Cuentos | Pichação - Por Franco Bedetti | Fotografía: Fernando Der Meguerditchian

¿Por qué no hay ningún edificio del centro de la ciudad de Rosario pichaçeado? Porque hay un escuadrón anti-pichação. Fue creado por iniciativa de los vecinos del centro histórico de la ciudad. Actualmente, es solventado por el gobierno municipal, el provincial y el nacional. Dicho escuadrón es uno de los productos que Argentina exporta sonriente, con cara de «Gracias por seguir cantándome el feliz aeternum cumpleaños colonial». Así que ojito, no le toquen el neo-clásico al rosarino.

Fue Roberto Frigietti el encargado de promocionar lo último de lo último en «Recursos humanos compartidos por y para todos los vecinos»; primera versión exportada. Frigietti es un carancho muy conocido en la ciudad y alrededores, tiene un nido a la vera del río, en las dolfines, por supuesto. A su vez, tiene muchos otros caranchitos que caranchean para él. No obstante, cuando de defender a la Patria se trata, no hay fábula que le quede bien. Podríamos decir que se convierte en un caranchón al servicio de la Patria, pero no nombraríamos con exactitud la vehemencia de su transformación. Tendríamos que buscar un animal con menos plumas y más sigilo. Un yaguareté, por ejemplo; sí, el yaguareté verde cruza con Hulk del billete de quinientos. Ahí está la Patria, sostiene Frigietti.

¿Por qué no hay ningún edificio pichaçeado en ninguna ciudad de Argentina? Porque Frigietti vendió la idea hasta el hartazgo. ¿Cómo puede alguien comprar una idea aparentemente tan simple como la de formar y poner en acción una guardia urbana? Porque el escuadrón anti-pichação no es una guardia urbana. Lo que Frigietti no se cansa de vender, exportar y promocionar –eso sí, nunca por los medios, sólo a través del más cuidado boca a boca– es un dispositivo estratégico-criminal que tiene como motor el crimen y el silencio, el apaciguamiento y la regulación; un administrar exhaustivamente el control de ese boca a boca que vende y promociona el producto. Sí, lo de siempre: jueces, collage político, la iglesia, los psicópatas, doña acanastada, los  acérrimos individualistas, los artistas, «la gente de a pie». En alguna parte o en la totalidad de cada uno de estos sectores, Friegietti entra, montado en su yaguareté cruza con Hulk, para garantizar el funcionamiento del escuadrón.

Se dice que Frigietti importó la idea, o parte de ella, desde Estados Unidos. A finales de los ochenta en el país del norte se llevó a cabo el Clean Train Movement, el cual podríamos definir como aquel movimiento que se gestó a través de la asociación de vecinos, gobernantes y medios de comunicación, para borrar los grafitis que afectaban la mayor parte de los trenes de, prácticamente, todos los ramales de New York. Por ese entonces, la ecuación que reinó y determinó el accionar del Clean Train Movement fue la que resulta de conjugar, de manera temerosa y simplista, el consumo de crack y los grafiteros. Se crearon brigadas de vecinos anti-grafitis y se alimentó a la hambrienta policía de New York, que apaleaba a cualquier persona que portara aerosoles o pintura, en actitud sospechosa o no.

Fotografía: Fernando Der Meguerditchian

Una amiga me dijo que en Rosarío sí había pichação, que en Zona Sur se la veía en puentes, tanques de agua, etc. «Fue la misma generación del parkour (práctica y arte de atravesar la ciudad por fuera de los lugares previstos para la circulación) y supongo que la misma gente. Deben haber envejecido, la moda pasó y no tuvieron sucesores».

Me parece raro lo de «fue la misma generación del parkour»: yo pensaba que el parkour era algo bien nuevo, de la revolución informática para acá. También me hace ruido el vínculo que mi amiga estableció entre el parkour, la pichação y la moda. En realidad, no me hace ruido, sino que ese vínculo me da una idea más precisa del tipo de piçaísta argentino y rosarino. Lo que vi en San Pablo no es una moda (salvo que la manifestación y las voces de la marginalidad sean una moda). Aunque, está bien, todo puede ser una moda, pero a la hora de pensar en la pichação paulista, decir que en Argentina la pichação fue una moda no resuelve ni explica nada.

No puedo establecer la diferencia entre grafitis, tags y pichação, con la justeza y precisión de un especialista. No obstante, mi falta de especialización en el tema no inhibe ninguna de mis ideas al respecto. Creo que lo que diferencia a la pichação de los grafitis y tags, es la particularidad de ser un arte visualmente invasivo como ningún otro. Es decir, lo que impacta, o lo que me impactó cuando caminé por San Pablo, fue ver edificios del centro histórico de la ciudad completamente pichaçeados. Como si te pararas en Corrientes y Córdoba o Córdoba y Laprida, o en cualquier esquina del centro de Rosario, y la vieras completamente marcada por aerosoles negros que trasmiten un mensaje a través de símbolos que no conocés, con una grafía absolutamente desconocida; lo único que sabés es que no es un idioma; tu inteligencia sólo alcanza a discernir que es un código, pero un código que grita, no una simple contraseña.

Los rosarinos aman jactarse de ser la urbe más cosmopolita después de Capital; quieren que el poco neo-clásico que hay en la city permanezca intacto. Lo que diferencia a las tags de la pichação es que, en primer lugar, por más que la fachada de un edificio, o una esquina, esté súper cargada de tags, éstas no mantienen la línea de escritura como sí lo hace la pichação. Por otra parte, si no se quisiera reducir las tags a meras firmas –evidentemente parecen cargar un contenido más complejo que el portado por una simple firma–  podríamos decir que funcionan como ideogramas, aunque lo mismo se podría decir de la pichação. Mejor no entremos en detalles. La verdad es que no existen edificios repletos de tags desde la planta baja hasta el último piso. La altura, el competir por quién pinta en el edificio más alto, quién pinta en el edificio más alto pintando todo el edificio entero, es, sin dudas, un fenómeno característico y exclusivo de la pichação.

Comencé a escribir el texto con la intención de hacer una crónica sobre lo que considero el secreto mejor guardado, la existencia del escuadrón anti-pichação. Mi único objetivo era contar, en pocas líneas, uno de los tantos casos de crimen y censura que se dieron en este último tiempo. Me vi forzado a tratar de explicar, sin entrar en detalles que ignoro, qué es o qué se entiende por «pichação». Si ven a un policía o a un civil quitándole a alguien aerosoles o pintura, tengan la absoluta certeza de que es miembro del escuadrón anti-pichação. Los vengo siguiendo. Tengo fotos que sólo voy a publicar cuando finalmente pueda escribir la crónica. Sé muy bien que Frigietti tiembla cada año que el Encuentro Nacional de Mujeres se realiza en Rosario. Piensa que alguna facción del feminismo convocante podría implementar la pichação como medio de lucha; siempre monta un operativo encubierto. Este año estuve ahí y saqué fotos. Ahora puedo empezar:

Supe desde el principio que me estaban persiguiendo. Un Bora blanco me sigue a todos lados desde hace casi dos meses. Al principio me indigné, después entendí cómo se maneja Frigietti. Si fuera por él ya me habría matado, pero no puede. Sabe que tengo pruebas incriminatorias e información precisa. Tiene perfectamente claro que si me mata todo el material que recolecté será distribuido en Internet de manera viral e imborrable (gracias a la ayuda de un gran amigo).

El primer día que sospeché que me podían estar persiguiendo, salía del Coto que está por Mendoza entre Avellaneda y Alsina; iba con la mochila y dos bolsas en cada mano; miraba el piso. Por lo general, cuando camino voy mirando de manera intermitente el piso y los laterales (hasta la altura de los picaportes). Supongo que es vergüenza. No sé. Ese día la extensa vidriera del local que está enfrente del Coto ampliaba mi perspectiva retrovisora. Vi cómo un Bora blanco, que venía a cierta velocidad, aminoró la marcha a pocos metros de donde yo estaba, y comenzó a ir muy despacio, a paso de hombre. Primero pensé que estaba exagerando, que no había motivos para que alguien me persiguiera. Pero cuando crucé Alsina, giré la cabeza y vi el Bora blanco al lado mío, no pude más que soltar las bolsas y quedarme quieto. En el interín que hubo entre que me agaché a buscar las bolsas y volví a levantarme para mirar de nuevo, el auto aceleró y se fue a todo lo que daba. Pensé que nada más eran algunos boludos que querían molestar; supuse que si realmente me hubieran estado persiguiendo, habrían sido un poco más disimulados. Me equivocaba. No les interesaba ser disimulados en absoluto. Todo lo contrario, siendo decididamente intimidatorios lograban inculcar miedo con mayor rapidez.

La segunda vez que vi el Bora blanco terminé de confirmar que no les interesaba para nada ser disimulados. Ni siquiera se tomaban el trabajo de cambiar de auto. Salía de mi casa para tomar el colectivo e ir al laburo. De golpe, el Bora blanco se me puso al lado, bajaron el vidrio del acompañante, y un tipo me dijo: «Es la segunda… la tercera es la vencida»; volvieron a subir el vidrio, aceleraron a todo lo que daba, y se fueron. No alcancé a ver bien la cara del conductor, pero al que me había hablado lo vi perfectamente. No llevaban la cara tapada. No, no les interesaba ser disimulados.

En ningún momento pensé en hacer la denuncia, desde el principio supe que la cana formaba parte del escuadrón anti-pichação. Me costó creer que efectivamente existe un escuadrón paramilitar que se dedica a desaparecer gente en plena democracia y que lo hace para cuidar las fachadas de los edificios más pintorescos. Siempre tuve la tendencia a creer casi en cualquier cosa que proviniera de los que hablan a favor del orden y del progreso, pero nunca imaginé algo tan retorcido y macabro, con tal cantidad de tentáculos en los diferentes sectores de la sociedad. Sería más alentador tener que confesar que a falta de un argumento, me vi obligado a repetir el esquema mínimo del policial en todos sus géneros. Desde Conan Doyle, Poe, Chesterton, hasta Hammett, Chandler, etcétera. Sí, sinceramente sería mejor tener que justificar mi pereza intelectual o literaria; preferiría decir que con ver CSI me alcanzó para escribir un libro. Pero no, esto no es un policial ni blanco ni negro, ni multicolor, esto sólo intenta ser la crónica de lo que vengo viviendo en Rosario hace casi ya dos meses.

Fotografía: Fernando Der Meguerditchian

La tercera vez que el Bora blanco vino a molestarme, yo salía del laburo y estaba yéndome a tomar la K en la esquina de San Juan y Paraguay. Vi que se había estacionado cerca de la esquina. La K estaba a menos de cien metros. Lo único que quería era subirme antes de que pasara algo. Cuando la K llegó y yo estaba abordando, el Bora se le puso enfrente cerrándole el paso. Ahora sí con la cara tapada, se bajó un hombre no muy alto y me dijo, mientras me apuntaba con un arma: «La tercera es la vencida». Yo no pude atinar a agarcharme, ni terminar de subirme a la K; cuando lo intenté el colectivero me cerró la puerta porque la gente se lo pedía a gritos. Todo el mundo gritaba, pero nadie me abría la puerta. Estábamos, yo y el hombre del Bora que me apuntaba, a menos de dos metros de distancia. Me apuntaba a la cabeza, en el entrecejo. Su brazo no se movía ni un milímetro, sus ojos no decían nada más que: «Matar es mi trabajo». La gente seguía gritando, yo sentía los oídos tapados como cuando se está congestionado.

El Bora blanco dejó de interrumpirle el paso a la K, y el tipo que me apuntaba le hizo seña al colectivero para que se fuera. Además de la tercera es la vencida, pronunció sólo una palabra más y fue dirigida al colectivero: «Circule». No dijo nada más, se volvió a subir al auto y se fueron. Yo me metí adentro del kiosco que está al lado de la parada; la gente que estaba comprando me miraba raro, como si hubieran escuchado la amenaza y conjeturaran una cierta culpabilidad de mi parte. Dos horas después todavía no podía dominar la paranoia. Esa noche, anoté en mi cuaderno: «¿Me dejarán vivir unos días antes de cumplir con la amenaza? Me van a matar, aunque eso no es exactamente lo que dijeron, tal vez comiencen a perseguir a mi círculo íntimo».

Un lunes de abril –no recuerdo bien qué numero de la primera quincena– llegué al banco y mi compañero de la caja tres me dijo: «Vino una señora y preguntó por vos; insistió en que te digamos que no jodas con la pichação. Pensé que la vieja estaba loca, pero cuando vi que insistía, supuse que era alguna vecina que te rompe las pelotas. No sería el primer caso. Yo, cuando todavía no había vendido la batería, tenía una doña que venía al banco a decirme que tal o cual domingo no tocara porque ella iba a hacer un asado en familia… Che, ¿qué es eso de la pichação?». Miguel fue el primero en saber prácticamente todo. Había pasado más de una semana de la escena del Bora interceptando a la K, y las hipótesis que más me convencían eran dos. Me habían dado una semana para que fuera de manera voluntaria hacia ellos y me entregara, o sólo me habían dado esa semana para que me despidiera de mis seres queridos. Lo que Miguel me había contado no encajaba en ninguna de las dos hipótesis. Esa señora simplemente pedía que me dejara de joder con la pichação, es decir, se podía interpretar como el recomienzo de las amenazas, pero esta vez con una impronta siniestra y rebuscada, como si lo que realmente hubieran querido fuera volverme loco para desmentir conmigo cualquier rumor acerca del escuadrón. Decidí contarle a Miguel, porque me había dado cuenta de que la persecución iba para largo, y ya no me convenía mantener el silencio. Ese lunes conseguí la ayuda informática que necesitaba. Miguel es estudiante de ingeniería en sistemas y es un fenómeno en lo suyo. Al principio, como era de esperar, no creía mi historia; pensaba que le estaba haciendo una joda; llegó al punto de fastidiarse. No le quedó otra que creerme, al día siguiente le llevé todo lo que fui recolectando durante meses: fotos, filmaciones, mapas de la ciudad que grafican los núcleos de acción del escuadrón; listas de nombres, negocios e instituciones íntimamente ligadas, etcétera.

Si todavía estoy vivo es gracias a Miguel… Pero no sé por cuánto tiempo más voy a poder mantener mi seguridad, no sé cuánto tiempo van a tardar Frigietti y su gente para vulnerar el escudo informático. Tengo que decidirme, le doy la orden a Miguel para que publique toda la información encriptada o negocio con Frigietti. Si logro un acuerdo, me van a dejar vivir un tiempo como para no ser tan obvios, pero estoy seguro de que me van a asesinar apenas lo crean conveniente. Si le doy la orden a Miguel, lo más probable es que no me maten enseguida, pero también existe el riesgo de que logren desactivar el escudo informático antes de que yo tome alguna decisión. También puede suceder que publiquemos toda la información en la web, y que me maten rápido y sin problemas porque –esto me lo dijo Miguel– la gente como Friegietti siempre consigue hackers muy buenos, de los que pueden destruir toda la información que Miguel puede mandar a la supuesta infinitud del ciberespacio. Voy a esperar hasta mañana.

 

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