Cuentos | Nelda y Raúl - Por Pablo García

La vieja que me compró me puso Raúl. Creo que tenía un hermano que se llamaba Raúl, que se murió jovencito. La escuché hablar de eso con otra vieja, que viene a tomar el té de vez en cuando. Se llama Nelda, la vieja. Parece que antes tenía un gato, pero un día le agarró una locura y le meó todo. Tuvo que tirar alfom­bras, sillones. Hoy en día, cuando está húmedo, sube desde los zócalos un olor agrio.

Así que me compró a mí. A veces me da un poco de miedo, porque según lo que escuché, al gato lo liquidó ella misma. Lo encontró meando una moquet (dijo así), le dio un ataque de furia y lo ahorcó. Yo, por las dudas, ando sosegado. A veces me dan ganas de mear algún rincón, o morder algún mueble, pero me controlo. Igual, la vieja, hasta ahora, me trató bien. A veces, demasiado. A mí no me gusta mucho que me anden fra­neleando tanto. O que me pongan ropa. Yo estoy bien así. Me tengo que aguantar que me hable como a un opa. O que me cante unas cancioncitas que inventa, en las que siempre soy yo el protagonista. Pero más que eso, no. Bueno, salvo esto otro…

Recién venimos de la plaza. Me saca a pasear siempre. Me larga a correr y yo aprovecho. Ahí sí, meo donde se me canta. Y siempre hay alguno para boludear un rato. Me jode un poco que me haya puesto Raúl, porque los otros perros no tie­nen nombres así. Y cada vez que me encuentro con alguno, me cargan.

Los perros, cuando andan en patota, pueden ser muy crueles. Una vez conocí un rottweiler al que le habían puesto Fajita. Lo que han vuelto loco a ese pobre muchacho. Y mirá que lo mirabas y te daba miedo, eh. Pero así y todo, cuando andan en patota, los que viven en la calle, se le animan a cualquiera.

Como me pasó recién. Decí que Nelda tuvo reflejos rápidos y me salvó. Si no, no la contaba. Estaba corriendo por la plaza y se apareció el Negro, un flaco con cara de nada que anda siempre rodeado de cinco o seis más, que lo siguen a todos lados. Se creen los dueños del mundo. No te encuentres un hueso enterrado si están ellos, porque te cagan a palos para sacártelo. Y después lo tiran por ahí, ni siquiera es que lo quie­ren para mordisquear un rato. Así que, yo estaba correteando por ahí, para despuntar un poco el vicio, porque la verdad que en el departamento de la vieja no podés correr sin tirar a la mierda los jarrones o alguno de los millones de adornitos que tiene; y se me cruza el Negro. «Mirá quién vino», le dice a uno que parece que le hubieran cerrado la puerta en la cara. Un marroncito que debe haber tenido dueño, porque tiene un collar con una medallita. El marrón no le dice nada, porque son unos alcahuetes que esperan que el Negro haga los chis­tes para reírse. «El algodón de azúcar con patas», dice. Y los imbéciles se ríen. «Hay que devolverlo al pochoclero», dice y me empiezan a rodear.

Te digo la verdad, yo empecé a ladrar como loco, de los ner­vios. Ahí Nelda me sintió y empezó a tratar de espantarlos. Pero nada, che. Los tipos, incólumes. En una de esas, el Negro grita «Vamos a culearnos al enano». Te digo que nunca sentí un terror semejante. Me empezaron a dar topetazos y me que­rían montar. Algunos me mordisqueron las orejas, otros me clavaron las patas en las costillas. Decí que soy bajito, viste. Soy de esos perritos chiquitos, lanudos. De casualidad mido quince centímetros desde el piso. Ahí andaban, algunos ya con la pinga rosada y húmeda al viento, pero ninguno se pudo aga­char tanto para ensartarme. Ahí apareció Nelda con un palo y los sacó cagando, por fin. La ligaron lindo algunos. Me levantó y nos vinimos al departamento.

Quedé medio estropeado, todo sucio y magullado. La vieja me fue hablando sin parar todo el camino, diciéndome que no me preocupe, que ya estaba todo bien, que esos perros malos ya no me podían hacer nada. Me jode que me hable así, con la voz finita, pero te voy a decir que con el cagazo que me pegué, me sentí bastante reconfortado. Me dejó acá en la camita que me armó. Un canasto que tiene unas mantas bordadas con mi nombre. Pero me parece que se fue a buscar el guante…

La vieja tiene un guante, que es como una manopla con pinchitos en la palma. Con eso me peina. A veces me da la impresión que busca cualquier excusa para peinarme. Por­que, seamos sinceros, cuánto me puedo llegar a despeinar acá adentro. Pero cada dos por tres la veo aparecer con el guante. La primera vez noté que el guante tenía un agujerito por donde sacaba afuera el dedo chiquito. Me llamó la atención, pero supuse que se habría roto. Después entendí.

Es toda una ceremonia para Nelda. A veces hasta pone música. Tiene un disco que dice Ray Conniff y a ella le encanta. Se viste con ropa cómoda, me dice. A mí me da cosa porque me parece que no le quedan bien esas transparencias. Y se sirve un vasito de grapa, que se lo toma de un trago.

Entonces empieza a peinarme. Empieza por el cogote y la cabeza. Me pasa el guante lento, una y otra vez. Me pregunta si me gusta. Y la verdad es que esa parte me gusta. Es raro. Me da una especie de ansiedad con miedo, una sensación rara. No puedo parar de temblar y a veces se me escapa algún gemido, que Nelda me festeja como si hubiera hablado en su idioma.

Hay que verla cómo se le va transformando la cara. La vieja tiene una cara tosca, la mandíbula cuadrada, cejas gruesas. Tiene una voz ronca, que le sale como una erupción de la boca enorme, que parece más grande porque se pinta los labios por fuera del contorno. Pero cuando empieza con el guante se transforma. Se le colorean los cachetes, los ojos se van poniendo como inquietantes, junta los labios en pico, como una especie de esfínter, un upite, digamos, y así murmura cosas que no entiendo. Pareciera como que esas arrugas que tiene, que son como surcos profundos, se le desaparecieran. Se pone rozagante.

Después de cepillarme un rato el cogote pasa al lomo. Ahí sigue, y se pone más rara. Levanta la cabeza a veces y resopla. Asusta un poco. La primera vez que lo hizo me meé, pero a ella no le importó.

Y después… está la parte final. Pasado un rato de cepillarme el lomo me levanta y me da vuelta. Ahí ya no la veo. Y mejor, te digo, prefiero que sea así. Entonces empieza a pasarme el guante por las ancas y las patas traseras. Baja y sube, baja y sube. Cuando empieza así yo ya sé lo que se viene. Ahí sí, me pongo nervioso del todo. Pero es raro, no me da por rajar. Podría pegar un salto y correr; la vieja no me agarra más. Es como si algo me atrajera, me dejara pegado sobre la cama. Ahí, en ese sube y baja, saca el dedito chiquito fuera del guante y como al pasar, empieza a rozarme… digamos, propiamente el culo. A mí, de chiquito me cortaron la cola. Parece que es una costumbre que se usa, que a la larga es mejor. Así y todo, con ese muñón de cola, tengo el impulso todas las veces de taparme el agujero. Es como un reflejo. Se me mueve sólo el chicote, como cuando sopla un viento y uno cierra los párpa­dos sin querer.

Pintura: Vern

A medida que aumenta el ritmo de subida y bajada, el roce se vuelve menos casual, como que se detiene más ahí y se va convirtiendo en una presión, cada vez más pronunciada. La vieja se va entusiasmando; le siento la respiración cada vez más agitada y sigue murmurando cosas, de las que sólo distingo mi nombre: Raúl, dice, cada dos o tres de esas pala­bras ininteligibles.

Hasta que la mano deja de subir y bajar y venciendo una resistencia a fuerza de trabajo, me mete franco el dedo chi­quito en el culo. En ese momento, a mí, me pasan unas cosas rarísimas. Hay una especie de dolor, que me recorre desde el agujero, pasando por las ancas, que me llega hasta la mandí­bula. Un dolor que se mueve en ese circuito y que cuando llega a la boca ya no es dolor, es otra cosa, una sensación metálica, un gusto a clavos en la lengua que me obliga a sacarla y jadear, como cuando tengo calor.

Y de repente siento que he estado vacío y que la vieja me completa con su dedo suave, y la vieja y yo somos uno por toda la eternidad, y una idea de infinito me invade y una tristeza dulce me sumerge en una melancolía tierna y confortable. Después, como quien aprieta un botón, siento de golpe que se asoma la pinchila rosada y gelatinosa y un chorro viscoso sale de ella, dejándome al borde del desmayo, con un cansancio que ni veinte vueltas al parque me provocan.

Lo que pasa después es confuso. La vieja parece enojarse. Me reta, me insulta, me dice asqueroso y cosas por el estilo. Y está un par de días sin hablarme ni mirarme. Se limita a ponerme comida y agua, y se va del departamento, dejándome solo lar­gas horas. Con el tiempo va volviendo a la normalidad. Hasta que un buen día, la veo venir de nuevo agitando el guante y se prepara el vasito de grapa.

Como ahora. Ahí viene. Y yo no me quiero ir, aunque me tiemblen las patas.

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