Lecturas | Un mínimo de verdad - Por Cristian Godoy

Es de noche en una ruta donde sólo transitan camiones. Al costado se encuentra un motel. Si imagináramos la escena en blanco y negro, y además se largara a llover, faltaría únicamente que Marion Crane, la rubia de Psicosis, se bajara a las corridas de su auto para alquilarle una habitación a Norman Bates. Pero acá la amenaza es otra. O no tanto, si tenemos en cuenta que Norman se montaba para cometer sus crímenes. La amenaza en esta ruta a colores adopta la forma de un motoquero corpulento al que no alcanzamos a verle la cara porque no se quita su casco, así como no podíamos adivinar la cara de la señora Bates cuando descorría la cortina del baño y levantaba bien en alto su cuchilla. Un motoquero que pesa 150 kilos, tiene la barriga peluda, llena de granos, enciende las luces de su vehículo, se para en el medio de la ruta y empieza a bailar el tema de Moulin Rouge buscando atraer a sus víctimas, los camioneros. No voy a contarles cómo sigue la historia porque detesto que las reseñas adelanten demasiado, pero créanme que es espeluznante, al punto de que Hitchcock seguramente habría comprado los derechos del libro de Molina —¿O debería decir El Púber P?—.

Los cuentos de Machos de campo, publicado por la editorial Baldíos en la Lengua, están plagados de escenas que podrían leerse en clave de género de terror porque en verdad la putez es terrorífica; la sola enunciación de la palabra «puto» acarrea la consumación de todos los miedos que persiguieron a padres e hijos desde la infancia —por favor que no nos salga maricón…—. Lo es tanto para la gente del pueblo donde transcurren estas historias, como para los putos que se convierten en sus protagonistas involuntarios; algunos de ellos todavía nenes, todavía pibes, que empiezan a descubrir su sexualidad y la viven como si hubieran nacido con algún mal congénito, en estado de latencia. Una transformación que, una vez que termine de operarse, los convertirá definitivamente en monstruos.

Más escenas para morirse de miedo. Unos gusanos gigantes que viven bajo tierra, ocultos en los sembrados. No se sabe bien qué son, si mutantes o alienígenas, si los trajeron de Centroamérica, si fueron creados en un laboratorio, si se convirtieron en lo que son luego de haberse alimentado durante años de los agroquímicos y fertilizantes que se utilizan en las cosechas. Carnívoros, mataputos, capaces hasta de comerse entero el vagón abandonado de un tren. O la «bailarina mala», un señor maduro vestido con tutú, que en las noches de luna llena se aparece en la plaza del pueblo y les toca el culo a aquellos que habían ido con intención de aliviar la calentura entre los arbustos. Una falsa llorona, tal vez la única trava del pueblo, que se prostituye usando la ropa de su madre muerta y que les hiela el corazón a los vecinos con sus gemidos de goce y desesperación. Dos compañeros de escuela, que se reúnen algunos fines de semana en la estancia familiar de uno de ellos, aprovechando que los padres no están. Una estancia alejada del pueblo, en la que se escuchan voces desde la calle a pesar de que afuera no hay nadie. Planean llevar a un tercero, un rubio que las tiene locas a las dos y, una vez allí, emborracharlo, obligarlo a mirar una película porno gay. Su plan nos recuerda la desgracia de los adolescentes de La llamada —la famosa película de terror japonesa que tuvo su versión estadounidense—, que de viaje en una cabaña se les da por mirar un video que les echa una maldición y en siete días les trae la muerte. La curiosidad que mata al gato. Después de todo, hacerse puto, asumirse como tal, también puede requerir de un duelo, nos hace asistir al velatorio del varón heterosexual que imaginábamos llegar a ser algún día —o que otros imaginaron por y para nosotros—. Molina también narra rituales satánicos, pactos con el diablo, trabajos de amarre del ser querido, largas mesas decoradas con candelabros de oro, frutas, whisky. Inclusive las plantaciones de soja conforman una especie de bosque tenebroso, de plantas del mal.

«Machos de campo», de Cristian Molina

Pasar las páginas del libro de Molina es recuperar el viejo hábito barrial de sacar el banco a la vereda y ponerse a charlar con el vecino. Los relatos están armados a partir de fragmentos que se interrumpen, se ponen en duda o niegan entre sí, pegan saltos de tiempo y de lugar, se desdoblan, vuelven a arrancar de cero, cambian de voz, de tono, hasta de sintaxis; puro travestismo, borrón y cuenta nueva. A diferencia de otros textos fragmentarios donde el efecto buscado se logra por adición, en Machos de campo parece ocurrir lo contrario, son como piezas que el autor va quitando de una torre de Jenga hasta lograr que se venga abajo y ver qué es lo que sobrevive de las historias. Creo que ésta es la apuesta del libro y su mayor acierto. El propio Molina, aunque en la voz de uno de sus narradores, revela la operación:

«Deformaba lo que le habían contado hasta dejarlo irreconocible. Una historia hecha de otras historias y de transformaciones […] Aunque algo había de verdad. O sea, ese es el problema; siempre, a pesar de todo, quedaba algo de lo real. Un mínimo de verdad»

Algo similar ocurre en relación al género: ¿estamos leyendo cuentos? ¿se trata de una novela? Los personajes reaparecen a lo largo de los distintos textos, las historias se retoman para ser vueltas a narrar por otros, o por el mismo personaje pero años después. Los cuentos son atravesados por diversos ejes temáticos, por distintos géneros y formatos, algunos no tradicionales o «fuera de hábitat», como es el caso de lo que parecería ser el guion de un documental. Incluso el difunto chat de MSN encuentra un lugar en el conjunto. Los lectores podemos llegar a intuir como si, desde el propio proceso de escritura, se hubiera querido replicar aquel otro procedimiento de búsqueda que llevan adelante estos machitos: la construcción inestable, dinámica y siempre cambiante de una identidad.


Púber P, Machos de campo.  Editorial Baldíos en la Lengua, 2017.

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