Ensayos | Ponete los cortos: fútbol y alegría - Por Agustín J. Valle | Foto: Fernando Der Meguerditchian

La discusión quizá sea menor pero es creciente; concierne sobre todo al barrio de la progresía intelectual: un sector que no quiero denostar, del que no soy enemigo; más bien vecino y compañero genérico en muchas peleas, alegrías y tristezas. Enfrentados en cuanto a la valoración del fútbol, si les hablase a ellxs sería desde lo que sí compartimos. Una invitación y una exigencia: a entender la alegría.

Los futboleros vemos agredido nuestro juego, en dicho barrio. Pero no es que vemos agredido el juego del fútbol como cosa distante, no es que bardean a la FIFA y ya; vemos agredido nuestro juego inmanente: el juego del hinchismo. De hecho una de las agresiones supone que los que juegan son unos pibes millonarios y los millones de giles que nos emocionamos -la pucha- no somos más que televidentes.

El hincha como figura histórica nace cuando había más gente para jugar que los integrantes máximos viables de un partido (partido: mitad patea para acá, mitad para allá). Algunos juegan y otros quedan afuera, mirando y alentando: son gente que quiere jugar, que está en el juego de ese modo. Jugadores potenciales: las tribunas tienen miles y miles -ciertamente no todos los que van a la cancha son hinchas en este sentido, muchxs son arribistas advenedizxs, como las «entradas corporativas» por ejemplo: puros consumidores del fútbol, extractivistas de la energía pasional creada en torno a la pelota.

La pelota… lo más hermoso que hay. La redonda, la esfera. La forma perfecta. Nada más dado al juego, nada más lúdico. Mal llamada «caprichosa», es el objeto más sensible a nuestra presencia. Más fiel a nuestros movimientos. La pelota expresa una honestidad pura respecto del sentido que hace nuestro cuerpo.

La calle (es) de los niños | Foto: Fernando Der Meguerditchian

Su opuesto, por eso, son los dados. El juego adulto por excelencia. Lo dado. Tan solo con un instante de «tirarlos», un instante de verlos rodar -apelotados-, para someterse a su designio fatal. Los dados son el juego no del azar sino de nuestra impotencia. El juego de la obediencia.

La pelota en cambio muestra el infinito de lo que podemos, de lo que puede nuestro cuerpo -en principio, un cuerpo cualquiera. Diego, un común, un cualquiera, un pibe de Fiorito. Messi, un cualquiera: una pulga. No los comparo más que para señalar lo comparables que son en este plano con todxs.

Nada atestigua mejor la meticulosidad de variaciones que puede un cuerpo, que una pelota. La pelota prolonga el más mínimo «¿dale que…?» del cuerpo. «¿Dale que…?» es la frase lúdico-infantil por excelencia.

A lxs chicxs no los critican por su afección futbolera, me parece. Solo a lxs grandes. Se nos exige concentrarnos en las cosas serias.

¡Con las cosas que están pasando, y ustedes festejando los goles de esos millonarios, encima en ese circo del capitalismo, el machismo, el chauvinismo!

Ahí, en ese reclamo, se condensan creo que tres planos: el fútbol como farsa; el fútbol como espacio facho; el fútbol como distractor.

Intento ser breve (refutar es aburrido…). En primer lugar, la más en boga en estos días macristas: el mundial como distractor. El gobierno viene implementando sus infames políticas hace dos años y medio sin necesidad de mundial. A lxs indiferentes y crueles no les hace falta el mundial para ser indiferentes o crueles. Y a quienes se sienten implicados en la realidad social y/o sostienen algo de empatía, alegrarse por el juego no nos hará olvidarnos de nada. Elementos «distractores» en nuestra sociedad abundan. Todo el día conectado repleto de pavadas, nechfli y el candy crás: «cortinas de humo customizadas», como le leí a Carla Sagulo en estos días.

Sobre el machismo, la homofobia y xenofobia, bueno, es evidente que no las genera el fútbol ni le son específicas; como es también evidente que en los últimos años hay cada vez más presencia femenina en el fútbol. Como es evidente que en pocos espacios de la sociedad el grito de «negro, negro» puede ser una ponderación positiva tan alta como en el fútbol (espacio ambivalente, conflictivo…). Ciertamente hay una homofobia marcada en el fútbol -¡aunque es un espacio altamente homosexual!-, al menos semántica en los cantitos; es un territorio importante donde dar una pelea.

Por último, la farsa, el negocio… En primer lugar, ¿hay alguna zona de la vida social no dominada por el capital? La literatura, por decir algo (pero podría decir la indumentaria o la biología), también «es una industria, un negocio».

Pedirle al fútbol una pureza que no tiene el resto del mundo esconde una íntima renuncia a jugar.

Además, y sobre todo, si hay negocio, y vaya que lo hay, es porque hay creación de valor. Y el capital no crea valor. Lo succiona. Se lo apropia. Es la pasión lúdica multitudinal la que crea valor. ¿Dale que?, y ese delirio existe. ¿Dale que tenemos unos colores e hinchamos por ellos, dale que nos repegamos a lo que pasa con una pelota a miles de kilómetros? Esa ficción lúdica, con efectos muy serios, muy reales, crea valor.

Los hinchas jugamos al juego de ser hinchas. Es hermoso: hasta los jugadores, esos pibes millonarios, cuando están muy contentos se hinchizan.  Hasta allá, hasta el micro donde esos pibes millonarios vuelven del agónico triunfo contra Nigeria, llegamos nosotros: las canciones que cantan los hinchas en Rusia tienen la marca genética del hinchismo de acá. Hasta los chetos caretas que van tienen que adoptar modos que son del espacio popular y barroso del fóbal. Eso es lo que los contenta, eso es lo que contienen, lo que tienen adentro: algo que excede con mucho a su (modo de) «ser» normal.

¿Quién se dedica a refutar la ilusión lúdica ajena? Es como si odiaran una alegría porque no les alegra. Eso está mal, compañerxs. Es feo. Y es falso, se expresa mintiendo, porque nunca se confiesa así -en su tristeza-, sino que se arropa con críticas muy pero muy políticamente correctas, muy de conciencia limpia, muy pero muy moralistas.

La crítica por «distractor» al Mundial la sostienen incluso amigxs que no son anti fútbol, bajo la idea de que un triunfo argentino sería bueno para -pongamos- implementar la reforma laboral. Que la alegría popular futbolera anestesiará el dolor -e inhibirá la resistencia- del avance neoliberal.

¿Por qué piensan que un cuerpo -un cuerpo colectivo- triste es menos sumiso que un cuerpo alegre?

Un cuerpo triste y derrotado se acostumbra a la tristeza y sufrir palo. Uno alegre y vigorizado se dispone a afirmarse, y su deseo.

Es afirmando las alegrías como podemos hacer que crezca el mundo que queremos. Nunca, jamás haremos crecer mundos deseables mediante la deposición de alegrías populares; sobre todo alegrías así: en efecto ambivalentes, tensas, paradojales, no unívocas de la alienación. ¿Qué otra instancia social nos recuerda que es posible abrazarse con cualquiera? ¿En qué otra esfera de la sociedad se mantiene tan sempiterno el bardeo a la yuta? ¿En qué otra instancia puede aunque sea ponerse en discusión masivamente «si lo único que importa es ganar»?

Foto: Fernando Der Meguerditchian

Es flagrante cómo olvidan los anti fútbol progresistas de dónde salió la consigna de resistencia anti-ceo más eficaz de los últimos años, sin contar al feminismo: de las canchas de fútbol. La mejor consigna, el mejor cantito: uno alegre. ¡Mauricio Macri la puta que te parió!, nos devuelve, como señala el amigo Rubén Mira, la alegría del enfrentamiento. No se resiste por moral, no se resiste por tristeza, no se resiste por señalar las vejaciones y las injusticias: se resiste desde la alegría de una vida que quiere defenderse y expandirse. (Y esto también lo muestra el feminismo, una lucha que surge ante las aberraciones más dolorosas, pero gesta una inmediata alegría en su agite). Ninguna resistencia inteligente se opone a la alegría. No me interesa tu revolución si no puedo jugar, decía -casi- Emma Goldman. Y la alegría del fútbol claro que puede ser capturada y domeñada -o quizá no-. Ahí también hay tensiones y conflicto. No es como la «alegría» que da -pongamos- nechflix. Es una alegría lúdica, donde recuperamos -algo de- nuestra potestad creadora (¿dale que…?). «Ponete los cortos» es invitar a jugar; y antaño, los pantalones cortos eran la ropa distintiva de la infancia. Lo lúdico, lo infantil, si es recuperado como potencia adulta, puede llegar hasta a ser revoltoso[1].

La alegría futbolera puede ser inmediatamente capturada como valor de la alegría normalizada, o bien puede escapar y derramar, desbordar. Si hay un enfervecimiento de alegría multitudinal, ¿qué continuo puede armar? ¿No podemos ser un millón en la plaza festejando dale campeón Mauricio Macri la puta que te parió?


[1]     Y el fóbal tiene muchas experiencias donde el hinchismo se politiza; desde la agrupación Boca es Pueblo, que lidera la resistencia al negociado multimillonario y carente de alma del proyecto de nuevo estadio para CABJ, hasta la Coordinadora de Hinchas contra las Sociedades Anónimas, sin mencionar el rol callejero de barras futboleras en la revuelta de 2001.

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