Poesía | Abel - Por Alito Reinaldi

“Así caerá sobre ustedes
toda la sangre inocente
derramada en la tierra,
desde la sangre del justo Abel,
hasta la sangre de Zacarías,
al que ustedes asesinaron
entre el santuario y el altar.
Mt. 23. 35

Fue en el primer desierto.
Dos brazos arrojaron una gran piedra.
No hubo un grito. Hubo sangre.
Hubo por vez primera la muerte.
Jorge L. Borges

¿Oyen mi voz que clama
desde antiguos pozos
que fueron cárceles en el Desierto?

Reniego de mi sangre
y aunque antaño fui uno de los justos
frente a sus ojos brillará otra vez
el Acero de las tierras de Damasco.

Camino entre la arena
probándome otros cuerpos como fantasmas.

***

Quiero deshacerme de este polvo que me cubre
como la luz que golpea los cedros
que desde el Líbano han sido arrastrados.

Acomodaré mis ropas,
y cuando regrese el día,
me iré hacia el Poniente.

***

Mis manos aprietan las sábanas
que me cubrieron en la noche,
intentando aferrar
las imágenes del sueño.

Frente a mis ojos se abre la llanura
que me separa del antiguo pueblo:
el olor de mi propio cuerpo ensangrentado

***

Recorro, a pesar del agobio y de las náuseas,
esta distancia construida en el sigilo,
en la clausura de los años
recordando la muerte
o suponiendo la venganza.

Me detengo ante el rumor de una voz derruida:

¿por quién llora la madre de los hombres
haciendo de los días por venir
un vasto cúmulo de barro
que es sangre y es lágrimas y es polvo?

***

Es el primero de los duelos, muerte
inaugural del libro de la ausencia:

las manos de la madre se cubren del terror
del brazo retorcido que cae al suelo, blanco,

como la luz de los primeros días
golpeando el silencio que reinaba
en el espacio que habría de ser
el mundo de los hombres.

***

Llevo ahora mis ojos a la boca de mi padre,
intento descubrir lo que hay detrás
de ese balbuceo que apenas si perturba
el silencio entre las cosas apacibles,
el alimento diurno, la fuerza de los dedos.

¿Será ésta, acaso, la materia del lenguaje
que me fue vedado y que ahora busco entre las sombras?

***

Un muro me separa de los hombres

Hiero mis puños al golpear la piedra
mas no hay un hilo de sangre siquiera
que brote de mi piel

Soy tan solo el primero de los muertos

***

¿A quiénes pertenecen esas voces
que me devuelven, con violencia, al mundo
de la tierra labrada y de la seda
que a los cuerpos abriga?

No reconozco en ellas la vergüenza
del odio y de la sangre.

***

Predicarás sobre un mundo desierto.
Estarás solo entre las cosas frías

¿Qué quedará de tu reino de fuego?
¿Cómo se ordenará la ciudad derruida,
los restos de los cuerpos fantasmales
que vagan, como la voz delicada
que se disipa entre la fina arena,
huyendo de tu piel y tu crueldad?

¿Resistirán acaso las higueras
y los sauces el viento que conjuras?

***

Me someto a la visión de los mares.

Desde la inmensidad, oh Fugitivo,
te observo recorrer
la desolada y gris Tierra de Nod,
y te espero en la muerte.

Fotografía: Sofía Valle

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