Ensayos | Libres de morirse - Por César González | Foto: Fernando Der Meguerditchian

Jean Genet dice en un momento en ese libro con páginas llenas de sangre, semen, orina, piojos y aventuras en la calle y en el encierro, llamado «Diario de un ladrón», que él adoraba caer en la cárcel, y en lo posible francesa, porque allí se sentía acompañado. En cambio, en la calle su vida era pura soledad. Resulta quizás ilógico que una persona pueda plantear algo así, ¿cómo alguien puede preferir estar en una jaula sometido a los vejámenes más aberrantes, atravesando torturas, hambre y violencia cada día, que vivir su vida en –supuesta- libertad? Pero para quienes tuvimos el honor de poder compartir la experiencia de la cárcel no nos resulta para nada extraño el razonamiento de Genet. Recuerdo que eso fue lo que me dijo el Pardo, un pibe de un metro noventa adicto al paco, que vivía en las plazas de Constitución y que caía habitualmente, mientras los demás por causas más pesadas no nos íbamos nunca. El Pardo ingresaba siempre por giladas: disturbios en la vía pública, haber discutido con algún policía o como mucho haberse rastreado un celular, por lo que no había casi sustento legal para dejarlo un largo tiempo detenido. Muchos sentíamos bronca hacía él, porque cuando entraba al pabellón lo hacía con una sonrisa, feliz de volver a verse con sus amigos presidiarios. Los más viejos lo mirábamos con un poco de rabia al comienzo, pero luego nos dejábamos seducir por su carisma, ya que su particular carcajada y su forma de andar eran muy graciosas y te contagiaba irremediablemente su alegría.

Foto: Fernando Der Meguerditchian

– Afuera no tengo a nadie, duermo en la calle tapado con cartones así llueva o caigan heladas, la gente me mira con asco. Si me pongo a manguear no junto ni dos pesos, termino siempre sacando la comida de la basura. Acá adentro al menos tengo amigos, hay un techo, tengo cosas que hacer.

– Pero Pardo acá adentro también nos cagamos de hambre, de frío, las ventanas están rotas y entra todo el viento helado, día por medio viene la requisa a rompernos los huesos, por ser una fisura tenés que gatear para los más piolas del pabellón, la otra vez te peleaste con uno que te abrió la cabeza y ¿decís que acá estas mejor que afuera?

– Al menos acá juego a las cartas con alguien, con mi rancho charlamos todo el día de cosas de la vida, nos acordamos de momentos vividos en la calle, afuera no tengo a nadie ni para hablar. Acá comparto la mesa con alguien así la cena sólo sea un pedazo de pan con caldo de grasa. ¿Para qué voy a salir si afuera estoy peor?

La cultura de la sociedad suele identificar al mundo carcelario como un bosque de bestias salvajes, sin sentimientos, incapaces de amar, que son máquinas violadoras y de dar puñaladas. Esas imágenes están naturalizadas y pocos se atreven a desmentirlas. El preso está sometido a los peores morbos y prejuicios por un lado, y al paternalismo más infantil por el otro. Discriminación o tutelaje, son las dos opciones por donde se moverán las únicas posibilidades de abandonar la vida del delito. ¿Y quién va querer abandonar la vida del delito, si la alternativa es que te lleven con una correa los expertos del «Rescate»? El pibe para lograr algún beneficio o ayuda material debe transformarse en un maniquí de la moral cristiana, debe ser ejemplar, educado, ser ese que casi nadie es en esa sociedad que se lo exige a muerte. Tiene que dejar atrás todo rasgo de su adrenalina y ser a partir de ahora un silvestre salvado por la civilización y que demuestre incansablemente agradecimiento.

Tampoco se trata de idealizar románticamente a la cárcel, pero sí es importante remarcar el nivel de desconocimiento absoluto que reina sobre todo el panorama humanístico que surge allí entre las ruinas del hacinamiento y la crueldad. El Pardo era tierno pero también se peleaba. Y allí radica la novedad: la cárcel es un lugar complejo, ambiguo, diverso como el ser humano mismo. Pero el empeño está en mantener viva la mitología que enseña que allí adentro no hay lugar para gestos delicados, allí todo es de un solo color. Eso es la ideología pequeña burguesa, que se niega a confiar en los presos, que es ciega ante el afecto que allí adentro también está presente. Prefieren ir con sus recetas macabras de la reinsertación ya preestablecidas y que nadie quiere modificar.

Foto: Fernando Der Meguerditchian

La cárcel sirve no sólo como un depósito del descarte social, más importante aún es la función que cumple dentro del imaginario popular. Se proyectan y se fijan en los presos todas las peores perversidades. Dichas perversidades sólo la cometen los presos, se afirma, y nadie de afuera.  Esa creencia rebalsa de adeptos y es tan fuerte la campaña publicitaria que termina convenciendo a los mismos presos de que ellos son como la tele y el amarillismo los presenta.

En pocos lugares el mandato patriarcal es tan macizo. En la cárcel uno mata o es asesinado por ver quién es más macho, por ver quien se la aguanta más. Se someten personas provenientes de los mismos sectores de miseria a las peores locuras de odio y desprecio, pero así y todo, y en simultaneo a esa violencia tan explícita, sobreviven muecas poéticas. He visto a los presos más violentos llorar un día de la madre, llorar ante una canción que los transportaba a viejos momentos amorosos, los he visto rogar a sus parejas que no los dejen tirados, los he visto indefensos y desnudos, sin toda esa armadura patriarcal tan arraigadas en nuestros cuerpos.

La cárcel al menos es explícita en su horror, no hay doble discurso, ni hipocresía, te dicen que estás encerrado y que te vas a pudrir como una rata y efectivamente te vas pudriendo. En cambio al salir de la cárcel te dicen que sos libre. ¿Libre para qué? ¿Libre en dónde?, si las puertas y ventanas se cierran al ritmo de tus pasos. Si las miradas te destinan miedo, rechazo o lástima, con suerte. En cambio adentro las miradas son de colegas doloridos en su cuerpo y más aún en espíritu, que están viviendo tú mismo calvario.

Hace unos 3 años me crucé por el centro a uno de los mejores amigos del Pardo allá adentro, El Falu de Dock Sud, estaba trabajando de limpia-parabrisas. Mientras tomábamos una cerveza y fumábamos algo, me contó que El Pardo murió de hipotermia en la plaza de Constitución. «Un indigente fue víctima de la ola de frío», titularon los medios.

Murió por no tener el calor de sus compañeros presidiarios.

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