Crónicas | En tu andar, veo mi andar - Por Javier Galarza

– Chicos, ¿birrah?

La chica de elegante jean ajustado, heladera en mano, camisa a cuadros y una remera de Los Ramones de esas que no son de recitales, si no de las que se consiguen en las boutiques del centro, nos pregunta si le queremos comprar una latita de cerveza. Seremos prejuiciosos pero su forma de nominalizar (decir «birra», no decir «porrón») y su fonética, estirando la «a» de manera nasal, que me sugiere que ella no va a ir al recital, y solamente vino acá a hacer su negocio.

«Acá» para nosotros es el Parque» o «la cancha de Ñuls», pero para los miles de extranjeros que nos visitan hoy, y nos visitaron la semana pasada, es simplemente «Rosario», lugar donde veremos en unas horas a La Renga, o el último bastión de una forma de entender el rock. «Rocanrol» me dirá un rato más tarde alguien a quien apodan «El Primo». «No es lo mismo rock, que rocanrol», teoriza.

Veamos. El rock es una música que nació para hacerte bailar y terminó por hacerte pensar. El rock es música pero su legado es lo que simboliza: la rebeldía, la contracultura, el cuestionamiento del estado de las cosas. ¿Y el rocanrol? Todo eso, pero bien de acá, con la esquina como trinchera geográfica e ideológica, el orgullo proletario, meta vino y porquería. Charly García es rock. La Renga es rocanrol.

«Lo más importante es que inventaron la familia renguera», insiste El Primo con su explicación y algo de eso hay. La sensación es que hermanos mayores vinieron con los más chicos.. madres con sus hijos. Tíos con sobrinos. Hombres y mujeres por igual y ese no es un dato menor: la paridad de género es una ley no escrita que se cumple en los recitales de La Renga. Primer prejuicio derribado.

El segundo prejuicio, no obstante, fue confirmado: cualquier actitud que desentone con la postura de aguante, bardo, chabón, está mal vista. Los recitales de La Renga son anacrónicos, remiten a otro momento de nuestras vidas, de nuestra sociedad: que la birra, que el vino, que matar un rati. Y si no, sos puto. La heteronorma una vez más rigiéndolo todo. Alguno dirá si son necesarias estas miradas con perspectivas de género y diversidad, y la respuesta es: sí, absolutamente, vos sabes que sí. En un momento histórico donde debemos plantearnos y replantearnos nuestras construcciones sociales y culturales, es absolutamente necesario pensar por qué ciertos sectores aún se mantienen impermeables a un cambio que ya está sucediendo. No somos los mismos de siempre.

***

Por Oroño desde 27 de Febrero hasta Pellegrini, de la mano que va hacia el norte está repleto de puestos. Repletos significa repletos: uno al lado del otro, durante 7, 8 cuadras. Remeras, pines y todo el merchandising que incluye iconografía del trío de Mataderos. La mejor remera es, por escándalo, una que reza «Pobreza y dolor sólo trajo el progreso», donde las tres primeras letras de «PROgreso» estaban dibujadas con el logo del partido del presidente.

Foto: @eltanomdp (Twitter)

Detrás de cada puesto de remeras, puestos de comidas. El público de La Renga es por default, carnívoro. Hamburguesas, chorizos, alguno de bondiola y uno que daba ternura como se denotaba foráneo sin saberlo, al vender «choriypaty».

Hablo con Leito – vamos a llamarlo así- que atiende una de las innumerables parrillitas al costado del mundo:

– ¿Se vende?
– SÍ, sale
– ¿Como hiciste para vender acá?

Leito me cuenta que arregló con quien ya sabemos que hay que arreglar para vender acá. No lo dice así: los nombra, al grupo de gente que desde atrás relojea todo, miradas panópticas de paravalanchas.

Pregunto:

– ¿De dónde sos?
– De zona sur, ¿vos?
– De Arroyito.
– No lo digas muy fuerte.
– Nah, pero nada que ver con ellos.
– No lo digas muy fuerte.

Los puestos se amontonan y sobresalen dos: uno, un muchacho que vende tartas veganas. En un recital de La Renga. Tartas. Veganas. No se veía una lectura tan mala de una situación desde aquel candidato que llamó a votar en blanco.

El otro puesto destacado de comida fue el de un muchacho que agarró un tacho, hizo un fuego arriba puso un disco de arado e hizo chorizos a la pomarola.

– ¿Cómo se te ocurrió esto?
– Hamburguesas venden en todos lados, esto no se le ocurrió a nadie. El sábado (pasado, primer show de La Renga en la ciudad) hicimos arroz con pollo.
– Tiene una pinta bárbara
– ¿Querés probar?

La aglomeración de gente va aumentando conforme llegamos a la rotonda de Oroño y Cochabamba. Es uno de los principales ingresos al estadio. De ahí podes seguir por Cochabamba, o doblar por la avenida Del Museo, o doblar por Lassaga, que de todas formas vas a entrar al mismo lugar. Porque los shows de La Renga son así: todas las ubicaciones, campo y platea, valían lo mismo. No hay campo VIP, no hay plateas numeradas y todo va para el mismo lugar, solo que muy bien ordenado y organizado.

Unos muchachos de chaleco fluorescente son los encargados de guiar la entrada, de indicarte si estás perdido. Muchos de ellos con tratos excelente e innegable acento cordobés. Policías pocos: algún patrullero de la GUM por Oroño yendo hacia el sur, alguno entre los primeros cacheos y el ingreso al estadio. Será que la presencia de las fuerzas de seguridad pueden generar un clima hostil con el público. Será que el público de rock -de rocanrol- ya vivió tantas, que ha aprendido a cuidarse solo. De todas formas, no da la sensación que justo sea hoy el día que vayamos a vengar a Walter, ni la cana parece estar ensañada con nosotros. Esta no es la experiencia de peligrosidad que nos vendieron los medios y por la que a esta banda el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires le suspendió un show a días de realizarse. Hablando de la libertad…

***

El escenario se ubica en la platea Gerardo Martino. Es impactante el despliegue técnico y escénico que tiene La Renga, aspecto que siempre tuvo en cuenta, desde que tocaban para pocas personas en El Galpón del Sur.

Son las 21:45 y hay muy poca gente en el estadio. Esto no va a cambiar. Traducción: muy poca gente son como veinte mil personas, pero teniendo en cuenta el poder de convocatoria de la banda, parece poco. El campo está en un 60%, la platea baja y alta en un 80 y 30 % respectivamente. Populares semivacias. Tiene sentido, hoy fue un día laboral y alguien que quisiera venir de San Luis, ponele, la tenía bastante difícil.

En no más de quince minutos la banda saldrá a escena y hay mucha gente afuera. Esto es porque ir a un recital de La Renga no es solamente ver las dos horas que dure el show.  Es viajar, parar en la ruta, hacer un asado, hacer la previa en las afueras, entonar himnos juntos, hacer más previa. Si nos perdemos el principio del recital no pasa nada, porque acá no vinimos a ver un recital, vinimos a vivir una experiencia. Si La Renga es el último bastión de una forma de hacer y de entender al rock es por esta experiencia que remite directamente a los conciertos de los Greateful Dead, en Estados Unidos. Repaso rápido: cuando el movimiento hippie murió, la banda comenzó a girar y a pasear su circo por todo el país y sus seguidores se movilizaban en masa para verlos y mantener esa mística y hacerla itinerante. Dijo Bruce Springsteen: «lo que importa no es lo que haces, si no lo que ocurre mientras lo hacés».

¿Y que hace La Renga mientras todo esto otro sucede abajo? Un buen show de rock, con un sonido potente (los tilingos dirían «de nivel internacional») y un repertorio que se basó en su edad de oro (96-01). Del resto, apenas pinceladas: «Corazón fugitivo», «Nómades» entre otras, para adelante, «Voy a bailar a la nave del olvido» y «El rito de los corazones sangrando» como únicos oldies.

Los que estamos cerca del mangrullo nos podemos mover en libertad. Saltamos en el lugar para sacarnos un poco el frío pero tenemos mucho espacio para nuestros costados. El pogo está en las primeras diez o quince «filas» y está lejos de ser lo violento que vinimos a buscar. El sábado dicen, fue otra cosa: tribunas llenas, denuncias de los vecinos por temblores, la cosa sana.

Suena «La Balada del diablo y la muerte» y si La Renga se ganó algo de respeto en todos estos años, es gracias a ésta canción: una gran historia, que enlaza temática y musicalmente con el rock nacional de los ‘70 y que si la hubiese escrito Manal, hoy todos hablarían de una obra suprema, pero lo hizo La Renga, que son «barriales» y «populares» entonces los periodistas musicales que vivimos entre discos de Thelonius Monk la denostamos. Clonaron más vende patria de lo que uno se imagina.

La Renga | Foto: @rengonzalo (Twitter)

El concierto cae sin embargo en una meseta y lo que sucede lo puede explicar mi madre, cuando hace quince años, mientras escuchaba La Renga en mi pieza a todo volumen decía: «¿no te cansa esa música?, son todos los temas iguales». La elección de los temas hizo un tanto monótono al show, que ganó cuando se alejó de su propio cliché de bombo machacante, estribillo, solo de guitarra, estribillo de nuevo. Así, lucieron «Reíte» con una sección de vientos (y un pulpo inflable gigante en el escenario) o el reggae de «El viento que todo empuja».

«El final es en donde partí» es la prueba concreta que Castaneda escuchó Pappo’s Blues y escribió esa canción y es la última antes de los bises, que vinieron 20 (¡veinte!) minutos más tarde. Algunos se van antes porque eran más de las doce de la noche y hacía mucho frío, otros nos fuimos a la platea y la gran mayoría cantó a los gritos «Hablando de la libertad» con las luces del estadio prendidas, revoleando la remera en escenas de ricoterismo explícito.

La chica que vendía birras estará pensando qué se va a comprar con lo que hizo hoy. Habrá gente que se estará arrepintiendo de haber comido chorizos a la pomarola por su picante especial y un grupo de tres muchachos que un día se juntaron a hacer ruido con instrumentos estará pensando cómo seguir siendo libres y encontrar su lado salvaje.

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