido un corte en el tiempo del juego. Pero si se distinguen en ese sentido de algunos de los relatores, los hermana con éstos la forma lingüística del festejo: ensayan únicamente onomatopeyas o acuden a los modos específicos de la afirmación en los distintos idiomas: yes, sí, shi, yact, ja… En medio de esta investigación le pregunté a mi contacto en París qué gritaban los franceses en las tribunas. Sus palabras fueron:

Es tristísimo. En la cancha, me parece que el francés, heredero de Vercigérotix y otros bárbaros galois, tiende a la onomatopeya, al grito primitivo cuando llega el gol. Acá –se refiere a un video en YouTube– se ve claramente, vienen cantando «Nous sommes les Marseillais!» y luego, cuando llega el gol, no dicen nada, aúllan. Creo que atisban a decir «ouai!», se pronuncia «ueeeeee!», es decir, en español, «sí» pero bajo la forma del «seeeeeee!».

El contraste con las experiencias en habla hispana y portuguesas es notable. Casi no me hizo falta chequear videos, el grito de gol es patrimonio cultural democratizado. Mexicanos, argentinos, brasileros, uruguayos, peruanos, venezolanos, bolivianos, chilenos, españoles. Todos, cuando la pelota traspasa la línea, llaman a las fuerzas que duermen con un ojo abierto en la garganta. Y ellas acuden y todo se vuelve explosión, momento en sí, ruptura. Una festividad monosilábica y exuberante. Las cuerdas vocales se tensan, como se tensa el cuerpo del deseo en el instante que precede la descarga. El placer de la descarga. Los relatores compiten secretamente a ver quién lanza el grito más sostenido, quién le imprime su voz, su canto, su entonación a ese grito diseminado por grandes zonas del planeta, mientras los hinchas se desquician con esa g que apenas se esboza para que la o se la trague entera, corra por el tiempo y se extinga abruptamente en una l que no siempre es audible.

Había algo raro en todo eso. La brecha emotiva merecía algún tipo de explicación.

Definición

Fue entonces que noté algo que no había notado antes.
Estaba, está, ahí, aquí, delante de todos, oculto por su hiperexposición, disfrazado en la familiaridad misma de la palabra.
Gol.
¿Qué hay en esa palabra?
Empecemos viendo lo que hay en las palabras que significan gol en las otras doce lenguas.

en alemán: Tor, también significa: tonto; meta; puerta; portón.
en francés: but también significa: objetivo, meta, fin, destino.
en inglés: goal también significa: objetivo, meta, arco.
en coreano; 골 también significa: objetivo, meta.
en árabe: فده (hádafa, se pronuncia jáedaef) también significa: objetivo, acercarse, blanco, intención.
en yorubá (nigeria): òpin ìsúré ìje (opin – fate; ije match; que podría traducirse como «destino de la competición». Precioso.
en japonés: 目標 (mokuhyou): meta, blanco, objetivo.
en holandes: doel, también significa: objetivo, fin.
en ruso: Цель (tzel): también significa: desatinar, dar en el blanco, fin, hito.
en italiano: segnalazione, también significa: señalamiento.
en sueco: mal, (mol) también significa: caso, harina, objetivo, destino,
en chino:目标 mu1 biao4 también significa: objetivo, meta

Como se puede ver todas las maneras de indicar que la pelota atravesó la línea del arco denotan otras cosas. Que es precisamente lo que no sucede con gol. Gol no quiere decir más que gol, es decir «pelota atravesando la línea del arco». Su secreto se aloja en esa exclusividad, fuente de un poder evidente y entrevisto a la vez. Todas las imágenes que convoca la palabra en español refieren al tanto. Nada de metas, nada de destinos, ni blancos, ni señalamientos. Una monosemia purita.

Sabemos que al fútbol lo trajeron los ingleses. Durante muchos años sus palabras constituyeron la materia prima para los recursos que permitían hablar de él. Y en el modelo agroexportador, mientras desde aquí viajaban vacas en todas las formas imaginables, desde allá llegaban, junto a las libras esterlinas, las presiones de los frigoríficos y los hierros para el ferrocarril, las palabras. Éstas, como cualquier otra materia prima, eran manufacturadas y consumidas en las tierras de destino. Sin perder rastros de su lugar de origen, se volvían aquí, necesariamente, otra cosa. Así, las posiciones en el campo de juego, durante un largo tiempo fueron remixes que evidenciaban su procedencia: centrohalf, centroforward, fullback, etc. Ya Ricardo Rojas, en torno a 1910, se preocupaba de la aparición de estas aberraciones perniciosas para la lengua española. Montado en la ortodoxia, proponía usar la «bella expresión», balompié. A mi, honestamente, balompié me parece una palabra horrible. Tan horrible como creer que las contaminaciones entre lenguas sean un fenómeno pernicioso. Y mientras Rojas se espantaba, otros se daban a la remodelación y ampliación de los vocabularios disponibles. De ese modo, apenas puesto el pie en tierras sudamericanas, offside devino orsai, football, fútbol, outball, autból, y goal, gol.

Quedémonos con el que nos importa ahora, el gol.

En esa apropiación y deformación (o mejor, reformación) goal fue despojada de todas las significaciones excepto la de «pelota atravesando la línea del arco». Esa masa de significados que goal había arrastrado en su itinerario hacia territorios hispano parlantes fue rápidamente adelgazada hasta quedar finita, disponible sólo para el acto supremo del fútbol.

Cosa muy distinta sucede con las palabras inglesas que se incorporan al vocabulario cotidiano, es decir, anglicismos: backup, on/off, pop, rock, marketing, sandwich, mouse, click, play, boom. Digamos que pasan limpias, conservando sus significados iniciales, y que esa misma permanencia la vuelve identificables. Dan cuenta, claro, de transformaciones y cambios culturales, de nuevas prácticas y nuevas presencias, pero la palabra no está sujeta a cambios de forma.

Ilustra: Robin Gundersen

Cosa muy distinta ocurre también con las apropiaciones que hispanizan expresiones en inglés y acaban creando nuevas palabras, es decir, el spanglish: en este rincón «tipear», un clásico; en el otro, una de las más extrañas que me tocó leer hace ya unos años: entre inmigrantes latinos residentes en Miami, «aspirar la alfombra» se dice: vacumear la carpeta (del inglés, to vacuum the carpet).

Lejos de las migraciones limpias, de las expresiones que vienen a suplantar o sobreponerse a enunciados nativos así como de la pronunciación en español de palabras anglosajonas, gol aparece como un deslizamiento lingüístico de pura creatividad colectiva, que instituye un privilegio, o una servidumbre absoluta, de la palabra al significado y que funciona como un atractor de energía. La palabra gol es un condensador fabuloso que acumula y lanza esa energía emotiva. Es como si su apropiación y reformación hubieran dado con el talle de la emoción. Cuando gritás «gol», no pensás en puertas, portones, metas, harinas, destinos, acercamientos, fines y tontos como sí están forzadosa hacerlo el resto de las lenguas. No hay dispersión, no hay otra referencia. La energía se canaliza toda en un mismo lugar, en un mismo sentido. Ese encuentro raro entre la emoción y lo unívoco produce esa otra rareza: el grito de gol y el gol como grito.


Extraído del libro «De pies a cabeza», compilado por Agustín Valle y J.M. Sodo, Interzona, Buenos
Aires, 2013.

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