Cuentos | All One (o de la soledad) - Por Regina Cellino | Collage: Agostina Demarchi

El atardecer primaveral se asomaba más allá de las callecitas de agua y de los palacios y catedrales imponentes. Al tiempo que se acercaba a la parte de tierra firme de la ciudad para tomar un ómnibus hacia su próximo destino, recordaba la primera sensación que le había asaltado tres días antes cuando había comenzado la travesía sola. Las ganas de llorar y volver corriendo (volando, saltando, teletransportándose) a la comodidad y seguridad de su hogar, de lo conocido, hicieron que incluso unas lágrimas se revelaran sobre el vidrio en el que tenía apoyado el rostro, ella que nunca lloraba. El frío y la neblina, la soledad y la ausencia de movimiento, de gente, de ruido chocaron en su cabeza contra su deseo inmemorial de conocer esa ciudad. Pero no había vuelta atrás.

Ahora, tres días después, regresaba al mismo lugar de llegada para emprender no la vuelta, sino proseguir con el itinerario perfeccionista al que volvía una y otra vez por temor a cierto descuido que le hiciera perder algún colectivo o avión o confundir horarios o estaciones terminales. ¡Qué diferente le parecía la parte terrestre del conjunto de islas que formaban la urbe! Era como si un muro invisible las separara y el viajero se introdujera en el archipiélago a través de un túnel temporal y espacial. Poner un pie en tierra era, de alguna manera, poner un pie en la realidad, al menos, momentáneamente; mientras que el otro lado quedaba perenne en un terreno difícil de asir con la memoria.

Mirar por la ventana | Collage: Agostina Demarchi

Un considerable grupo de turistas (y no turistas) se subieron al colectivo que, para ella, tenía hasta este momento un destino incierto. Preguntó tímidamente a una mujer que la miraba con un rostro amable como si supiera del miedo voraz que estaba siempre a punto de devorarla, si ese transporte la llevaba a la estación de ómnibus. Le contestó que sí, y se quedó a su lado para indicarle el lugar en el que debía bajarse. Veinte minutos después le señaló la parada y la despidió con una sonrisa semejante a la de una madre que deja ir a su niña con la confianza de saber que encontrará el camino. Una sonrisa que, en la soledad de un territorio distante, puede significar mucho más que cualquier otra cosa. Desde la parada, caminó unos metros hacia atrás hasta hallar la pequeña y austera terminal en la que no había absolutamente nadie. Se vio sola con un bolso de mano en un atardecer que pronto devendría noche. Leyó y volvió a leer las indicaciones del boleto: el lugar y la hora de arribo del ómnibus. No había dudas de que esa era la estación.

Esperó que el tiempo le ganara a la ansiedad (faltaba una hora para que se cumpliera el horario que indicaba el pasaje) sentada en una especie de banco de cemento, sola, preocupada. En realidad, la preocupación tenía que ver con la incertidumbre de saber o no saber si efectivamente llegaría a destino. Destino que había elegido casi por instinto. En tanto la espera se mezclaba con nerviosismo, escuchó en la lejanía unas voces de mujeres, cuya inflexión idiomática le sonó familiar. Tres jóvenes con mochilas pesadas se acercaban arrastrando los pies y conversando entre ellas en un lenguaje conocido y cercano. Tres extranjeras (con ella cuatro) eran las únicas pasajeras en la terminal desierta de una ciudad mitad de ficción mitad de realidad esperando el arribo de un colectivo que, hasta allí, se les presentaba irreal.

—¡Al fin puedo volver a hablar!—, dijo emocionada y asombrada por el encuentro fortuito que parece que sólo puede suceder en las películas. (A lo largo de su viaje se convencería de que la soledad en estado puro es imposible). Por supuesto que no había estado muda esos tres días, pero casi. Balbucear unas cuantas palabras en un idioma que aún seguía aprendiendo para ordenar un plato, presentarse al conserje del hotel, comprar un boleto, era más que nada una tarea de articulación y vocalización. Hablar, lo que se dice hablar, sólo acontece cuando el pensamiento y los sentimientos pueblan cada una de las palabras pronunciadas, cuando ellas salen a borbotones, interrumpiéndose, pisándose los talones silábicos. —¿A dónde van?—, les preguntó. —A Praga.—, contestó una de ellas, la única que se mostraba un poco más dispuesta a entablar diálogo con una desconocida cercana. Compartían el mismo objetivo y, por supuesto, el mismo ómnibus. Sin embargo, las cuatro estaban inquietas por la ausencia de información, de personal, de carteles o algún indicio que les asegurara fehacientemente que ese era el sitio correcto.

Un colectivo amarillo y negro estacionó sobre el cordón de la calle. —¡Es ese, lo vi por Internet!—, exclamó una de las compatriotas. Rápido, se dirigieron a formar la fila correspondiente para dejar el equipaje y subir. La azafata lucía una blusa fucsia, una pollera tubo negra y un pequeño sombrero que no se quitaría durante las próximas trece horas de viaje. Le entregó el boleto y el pasaporte en silencio, y una palabra incomprensible que acompañó con una sonrisa de cortesía fue la respuesta. Arriba buscó el número de butaca y comprobó que el asiento de su lado derecho estaba ocupado por una joven. Pidió permiso a través de señas y se sentó. Claro que el idioma checo no lo conocía ni de vista, por eso decidió pronunciar algunas frases en inglés (aprendidas durante su etapa escolar) para entablar un mínimo diálogo con la desconocida. Era eslovaca y no hablaba muy bien inglés, le dijo. Dos extrañas que no manejaban el lenguaje universal estaban condenadas a los ademanes y al silencio absoluto. Ella ya se estaba acostumbrando al ensimismamiento, a que las palabras no la tocaran, a lo indecible.

El colectivo comenzó la marcha por una carretera que en nada se asemejaba a la de su país. Ya acomodada, intentó, sin lograrlo, ver una de las películas disponibles del ómnibus (cada butaca disponía de una pantalla), pero estaban en checo con los subtítulos en inglés (prometió regresar y retomar el estudio del idioma). Entonces, decidió dormir, o al menos, reposar algunas horas. El murmullo secreto de los pasajeros que cada dos horas descendían a estirar las piernas, una geografía extraña (incluso fría) y el miedo a no bajar en el lugar correcto, le truncaron el sueño. Supuso, sin embargo, que sus coterráneas, sentadas más adelante, la despertarían si eso ocurriese. El sol que comenzaba a despuntar (del otro lado del océano, su marido recién se acostaba) le permitió vislumbrar algunos carteles de ciudades como Viena, y también edificios, parques, autos. No obstante, le era imposible descifrar las palabras escritas en un alfabeto que combina grafías conocidas con signos diacríticos. Retomó las migajas de sueños que aún conservaba.

Un detalle en la lectura reiterada del boleto se le había pasado por alto: el autobús tenía una parada anterior a Praga en la cual debía bajar y esperar media hora para realizar el trasbordo a un colectivo que la llevaría definitivamente a la capital checa. La antesala de Praga era nada menos que Brno, (la segunda ciudad más grande de República Checa, se enteraría después), o mejor dicho, la vereda de su estación terminal. No vio nada de la metrópolis de Moravia, ni sus monumentos, castillos o catedrales, ni el dragón que custodia al municipio, sólo el frío punzante del este. Nunca se hubiera imaginado que detrás de esas fachadas amarillentas con techos a dos aguas de ladrillos rojos, opacas e inmutables, se resguardaba una ciudad modernizada bajo el influjo de la arquitectura funcionalista. Allí estuvieron las cuatro extranjeras cerca una de la otra, tiritando de frío, esperando nuevamente el arribo de otro ómnibus. Ahora uno más pequeño las depositaría por fin en Praga.

Dos horas después, una terminal y un local de comida rápida signaron el final de la travesía y la separación de las conocidas recientes. Una de las extranjeras que viajaban juntas tenía en su teléfono las indicaciones justas para llegar al hostel, (número de línea de subterráneo, cantidad de cuadras que caminar, etc.), en cambio ella sólo poseía tres capturas de pantalla de un mapa sacado de Google y el nombre de su hospedaje, que se encontraba en la parte vieja de la ciudad. «¿Qué tan difícil sería llegar con esas herramientas y el instinto?», pensó. Había aprendido en otras ciudades europeas que tenía sentido de ubicación y que su intuición se comportaba como el gps capaz de depositarla en el lugar justo, sin más indicaciones que el deseo.

Apenas salió de la terminal, se sometió a la primera prueba del instinto, que hasta ese momento, estaba subyugado por la duda: ¿doblar hacia la derecha o hacia la izquierda? Efectuó unos pasos hacia la derecha, pero cuando llegó a la esquina siguiente su gps se activó y la hizo girar sobre sí misma y regresar. Hacia la izquierda entonces. Con aquellas capturas de pantalla que utilizaría como pistas, arribaría sin dudas al hostel, especuló. Estaba convencida de que no había ciudad que no pudiese recorrerse solamente con un mapa (aunque fuera pequeño), si bien en este caso, más que un mapa tenía un rompecabezas. La cartografía entera de Google, que recordaba mentalmente, indicaba que la distancia desde Florenc (la estación de ómnibus de Praga) hasta el hotel era de un kilómetro aproximadamente. Nada más. Quince minutos la separaban del toilette y una ducha. El apetito de aseo había hecho que olvidara que aquella sería su primera experiencia en un hostel, especialmente, la experiencia de dormir con extraños en una misma habitación.

Librería Victoria | Collage: Agostina Demarchi

Con un ojo en el frente y con otro en el cielo, emprendió la búsqueda. Los pocos metros que había recorrido no le provocaron el asombro que esperaba de una urbe como Praga. ¿Dónde estaban los castillos, los monumentos barrocos, las esculturas vigilantes y amenazadoras? ¿Dónde iniciaban los versos del poema épico de la arquitectura que era Praga, según Rilke? Sólo era espectadora de una ciudad que comenzaba nuevamente la semana laboral, los trabajadores esperaban el metro o el ómnibus, los niños, para esa hora, se encontraban en las escuelas, pocas personas en las veredas de aquella parte de la capital checa que pertenecía al mundo del capital. Y ella, la extranjera. Por el momento, nada de qué maravillarse. Repentinamente, llegó hasta una calle peatonal en la que abundaban tiendas: ropa de marcas, comida rápida, casas de cambio de dinero. Allí decidió establecer una pausa y ver detenidamente una de las partes del mapa, a sus espaldas tenía, sin saberlo, la Plaza de Wenceslao. Según las pistas, Celetnà era una callecita que desemboca en la plaza de la Ciudad Vieja, Staromestske Namestiç, donde se encuentra el Reloj Astronómico, siguiendo por ella, tenía que toparse con el corazón de la Praga vieja y judía, y a pocos metros de aquel lugar se hallaba su alojamiento.

El tiempo de llegada comenzaba a dilatarse, los minutos se desdoblaban en calles y callecitas, en esperadas construcciones custodiadas por gárgolas que la miraban acechantes. La gran plaza de un barrio que ya no existe la sorprendió por el silencio que avasallaba. Cayó rendida ante el impenetrable murmullo de voces muertas que la rodeaban, por el miedo agudo que le despertaban las paredes de piedra, en fin, por la soledad que la envolvía y las palabras que no podía decir. Se sentó en el cordón que rodeaba el monumento a Jan Hus, divisó a lo lejos el puente Carlos y el impenetrable castillo que custodia la Praga bohemia, lo recordó solo también, en su casa del barrio Malà Strana, en su sed infinita y se sintió menos solitaria. Perdida en el tiempo y en el espacio, se pensó atrapada en diferentes temporalidades, Praga la desposeyó de sus pasados pensamientos cotidianos, pero ya no pudo decir más: cerró su boca, apretó los labios, se quedó quieta. Todo estaba en ella y no necesitaba nada. Dicen que cuando un extranjero llega por primera vez a la ciudad queda encantado con el Puente Carlos y el Barrio Pequeño, pero que sin embargo ya no volverá por segunda vez porque no saben qué hacer. Otros no pueden dejar de irse aunque ya no estén allí, y volverán interminables veces a buscar lo que no pudieron decir o a callar lo que en ese lugar comenzó a hablar.

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