Lecturas | «La era del fármaco», de Franco Bedetti - Por Cristian Molina

Pero la lengua es más fuerte

El nuevo libro de poemas de Franco Bedetti se desmarca doblemente de la actualidad poética de su tiempo hasta singularizarse. Por un lado, lejos de la tradición de la poesía de fines de los ’80 y ’90, que actualmente continúa bajo una forma hegemónica de trinchera institucionalizada y, en este momento, ya tradicional, Bedetti construye una lengua despegada del mero lenguaje comunicativo; no porque efectúe una negación de éste, sino porque, a partir de él, retoma algunas figuras retóricas y las pone a funcionar en un presente en el que lo que se genera es una estratificada disonancia de los tiempos, descentrando cualquier adscripción a la actualidad en un gesto que lo singulariza de su generación a partir de una lengua en vilo de su incomunicación comunicante. Así, efectúa una recuperación de la alegoría baudelaireana llevada al límite de su disolución para generar imágenes de un presente farmacológico habitado por Vampiros prehistóricos. La era del fármaco se lee en esas alegorías transtemporales que recorren los versos entre Vampiros, Fiesta, o primates/chupasangres, diversión e instintos.

De todos modos, la moral que uno advierte –como en toda alegoría–, aunque sin captar, no cosifica de manera clara un imperativo que daría cuenta de una voluntad de poder, porque –y aquí se da la segunda característica de ese desmarque de su generación– lo hace desde un malditismo beat que genera una ambigüedad respecto de cualquier imposición, incluso la propia. En un momento donde primarían los gestos y tonos inocentes, naifs o, incluso inofensivos, Bedetti fusiona la tradición de los malditos franceses del S XIX con la corrosión y desparpajo beat anglófilos del S XX, hasta producir un tono corrosivo pero tierno, destructivo pero edificante. Y esta fusión y camino, al mismo tiempo, le evitan caer en un culteranismo académico filológico que, antes que escribir poesía, necesita demostrar que sabe o conoce de literatura –o que ha leído mucho muchísimo–, restándole autenticidad a la escritura: al contrario, los poemas de Bedetti, si bien remiten y citan en varias oportunidades, lo hacen para construir una alternativa, un modo de escribir propio y no para demostrar erudición ni maestría al lector. Como asegura un poema más extenso: «Escribo porque sí/ porque tengo ganas;/ el calor no me deja pensar,/ yo no me dejo pensar, /porque no paro, porque no paro escribo.»

De esta manera, la lengua poética que diseña Franco se sostiene, además, por tres procedimientos que, entiendo, la caracterizan. Uno, a partir de una incomunicabilidad en su comunicabilidad que termina, en algunos poemas, al borde de un abismo inexpresivo: «Trimebutina y Simeticona,/ maten a cualquier precio,/ Trimebutina y Simeticona,/ no hay suelo,/ Trimebutina y Simeticona,/ no importa el placebo,/ Trimebutina y Simeticona,/ estallemos,/ Trimebutina y Simeticona,/ les agradezco,/ Tributina y Simeticona,/ desarmen la cuchilla del tiempo». Si atendemos a esos versos, no podemos determinar si la Trimebutina y Simeticona, en su repetición, cumplen la función de un vocativo, son el sujeto o el objeto de los predicados en los versos con los que se intercalan o si en cada ocasión varían de función sintáctica. Y así, la aparente lengua comunicativa del fármaco llega a un punto de mutismo, de casi imposible comunicación: el adjetivo de esa lengua, quizá, sería «cataléptico», como lo nombra uno de los versos del poema central que tiene el mismo título del libro.

Y, sin embargo, en otros casos, y esta es la segunda característica de la lengua que compone Franco, lo familiar deviene muy comunicativo, pero se convierte en siniestro, producto de una especie de extrañamiento que, acá, se vuelve sucesión de imágenes potentes: «Si me preguntaran/ en un concurso de televisión/ qué desea el humano,/ cabalgar dentro del sol,/ cabalgar nadando,/ respondería./// Y si el conductor/ me mirase con arrogante extrañamiento,/ lo apuñalaría/ con un Tramontina Oxidado».  Más allá del extrañamiento del deseo humano (cabalgar o nadar en el sol), la conciencia de la incomprensión ante el conductor televisivo (paradigma de la comunicación) despliega una alegóresis (pero no una alegoría) sobre el Tramontina Oxidado, como si se convirtieran, mediante las mayúsculas, en una marca de otra cosa personificada tanto en el sustantivo como en el adjetivo y ahí el verso nos vuelve a situar en el punto donde la lengua se escapa: ¿el Tramontina Oxidado es meramente un cuchillo o remite a qué?  Quizá a esta pregunta solo se podría responder con estos versos que, sin embargo, no hacen sino prolongar el enigma: «Palabras: panal reventado/ en arenas de Marte».

Es en ese micropoema donde la tercera característica de la lengua aparece: todo revienta, corta, explota, se vampiriza, porque lo que mueve el sentido y las formas de las palabras («si cuidamos las formas», dice el primer poema) se encuentra «contra un ejército de paredes reventando». Por eso, «a la belleza de la autodestrucción/ la entienden las almas rezagadas, / los lapsus del primate que habitamos». Estamos ante una lengua hecha de lapsus, donde los fármacos no pueden tener lugar a pesar de que sea su era, donde el primate sigue estando vivo haciendo reventar las palabras. Una lengua, entonces, del instinto que saltea y destruye las formas para poder, en ese movimiento, hacer otra cosa, decir algo que no es sino, a veces, nada. Pero otras, también, permitiendo un profano y tierno entendimiento en una lengua que cruje a puro instinto: «Siempre/  tengo el mapa de nuestra geografía/ impreso en el pecho/ en tinta de calamar/ o en lápiz de tela,/ con cada rincón refulgiendo», escribe y se rompe contra la pared del amor por «Ara» esa voz que se construye en oscilaciones entre lo comunicable y lo incomunicable a partir de estos procedimientos que señalamos, como si fuera el amor un hilo que une eso que en apariencia estaba separado o que ha explotado. La era del fármaco, entonces, podría leerse como lo decible de lo indecible de un amor auténtico y no impostado por las palabras, que aún puede en la poesía contemporánea. Y esa es su radical diferencia.


Franco Bedetti, La Era del Fármaco. Rosario: Editorial Bunker, 2018.

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