Crónicas | Caramba: escribir sin ver - Por Javier Galarza e Ignacio Benitez

La vista es nuestro sentido predominante. «Yo comprendo por los ojos» solía decir Cartier-Bresson, acaso uno de los mejores fotógrafos del siglo XX a quien le decían «el ojo del siglo». Ahora bien, ¿qué sucede si tenemos inutilizado ese sentido? Quizá ésta fue la misma pregunta que se hizo la banda rosarina Caramba a la hora de pensar su recital ciego y por eso invitó al público a que lo viéramos. O mejor dicho escucháramos. Y sintiéramos.

El Cultural de Abajo es el lugar de este curioso evento y es una especie de sótano. En un lugar que oficia de hall, hay que formar una fila y los organizadores llaman de a grupos de tres o cuatro personas. «Levanten la mano si necesitan algo, si tienen que ir al baño o si tienen miedo». Si bien las medidas de seguridad son obligatorias, hay algo en la enunciación que ya forma parte de la experiencia porque comienzan a trabajar con nuestra psiquis. O sea: podemos tener ganas de ir al baño sí, pero nunca tener miedo en un recital. No sabíamos que podíamos tener miedo hasta que nos dijeron que podemos tener miedo, así como no sabemos que un lugar puede incendiarse, hasta que nos muestran los extintores. Las medidas de seguridad tienen esa paradoja de hacernos sentir inseguros. 

La escalera por la que vamos al subsuelo nos lleva a un lugar absolutamente oscuro, donde nos espera una persona que nos pone las vendas, A partir de ahora, negro. Oscuro. La nada. Para llegar a nuestras butacas, la guía se convierte en nuestros ojos y encabeza la fila india y nuestra única misión en el mundo es agarrarnos del hombro de la persona que tenemos delante, y no soltarla.  Empezamos a caminar en fila india. Al pisar se siente un ruido extraño, crujidos. No sé muy bien que es. Parece…no sé qué parece. Uno de los acomodadores nos advierte de que hay un escalón, pero no de que hay más. De hecho la tibia se da de lleno contra uno de ellos. La tibia, como a casi todas las partes del cuerpo humano, las recordamos cuando nos duele. El sufrimiento es la condición de su percepción de existencia. En serio, me duele. La enseñanza que nos deja el escalón es: tocar y ser tocado no pasa sólo por las manos. Hola tacto. 

Caramba | Imagen: Facebook Oficial

Luego de subir unos cuantos escalones, al fin, las butacas. Acomodar al público lleva su tiempo. La conversación siguiente con un amigo, da cuenta de una incomodidad: 

—Para mí que hay una columna acá.
—…
—Pensar que hay gente que vive así.
—Es verdad.
—Si abro los ojos con el antifaz puesto me duele.
—No los abras.
—¿Estás pensando qué escribir?
—Sí. 
—Capaz que sea mejor no conversar.
—Capaz. 

*** 

La primera vez que alguien transgredió una norma habrá sido hace mucho tiempo, ponele que Eva probando el fruto prohibido en el paraíso. La última, ahora, acá, en la subsede. Para que exista la ley, tiene que existir la trampa. Estará en la naturaleza del ser humano esa necesidad de sacar ventaja, de romper las reglas y ahí está, ese hilo de luz que entra por debajo de la venda, que no te permite distinguir absolutamente nada, pero si hacemos un pequeño esfuerzo, vamos a poder ver algo. Ese algo que es la evidencia de que ahí hay un afuera: lo real, lo que está iluminado. Espiar o no espiar es la cuestión y optamos por no espiar, que ésta gente trabajó mucho para hacernos vivir esto, no se lo vamos a andar arruinando. Me acomodo la venda. 

De atrás viene una música de ritual. Tambores, cantos. Con ustedes, el sentido de la audición.  Se siente un aroma a sahumerio. Bienvenido sentido del olfato. ¿Cómo hará esta gente para estimularnos el sentido del gusto? Creo que es medio imposible así que hoy jugamos con tres en el fondo. Todo parece marchar. No sé si bien, pero marcha. 

El público comienza a aplaudir y empieza el recital. Lo primero que se escucha es la voz del cantante. Van entrando los instrumentos: batería, bajo, una guitarra, otra guitarra y un teclado. Suena una guitarra desde atrás y una batería adelante. Está sucediendo esto que es no poder dar cuenta de lo que está sucediendo. Los otros dos sentidos no estarían colaborando. El sahumerio perfora mis fosas nasales. Nunca entendí esa impunidad que tiene la gente de encender sahumerios o espirales sin preguntar: no paro de estornudar. 

Las canciones están unidas por efectos de sonidos, a veces tirando al suspenso, a veces tenebrosos, que se mezcla con gritos y alaridos de personas que te da el miedo suficiente para estar alerta, pero no tanto como para levantar la mano. Por primera vez dejo de pensar en qué voy a escribir. Los sonidos colaboran. Empiezo a relajarme. La voz del cantante está en sintonía con los instrumentos. Intento escuchar la letra: algo sobre la noche, el sol o las luces. Hay una especie de vaho en el ambiente, siento como si fuera en la butaca de atrás de un Fiat Duna Weekeend de viaje por la ruta. Algunas gotas caen sobre mi piel. 

Con la vista privada, es notoria la forma en que la que percibimos la música, sin distracciones y con una concentración muy alta. La mente escucha pero se va dejando llevar. De a ratos, los estados de sueño y vigilia se confunden. Te comes el viaje, firme. 

*** 

«Amigues ahora pueden sacarse de a poco los antifaces, cuando ustedes lo sientan» dice el cantante de Caramba para la última canción. De a poco algunos volvemos a ver. Otros la estiran. Cuando abro los ojos, la penumbra me envuelve. La banda son un cantante y guitarrista, un baterista, un bajo y otra guitarra. Nunca hubo un teclado.  

Caramba | Ph: JudiMarina

Aún cuesta posar la mirada sobre las cosas. Nos queda aún la última de las experiencias: la del contraste. Es maravillosa la diferencia de expectativa/realidad que hay. La corroboración de que nada es como uno lo imaginó. El lugar es una sala común, y mientras miramos a la banda…nada, es una banda haciendo un show común. La apatía de lo ordinario.  

Durante el largo del recital hemos sentido olores dulces, otros más invasivos, nos han movido las butacas, y a pesar que lo que se quiso lograr tenía buenas intenciones, el resultado en algunos casos fue contraproducente: con los sentidos tan agudizados, era fácil escuchar los pasos de las personas que producían estos estímulos, por lo cual, hacía difícil abstraerse de pensar en la imagen de un pibe o una piba paseando por la sala con un palo santo, por ejemplo, y darse cuenta de lo ridículo de esa escena. El viaje, al menos acá, pasó por otro lado. Punto para la música. 

Bajamos las escaleras, eran más escalones de los que creía. Por un instante tomamos conciencia nuevamente de los cinco sentidos. Al salir nos damos cuenta del elemento que pateábamos en el ingreso (no lo voy a contar). 

Va a ser un gran desafío escribir esta crónica. No sé ni por dónde empezar. Estuve por más de una hora en un lugar sin ver y tengo que contar algo. ¿Cómo escribir sin ver? Bueno, ese puede ser un buen título. 

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